José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la Región de Murcia, de Caravaca y de la Vera Cruz.
He de confesar al lector que, a pesar de los años transcurridos desde mi asidua asistencia a las salas de cine en la ciudad, siempre que voy a sacar una entrada en cualquier lugar de la geografía hispana, creo que voy a encontrarme, al otro lado de la taquilla, la emblemática figura de Pepe Morenilla, diminuto de cuerpo, débil complexión, cuidado bigote y mirada escrutadora, para quien gran parte de su vida transcurrió en un espacio de poco más de un metro cuadrado expidiendo entradas para el acceso a los espectáculos de diversa naturaleza que programó durante muchos lustros la empresa Orrico en El Gran Teatro Cinema, el Cine Michelena (luego Gran Vía) y en Cinema Imperial (o cine de verano).


En verdad que no fue persona entregada a la vida social, ni aficionado a las relaciones públicas, sin embargo no pasó desapercibido a sus contemporáneos, quienes lo tuvieron por uno de los referentes de un tiempo coincidente con lo que hemos convenido en denominar el antes de ayer de Caravaca.
Nació Pepe Morenilla en agosto de 1906, como segundo fruto del matrimonio integrado por Feliciano Morenilla y Dª. Anita Martínez-Carrasco, quienes también trajeron al mundo a sus hermanos Ángel, Isabel, Ana, Feliciano y Juan de Dios (fraile carmelita descalzo), quienes nacieron en el domicilio familiar de La Puentecilla, en casa de aspecto hidalgo, con amplio espacio a sus espalda conocido entonces como El Cercado de San Jorge.
Se incorporó a la vida laboral muy pronto, en la oficina del Registro de la Propiedad, que entonces se ubicaba en la C. del Pilar donde hoy abre sus puertas una empresa de pompas fúnebres. En el Registro trabajaba a comisión y compartía el oficio con Pepe Sandoval, únicos dos empleados del mismo en la década de los veinte y siguientes del pasado siglo.
Hizo el servicio militar denominado de cuota, que constaba de tres meses, en su caso en Lorca, haciendo el resto de los dos años reglamentarios, otra persona por él, a quien su familia pagó trescientas pesetas en metálico.
Contrajo matrimonio con Encarnación Orrico Litrán, estableciendo el domicilio familiar en la C. Vidrieras donde nació su hija mayor: Anita. Con posterioridad el domicilio cambió de ubicación, trasladándose a la C. Puentecilla, donde vinieron al mundo sus otros dos hijos: José Luís y Pedro Antonio.
Al comenzar la guerra civil, entre Sandoval y él mismo, de motu propio, trasladaron los archivos del Registro a las falsas de la casa de sus padres, en la mencionada C. de la Puentecilla, lo que salvó de su destrucción tan importante documentación como en ellos se vertía.
Movilizado, como tantos otros jóvenes de su tiempo, hubo de incorporarse obligadamente a filas, siendo destinado al Regimiento de Artillería ubicado en Los Dolores de Cartagena, huyendo en cuanto pudo hacerlo y emboscándose en la Sierra de Carrascoy, donde permaneció oculto a los denominados tíos del lazo durante seis meses, no sabiendo del final de la guerra sino porque vieron a un sacerdote ensotanado montado en bicicleta. Tras esa pista salieron de su escondrijo y se dirigieron a Murcia donde unos falangistas les pagaron el viaje a Caravaca.
Tras el período bélico se incorporó a su antiguo trabajo en el Registro de la Propiedad, donde permaneció hasta su jubilación a la edad reglamentaria, en 1971. También coincidiendo con el final de la Guerra, la empresa Orrico, regentada por sus cuñados Pedro Antonio y Rafael, lo colocó como taquillero del cine, donde en adelante pasaba las tardes, ya que la oficina del Registro sólo le exigía horario de mañana.
En un espacio de tan reducidas dimensiones pasó la mitad de su vida pues las sesiones, como recordará el lector eran habitualmente en El Cinema a las 6´30, 8´30 y 10´30; y en El Imperial a las 8´45 y a las 11, aunque hubo películas que se proyectaron ininterrumpidamente desde las 3 de la tarde. Todo ello obligaba a abrir la taquilla sobre las 6 de la tarde y permanecer tras ella hasta después de comenzar la última sesión, momento en que se ocupaba Morenilla del pago diario a la mayoría de los trabajadores de la empresa como los acomodadores, los porteros (Diego el Pinto y Agustín Soler), Paco Comealgo que se encargaba del reparto de la publicidad y del traslado y colocación de la cartelería (a quien sucedió, pasado el tiempo, Riondo); Pepe Molina, que pintaba a diario, y muy de mañana, las carteleras, y las limpiadoras: Carmen y sus hijas. Otros operarios como el Cocas y los maquinistas lo hacían a fin de mes.
El trabajo en la taquilla era diario y esclavo, de lunes a domingos, e imposible de abandonar salvo durante el tiempo de la cena o por razón de enfermedad, momento en que le sustituían los hijos, cuando aprovecharon para ello.
Aún se recuerda que la taquilla que más ingresos proporcionó a la empresa fue en la inauguración del Gran Vía, y en el Cinema una compañía de Manolo Escobar. También se recuerda el gran fracaso taquillero de Lola Flores, cuando vino en compañía de Antonio el Bailarín, fecha en que sólo ocuparon las localidades del teatro los del tifus (quienes no pagaban: guardia civil y municipal, empleados, familiares e invitados de la empresa).
Su afición principal fueron los toros, acudiendo a corridas celebradas en los pueblos de alrededor y siendo sus ídolos los toreros de la época: Pedro Barrera, Bienvenida y Dominguín entre otros. También su partida diaria de dominó en la hora de la sobremesa, bien en el Círculo Mercantil o en el altillo del Bar La Oficina en tiempos de su fundador El Chairo.
Fumador empedernido, primero de picadura que le regalaban los clientes del Registro y, más tarde Ducados y Bonanza. Ello quizás fuera la causa de contraer un cáncer de garganta que le llevó a la tumba en marzo de 1978, sucediéndole en la taquilla Policarpo.
Pepe Morenilla fue el taquillero oficial de la empresa Orrico, por lo que recibía remuneración mensual. Se ocupó de los tres cines salvo cuando se proyectaba en El Cinema y El Gran Vía a la vez. En este caso, tras la taquilla de éste último se situaba Juan Corbalán.
Desde su diminuto habitáculo fue viendo subir los precios que lógicamente él no fijaba. De lo que consideraríamos e nuestros días una ridiculez pasó a 1´50 pts la entrada al patio de butacas un sábado cualquiera de los últimos años cincuenta y primeros sesenta en que tenía lugar el denominado día del productor. También, desde su diminuto habitáculo escuchó comentarios de lo más variopinto, contestó a las más divertidas y a veces comprometidas preguntas, y tuvo experiencias de la más diversa naturaleza, al igual que fue viendo pasar la vida hasta perderla de vista. Su recuerdo es, para muchos, a pesar del tiempo transcurrido desde su desaparición, el de la persona hecha para ese lugar, impensable a todas luces imaginarlo en otro sitio.