José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz

Los denominados practicantes, hasta la denominación posterior de los mismos como Ayudantes Técnicos Sanitarios (los populares ATS de hoy), fueron durante mucho tiempo la escala sanitaria intermedia entre el usuario y el médico o el boticario. Casi siempre simultanearon su trabajo como mancebos de farmacia, ayudantes clínicos y ejercicio libre de la profesión poniendo inyecciones a domicilio; y su cercanía física al medicamento y sus propiedades curativas hizo de ellos muy buenos consejeros de los pacientes, siendo su opinión muy valorada por el pueblo llano que, a veces, se fiaba más de ellos que de los facultativos. Su destreza, habilidad y oficio les permitía llevar a cabo análisis e incluso fórmulas magistrales, bajo la supervisión y responsabilidad final del farmacéutico, y su cercanía a la gente sencilla del pueblo era valorada por éste, teniéndolos en gran consideración social y profesional.

Su boda, con Lola Sánchez

Su boda, con Lola Sánchez

Uno de los practicantes que prestaron servicio a la generación de nuestros padres, y que responde plenamente al perfil descrito fue Pedro Guerrero Muñoz, conocido popular y cariñosamente como Perico el Practicante, quien vino al mundo en 1913, en el seno del matrimonio integrado por Pedro Guerrero y Ascensión Muñoz (siendo el segundo de los cuatro hijos de aquel: Paco, Pedro, Antonio y María), quienes fijaron su residencia en la C. de La Torrentera.

El padre, corredor de ganado y compañero del también tratante Salvador Medina, pensó que su hijo Pedro podría tener una profesión más estable que la suya y lo puso a trabajar, con sólo doce años de edad, como mancebo de la farmacia que regentaba, como titular de la misma, D. Pedro Antonio López en la C. del Colegio, que luego heredaría su hijo Pascual Adolfo y hoy regenta la hija de éste, Rosario López Salueña.

Aficionado a los toros, con su hijo Pedro

Aficionado a los toros, con su hijo Pedro

El servicio militar obligatorio lo prestó en Valencia, junto a su amigo Juan Antonio Salcedo, en una unidad de servicios militares sanitarios donde se dispensaban medicamentos y también alimentos. Durante la Guerra Civil, en la misma ciudad, estuvo protegido por una curiosa prostituta de alto nivel: Madame Leontini Hobt, que tenía prostíbulo propio en el barrio del Carmen y estaba muy vinculada a Caravaca por clientes y amigos, siendo en su vejez gran protectora de causas benéficas. La Leontini, como popularmente se la conocía en Caravaca, donde pasaba largas temporadas, vivía en el nº 21 de la C. Embany de Valencia. Era corpulenta, rubia y guapa. De origen francés o belga, con categoría social muy estimada en la capital del Turia.

Tras la mili y la Guerra Civil, Perico recuperó su puesto de trabajo en la farmacia citada, y se casó, en 1944, con la modista local Lola Sánchez Pérez, de cuya unión nacieron sus cuatro hijos: Pedro, Juan, Chón y Rafael Ángel, estableciendo el domicilio familiar en el nº 18 de la C. del Poeta Ibáñezy, tiempo después, en el 17, sobre la taberna del Ropón.

Perico, el Practicante

Perico, el Practicante

Perico, con el paso del tiempo convalidó sus conocimientos prácticos con los estudios de practicante en Granada, entre los años 1945 y 1955, en cuya Escuela logró la titulación académica precisa para tratarse de igual a igual con otros colegas locales como Pedro Ruiz, Isidro Villalta, Jesús, Bernardino, Alfonso el de Teléfonos y Maruja Peris, simultaneando el trabajo en la farmacia, como se ha dicho, con el ejercicio en la calle, poniendo inyecciones a domicilio, primero andando, luego en una bicicleta marca BH y más tarde en una moto Vespa,aparcada habitualmente frente a la farmacia, al pie del muro oeste del salvador.

Eran los tiempos del comienzo de tratamientos médicos con antibiótico, coincidentes con los años del ecuador del S. XX. La penicilina, estaba aún en fase de experimentación, había que inyectarla en pinchazos cada tres horas, lo que esclavizaba a los practicantes, quienes tenían que desplazarse al domicilio de los enfermos en ese espacio de tiempo.

En la farmacia de D. Pedro Antonio fue inseparable compañero y amigo de Javier López, con quien formaba el tandem perfecto de entendimiento en la ironía y en la broma. La necesidad de muchas parejas de testigos, a la hora de formalizar la documentación para casarse por el rito católico, y dada la cercanía física de la farmacia al espacio administrativo parroquial de El Salvador, motivó que muchas de estas parejas requirieran su presencia, a lo que nunca se negaron.

Ante la inexistencia de otros sanitarios, para pequeñas intervenciones quirúrgicas practicadas en Caravaca, echaron mano de él, y del resto de sus colegas practicantes, los Dres. Ángel Martín, José Juan Parras, Miguel Robles y Cesar León.

Aficionado impenitente desde niño, a la Fiesta Nacional, llegó a tirarse al ruedo caravaqueño, como espontáneo, a los 16 años. Formó parte de una cuadrilla de maletillas, junto al Potito, que actuaba en capeas en la zona de Nerpio y Albacete; y llegó a torear, con el nombre artístico de Pedro Guerrero Guerrerito en alguna novillada benéfica. Formó parte del Club Taurino local y compartió tertulia taurina en el Círculo Mercantil, con Pedro Rubio, Alfonso Litrán, Simón el Chavo, Ángel Celdrán, Antonio Pozo Romero y Simón el de la Panza, siendo admirador de los toreros de la época: Curro Romero, Antonio Ordóñez, Paco Camino, Antonio Bienvenida, Santiago Martín el Viti, Paco Puerta y el lorquino Pepín Jiménez, que por entonces comenzaba a despuntar.

Con Javier y el Carlista

Con Javier y el Carlista

Aficionado, así mismo, al fútbol, fue seguidor incondicional del Atlético de Bilbao, como muchos de su época. Fumador empedernido de cigarrillos Ideales que primero liaba él mismo y después llegó a comprar en cajetillas, como también muchos de su época; y asiduo al billar, rivalizando en ello con Isidro, el hermano de su jefe en la Farmacia.

Perico, el practicante, formó parte de la plantilla sanitaria de la Casa de Socorro Municipal, y trabajó, también para la Seguridad Social en el primer ambulatorio que ésta abrió, en el edificio de La Compañía, que luego se trasladó a la Gran Vía y bajos de D. Nicanor.

Precisamente estando de guardia en la Casa de Socorro, el 13 de agosto de 1979, le sobrevino la muerte por un inesperado derrame cerebral, cuadro clínico que no pudo superar.

Su aspecto jovial y su temperamento alegre, su fina ironía y su dedicación continuada al trabajo en beneficio de los demás, han hecho de él un hombre cuyo recuerdo se perpetúa en la memoria, siendo aún un referente social de la época que le tocó vivir.