Pedro Antonio Martínez Robles

La última vez que Francisco Miquel (abuelo) fabricó polos de limón debió ser en una Semana Santa remota, al final de la década de los 70. Me acuerdo porque una tarde de un incipiente verano, hace muchos años, mientras tomaba un café en su heladería, me acerqué hasta la mesa ante la que solía sentarse, ya jubilado, en un rincón del local, para mirar sin prisa a la clientela y conversar un rato con quien le ofreciera unos minutos de su tiempo.

Fue entonces cuando le pregunté por aquellos polos de limón, de auténtico limón, con su raspadura, su zumo exprimido y los secretos del buen hacer del verdadero artesano. Me dijo que por Semana Santa había fabricado los últimos, un millar que sólo había durado media hora en los arcones del frío, y que ya no volvería a fabricar más. El abuelo Francisco Miquel tenía un hablar pausado, con un marcado acento valenciano, acento que no había perdido a pesar de llevar viviendo en Calasparra muchos años, como tampoco había perdido la costumbre de hablar en su lengua materna. Yo le oí hablar más de una vez en valenciano con su hijo Paco y su conversación era igualmente calma, como calmas eran las maneras que le recuerdo detrás del mostrador, tranquilas y afables. Yo lo veía volcarse a veces por encima del mostrador para ofrecerle un polo a un crío que no llegaba a la altura de la barra, y lo hacía como quien ofrece un tesoro: el tesoro aquilatado de su trabajo. Cuando pienso en las personas que aman de verdad lo que hacen, me vienen siempre a la cabeza esos versos de Silvio Rodríguez que dicen que Debes amar la arcilla que está en tus manos, debes amar su arena hasta la locura, y si no, no la emprendas, que será en vano. Sólo el amor alumbra lo que perdura, sólo el amor convierte en milagro en barro.Los que aman verdaderamente lo que hacen alcanzan un pedazo de la felicidad, esa plenitud, ese equilibrio y esa paz interior que todos buscamos y pocos encuentran, y lo que es, a mi juicio, más importante: la reparten. Creo que hay dos maneras de trabajar: con la urgencia de hacer fortuna, aunque no se viva, y con la fortuna de vivir sin urgencia, aunque sólo se gane lo necesario. Es así de simple, pero muy pocos saben elegir lo que les conviene. ¡Benditos sean!

 

19 de junio de 2008