JUAN ANTONIO SÁNCHEZ GIMÉNEZ

No es un pintor que se haya dedicado a la Navidad y lo religioso de manera exclusiva, pero algunas de sus obras desprenden un encanto  popular y unaLa matanza de los inocentes (detalle) originalidad únicas, y que mirándolas un poco más detenidamente pueden hacernos una idea del sentido originario que tenía para las gentes de Europa esta fiesta de la Navidad, y que hoy en día parece que entre el consumismo desaforado, los hábitos made in USA, por un lado y las intentonas de los visionarios de la ingeniería social por otro, se ha visto desvirtuada en buena parte. Pieter Brueghel el Viejo (1525-1569) es una de las estrellas tardías en la constelación de pintores flamencos que aparecen en dichos territorios, (pertenecientes por aquel entonces a la Monarquía Hispánica) durante el final del siglo XV y el XVI. Fundador de una saga de pintores, sus hijos  Pieter Brueghel el Joven y Jan Brueghel el Viejo seguirían los pasos de su progenitor, que ha pasado a la Historia junto al Bosco, Jan van Eyck y  y Rubens como uno de los cuatro grandes de la pintura moderna del país que un día sería Bélgica. La pintura de Brueghel el Viejo es colorista, brillante y detallista hasta el extremo. Es un auténtico reportero gráfico de  las costumbres y mentalidad de su época que no tiene inconveniente en pintar en muchas ocasiones rostros caricaturizados y cuerpos deformes lanzando una mirada socarrona y tragicómica. La extensa obra de Brueghel el Viejo toca los más variados temas, desde populares y costumbristas como La boda campesina (1568) o La cosecha (1565), así como moralizantes como El país de Jauja (1567) o La parábola de los ciegos, (1568), y de temática fantástica y misteriosa como El triunfo de la muerte (1562) o La caída de los ángeles rebeldes (1562), obras ambas que entroncan con el mundo surrealista y onírico que ya recreó su antecesor el Bosco en El jardín de las delicias, entre otras obras. Pero la temática en la cual se centra este artículo es la religiosa, en concreto la navideña, aspecto en el que también desarrolló su peculiar manera de entender el mundo e intentar mostrarnos un poco más allá de lo que un  simple pincel nos puede mostrar. Las obras a las que se refiere fueron pintadas al final de su vida y son las siguientes, ordenadas acorde con la secuencia de los Evangelios;

 

Censo en Belén, 1566. Más de una vez y de dos la podemos encontrar como la típica postal de felicitación. En la misma se refleja de manera magistral como debía ser el invierno en los Países Bajos; las gentes con sus vestimentas y costumbres, la arquitectura típica, la nieve, el canal helado… Justo en medio de la escena podemos ver la estampa típica de María encinta montada encima del asno guiado por san José  acercándose a una abarrotada oficina de empadronamiento.

La Adoración de los Reyes Magos, 1564. Es otra escena imprescindible en la iconografía navideña. En ella Brueghel vuelve a caricaturizar a algunos personajes; por ejemplo el personaje de gafas y el de la nariz gorda en la parte superior derecha del cuadro. No es por tanto la comitiva de los Reyes Magos tan brillante y fastuosa como en otras representaciones; en esta ocasión tampoco se libran ellos de la sátira. Llama también la atención el armamento de los soldados, contemporáneo del pintor y el atuendo de Baltasar, representado como un indio del Nuevo Mundo y que buceando un poco más allá de lo estrictamente visual podríamos pensar que se trata de una alegoría de que la fe de Cristo ha llegado más allá del océano. El Niño Jesús está por su parte tratado de una manera natural y enternecedora, asustado y llorando; ¿cómo reaccionaría un recién nacido ante el ruido  y la multitud sino?.

Masacre de los inocentes, 1567. En esta ocasión el escenario es similar al de Censo en Belén, una ciudad de los Países Bajos en invierno, pero con una situación muy diferente, nada de bucólica y feliz; esta vez trágica. Para representar la matanza de niños no tuvo otra cosa que hacer que plasmar con gran detallismo en el lienzo escenas que fueron demasiado frecuentes en la segunda mitad del siglo XVI en su tierra; la guerra y la crueldad.  De hecho, una vez más para representar la escena bíblica representa lo único que hace es plasmar la soldadesca de su época y situaciones de saqueo y asesinato no tan lejanas a él y sus contemporáneos.

La huida a Egipto, 1563. Aparece como protagonista de nuevo la silueta de María a lomos de un asno, esta vez cubriendo con su manto maternal al Niño Jesús y guiados por un sufrido San José representado con un sombrero de campesino, al igual que en Censo en Belén. Pero lo que llama la atención sobremanera de este cuadro es lo espectacular del paisaje, la grandiosidad del escenario natural y los elementos en los cuales se recrea el pintor; el cielo al fondo, utilizando la técnica del sfumato para lograr profundidad, los ríos y las exuberantes y verdes montañas no hacen a pesar de su grandiosidad más que ensalzar si cabe y a pesar de su pequeño tamaño a la Sagrada Familia.

La obra de Brueghel es mucho más extensa y variada, tal y como se ha señalado antes y se pueden contemplar obras suyas en algunos de los más importantes museos del mundo tales como El Prado, El Louvre,  National Gallery, de Londres o los Museos reales de Bellas Artes de Bélgica de Bruselas entre otros. Se trata de un autor de gran personalidad, originalidad y profundidad psicológica, cuya obra vale la pena contemplar y analizar,  pues es mucho más compleja y fascinante conforme uno se acerca a la misma. Un pintor imprescindible, sin duda, a cuya obra y genio he querido rendir un pequeño tributo con motivo de estas fechas.