Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Hubo una época que por no llevar encima, no llevaba ni reloj de pulsera, pues mi primer peluco, salvo el de la Comunión, que me lo regaló mi tío Antonio, lo merecí con las oposiciones de profesor ya aprobadas y merced a un obsequio de la que más tarde sería mi esposa; el móvil llegó mucho después, con la oleada tecnológica y la necesidad de pedir ayuda en el caso de que no me sintiera bien tras mi terrible derrame cerebral; lo de las llaves es harina de otro costal, pues en mi casa nunca se cerraron las puertas, entre otras cosas porque estaba mal visto, era como si desconfiásemos de los vecinos y, aunque había llaves, no las necesitábamos casi nunca; así que de repente tuve en mis manos las llaves de mi nueva casa, las del coche, las del aula de mi instituto y el mando a distancia del garaje; la tablet no la suelo transportar en las manos, pero me acompaña en mi cartera, que ya pesa más de lo que en verdad vale lo que encierra, y no tengo más remedio que usar gafas para leer (la edad no perdona) y gafas de sol, pues cada día me molestan más los reflejos de este cielo violento y luminoso del sur. Y de todo lo que uno debe portar encima, la billetera resulta esencial, pues en ella guardamos no solo el dinero, sino además todos nuestros documentos acreditativos y las imprescindibles tarjetas de crédito.

 El caso es que, incluso una vez que me he quitado de fumar por la cuenta que me trae y ya no necesito tabaco ni mechero, durante el día arrastro un sinfín de pequeños objetos que se corresponden con otras tantas necesidades creadas y, paradójicamente, innecesarias, pero a los que debo atender con todos mis sentidos, porque soy muy descuidado y olvidadizo y ando perdiéndolo todo a cada momento, con la extraña y dramática sensación de que habito un universo confuso, juguetón y vengativo que me suele esconder cada día alguna de estas cosas por motivos arbitrarios que no se me alcanzan.
Salimos de casa haciendo inventario de cuanto cargamos con nosotros, no solo cuando nos vamos de viaje, sino cada jornada, mientras dejamos la casa, acudimos al trabajo o damos una vuelta por el centro de la ciudad.
La consecuencia de todo este ajetreo suele ser la irremediable pérdida, al menos en mi caso. Por eso cuando compro un bolígrafo o una pluma lucida o cuando me los regalan, sé casi con absoluta certeza que un día cualquiera los extraviaré, porque un día cualquiera dejaré de verlos de improviso y no recordaré el lugar exacto donde los vi la última vez.
He olvidado tantos paraguas, tantas llaves y tantas gafas que empiezo a sospechar de una confabulación secreta y aviesa contra mi persona.
El colmo, casi ridículo, de todo esto es que en una boda llegué a perder los pantalones del traje, un traje de verano al que le tengo cierto cariño, porque fue el que usé en la lectura de mi tesis doctoral y del que ya me queda solo la americana. Durante semanas no salía de mi asombro, indagué por todos los sitios, pregunté en lavanderías y tintorerías, pero misteriosamente no aparecieron nunca. Suena chusco, pero en mi defensa puedo argüir que sin ellos puestos no podría haber salido de ninguna parte, ni siquiera del dormitorio de una posible amante; así que el enigma se acrecienta porque se trata de una prenda indispensable para andar por el mundo con cierto decoro.
Mi madre solía decir que algún día perdería la cabeza. Todo se andará, me digo yo.