SE VA LA TARDE (III)

Pepe Fuentes Blanc/Escritor

Recuerdo un pensamiento que me surgió cuando contemplaba una lluvia otoñal hace casi cuarenta años: «la única forma que tiene la lluvia de sonreír es llorando». Esta frase me acompaña y define en gran medida la conciencia que he adquirido a través de los años sobre el dolor y las adversidades. Per áspera ad astra, por el dolor hacia la luz, hacia las estrellas; por el esfuerzo hacia el logro. Me parece que no hay enmienda posible a este adagio latino de Séneca el joven, el cordobés del siglo I d. C. Esto es así.

Quizá no haya en el mundo algo más fuerte que el dolor. El dolor se vislumbra como determinante a la hora de autorizar nuestro natural movimiento en cualquiera de las dimensiones del ser, ya sea física, mental o espiritual. Ante la presencia del dolor ocurre una sistémica alteración de la vida. A él nos supeditamos y lo convertimos a menudo en materia de sufrimiento. Experimentamos turbación desmedida cada vez que no controlamos el bienestar sostenido, nuestra felicidad conseguida. El dolor provoca en nosotros una reacción inequívoca que deriva en actitudes que devalúan nuestro entorno más inmediato, cuando la depreciación de lo que percibimos es inevitable en el ámbito del dolor. Incluso abaratamos la autoestima y nuestra propia imagen hasta llegar a sentir cierta antipatía contra nosotros mismos.

El dolor nos transforma, nos desespera, incluso puede llegar a aniquilarnos. Sin embargo, lo que nos enseña y nos salva de la desesperación es la conciencia del dolor, saber de dónde viene, por qué llega; de tal forma que no inflijamos sobre nosotros un sufrimiento añadido por dejarnos llevar, por echar la culpa a otros. El sufrimiento se vuelve inútil para el aprendizaje cuando la ausencia de razonamiento sobre él lo convierte en algo estéril. Pero igualmente se torna en la herramienta más eficaz para la renovación psíquica en la medida que somos conscientes de su presencia y le atribuimos un sentido en nuestra línea de aprendizaje. Es entonces que el dolor puede convertirse en la puerta de acceso a un estado soportable, incluso de satisfacción y felicidad. Eso significa aprender y aprovechar las herramientas que nos brinda la vida para evolucionar.

Es verdad que no hay parto sin dolor, lo demás son memeces. Es triste contemplar tanto alcor pérfido desde el que se vocea sin cesar lo interesante de la cultura analgésica —y hasta anestésica—, aquella que está instalada entre nosotros en aras de términos en sí mismos empobrecidos y ridículos, como el empecinamiento en hacernos creer que lo normal es estar de continuo en un estado ideal de bienestar, con esfuerzos por ocultar el dolor y empaquetarlo con papel opaco para que no se vea. Quitarle normalidad al hecho de que las cosas y los seres en general se acaban acarrea casi siempre problemas añadidos respecto a la percepción de la realidad y al control emocional de las personas.

La toma de conciencia y el discernimiento son bienes preciados que no pasan ahora por sus mejores momentos, nos atrae más la tontería y la apariencia. Basta comprobar lo que ocurre en nuestras escuelas. En las escuelas, en general, no hay apetito de conciencia cabal. En realidad, si leemos con atención los dictados curriculares, hasta se procura que no la haya. En la mayoría de las aulas ya no existe expectación que domeñar ni curiosidad que aquietar. El currículo que se desarrolla es del todo horizontal, no tiene sorpresas, está desprovisto de badenes, no tiene resaltos. Los brocales educativos están ya desgastados de tanto dejar discurrir los baldes de contenidos conceptuales al pozo de los educandos. Pozos que almacenan conceptos concluidos en víveres que acaban encogiéndose sin remedio y aparecen secados hasta el hartazgo, fonemas sin alma. La educación basada en el aprendizaje a través de la experimentación y la vivencia siempre evita dolores futuros. Esto ya lo dijeron los antiguos, pero no aprendemos, es una asignatura pendiente.