PASCUAL GARCÍA/FRANCISCA FE MONTOYA

El verano en que Don Pedro Zapatero me dio clases de matemáticas lo tengo presente en mi memoria cada día como un privilegio que acaso no he merecido nunca del todo, pero esto que escribo nada tiene que ver con nuestro maestro por excelencia, sino con el término de aquel verano. Mi padre fue a pagarle las clases, como no podía ser de otro modo, y Don Pedro no se las quiso cobrar, como, por otro lado, era su costumbre. Nadie duda de que era un hombre extraordinario y, como tal, tomaba decisiones que no todo el mundo entendía y que muy pocos se hubiesen aplicado.

Era sábado y mi padre fue al mercado y compró un soberbio pollo de corral que le llevó de inmediato como un regalo que no podría rechazar porque se trataba de otro obsequio, menos valioso, claro, que el suyo, aquel mes de agosto recibiendo el beneficio de su magisterio, pero un regalo al fin; agradeció, como no podía ser de otro modo, el presente exclusivo y de calidad de un hombre criado y educado en el campo, que conocía el valor, además del precio, de los productos naturales, que ofrecía la gente sencilla, como habían hecho desde antiguo los hombres y las mujeres que poblaron la sierra y sobrevivieron con el coraje de sus manos y la generosidad de un espíritu duro y sensible, a un tiempo, hospitalario y montaraz.
La edad del trueque, del pago en especie, de los agasajos útiles y elementales ha pasado, es verdad, pero a mí me sigue emocionando que me lleven a casa una caja de limones, unos tarros de miel o un saco de patatas, y acepto encantado las garrafas de aceite de oliva virgen que mi suegra nos echa de vez en cuando en el portaequipajes del coche con el que regresamos a Murcia.
Yo creo que el dinero, el uso de la plata y del oro y, más tarde, el empleo del papel como sustituto avalado por el tesoro del estado, con el que empezamos a adquirirlo todo hace siglos falseó bastante la esencia y la importancia de lo que comprábamos y vendíamos, como si de repente hubiésemos perdido la referencia exacta de su valía verdadera y lo hubiésemos reducido todo a unos papeles pintados con números. Mi padre, que dedicó casi toda su vida a la compraventa de ganado ha dicho siempre que las cosas valen lo que alguien esté dispuesto a dar por ellas, pero, en ocasiones, en muchas ocasiones, el dinero no es suficiente; aquel pollo de corral o el aceite de mi suegra o los huevos ecológicos que consigue mi mujer todavía en Calasparra y también en Murcia se obtienen solo porque, a cambio, el otro, o nosotros, ha dado parte de su sabiduría, de su amistad o de su cariño, y eso sí que no tiene precio.
Aquellos años en que era habitual el trueque, no porque no abundara el dinero, que no abundaba, sino porque era más humano y más provechoso dar algo a cambio de otra cosa que unas simples monedas, un reloj con leontina de alpaca a cambio de hortalizas y verduras, como hizo mi abuelo Cristóbal el Relojero, con mi otro abuelo, Pascual, hombre de campo y de huerta, que ya necesitaba de las nuevas tecnologías, aunque había sido educado en la lectura de la hora en las estrellas y en el sol, son cosa del pasado y, sin embargo, como algunas otras cosas, siguen produciéndome cierta ternura y un apego inevitable por lo esencial.
Vivir era entonces una verdadera aventura, un ejercicio de virtuosismo y de coraje que hemos ido olvidando; un conejo a cambio de unas sandías o del zurcido de unos pantalones, un pan de harina candeal y un trozo de tocino como pago por la cava de una era de patatas no solo acercaba a los hombres en sus necesidades y en sus limitaciones, sino que les otorgaba un lugar en el mundo, una finalidad y una manera de ser.
Hoy solo somos lo que ganamos. Poca cosa.