Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Por una de aquellas monedas con agujero en medio de dos reales, o sea, cincuenta céntimos de las antiguas pesetas o lo que viene a ser tres céntimos de los actuales euros, me daban en la tienda de la María del Ginés dos polos de limón, dos cubitos traspasados por un mondadientes, que yo iba lamiendo y sorbiendo calle arriba hasta mi casa. Había salido de la escuela, en párvulos, que radicaba en los locales de la puerta de la Iglesia, donde más tarde se ubicaría la primera biblioteca.
Aquella había sido mi primera escuela, donde viví el primer y traumático día sin mi madre, porque bajo su apariencia de dulzura, mi madre era inflexible y no dudaba en hacer lo que debía hacer. Recuerdo que aquella primera mañana de un ciclo escolar que duraría más de veinte años, se limitó a darme un beso y a dejarme en la puerta con la cartera y el almuerzo en las manos, y yo subí las escaleras solo y me adentré en una clase poblada de desconocidos, donde muy pronto me echaría mis primeros amigos y mis primeros enemigos. Aquella mañana fue larga y aburrida y me quedó para siempre la certidumbre equivocada de que la escuela no sería el lugar donde más cómodo me iba a sentir.
Pero al mediodía ya me esperaba de nuevo mi madre en la puerta para devolverme al nido y darme de comer. Poco a poco me fui haciendo independiente hasta que empecé a volver yo solo a casa; descubrí el camino que pasaba por la puerta de mi abuela Rosa y ya todo fue distinto. Salía de la escuela, tomaba en dirección a la Plaza de la Iglesia, me adentraba en la cuesta del Empedrado y, a mitad de trayecto, cogía la Calle de la Soledad y la seguía hasta desembocar en el Patio del Relojero (ya he dejado escrito que el Relojero era mi abuelo Cristóbal y que a ese patio deberían ponerle su nombre porque así lo conoce todo el mundo.)
Pues bien, al mediodía pasaba por aquel patio, le daba un beso a mi abuela y, a cambio, ella me daba una oronda moneda de dos reales y con ella en el bolsillo subía hasta la tienda de la María para comprarme dos polos de limón que me refrescaban y me endulzaban la mañana de tristes deberes académicos.
Sé que aquellos rudimentarios helados estaban hechos de polvos con sabores y azúcar y de agua, que eran tan solo la ilusión de un refresco, porque duraban poco y sabían a nada, pero no había otra cosa, al menos al alcance de mis manos y para mí eran el regalo de mi abuela Rosa cada vez que pasaba por el patio de mi abuelo Cristóbal y le daba un beso después de salir de la escuela.
Aquel trayecto entre el final de la Calle Mayor y el principio de Las Torres constituía, asimismo, un símbolo, un camino que yo debería atravesar, en orden inverso, en numerosas ocasiones para forjarme un futuro mejor y salir indemne de aquellas calles pobres y hermosas; pero la infancia contiene aún esa atmósfera paradisiaca de los sueños cumplidos y no entiende, por fortuna, de otras esperanzas que el propio presente.
El beso de mi abuela y sus dos reales, por supuesto.