JOSÉ ANTONIO MELGARES/Cronista Oficial de la Región de Murcia

El sobrenombre popular y cariñoso con el que se conoce a una larga familia, por la afición a los pájaros de uno de sus antepasados, lo llevó con orgullo a lo largo de su vida José López Alfocea, emblemático personaje de la sociedad local a lo largo de gran parte del S. XX en que transcurrió su existencia.

Vino al mundo en agosto de 1912, En la boda de su hijo Juancomo cuarto fruto del matrimonio integrado por José López Burruelo (el primer «pajarico» conocido) y Dolores Alfocea Barreras, quienes establecieron el domicilio familiar en la Canalica regentando la posada que durante mucho tiempo abrió sus puertas en este lugar, donde nacieron los cinco hijos: Guillermo, Alfonso, Pepa, Pepe y un quinto que falleció de corta edad.

La posada (sin denominación propia) tenía gran movimiento de trajinantes del campo y pueblos vecinos que, sobre todo los lunes, día de mercado, y durante las ferias de mayo y octubre alojaban los animales de carga que les servían para el desplazamiento, en sus instalaciones, mientras llevaban a cabo en la ciudad los quehaceres que hasta aquí les traían. Los dueños de la misma compatibilizaban la atención a los clientes con el cosido de suelas de cáñamo para la industria alpargatera local. Los célebres «pares» que tanto trabajo dieron a los integrantes de la sociedad local de la primera mitad del siglo que se nos fue.

En aquel ambiente creció nuestro personaje y sus tres hermanos, cursando sus estudios primarios en el cercano colegio de Las Monjas y más tarde en el de Los frailes Carmelitas de la Glorieta.

Hizo el servicio militar en Valencia y la guerra en un cuerpo de intendencia militar de carácter itinerante. Al concluir la misma trabajó en el surtidor de gasoil que los mayores recuerdan haber estado instalado mucho tiempo en el entorno de la «Cruz de los Caídos», frente al domicilio de «Mateo el de la Pesquera» y la entrada al «patio de los Frailes». Pasado un tiempo se incorporó a la plantilla del Banco Español de Crédito (BANESTO) que, por entonces abría sus puertas a la C. Mayor, frente a la confitería de La Pilarica, donde siempre estuvo adscrito al negociado de «impagados».

Durante años Pepe, el Pajarico, simultaneó el trabajo en el banco con la ayuda a sus padres en la posada y fabricación de material para el calzado, iniciándose en la afición a la huerta en la finca que su abuelo tenía en el paraje conocido como «el Rincón de Guitarra». De aquella época siempre recordó con nostalgia la faena callejera de los alpargateros cosiendo suelas frente a la posada, y los barreños de cuerva que ellos mismos preparaban los días en que la radio retransmitía partidos de fútbol, que escuchaban mientras trabajaban, celebrando los goles con largos tragos del preparado alcohólico, en las tardes en que jugaba la Selección Española o «el Bilbao» (equipo entonces con muchos seguidores en Caravaca).

En 1936 contrajo matrimonio con María Navarro Martínez, estableciendo el domicilio familiar primero en la C. Mayor, donde nació Pepe, el primero de sus hijos, y luego en edificio de nueva planta levantado sobre el amplio espacio de la posada paterna, contiguo al convento de MM. Carmelitas Descalzas, donde nacieron el resto de sus hijos: Juan, Dolores y Conchi.

Su afición y cariño por la huerta motivaron la adquisición de tierras en «La Loma», «Los Partidores» y «Torre Godínez» donde, con ayuda de jornaleros como Antonio «el Cebolla» cultivaba productos alimenticios «para el gasto de la casa», o arrendaba «al tercio» a agricultores de la zona. Esta fue su gran afición, que todas las tardes cultivaba, desplazándose siempre andando a sus propiedades.

Vivió el cambio de ubicación de la sucursal bancaria BANESTO desde su antiguo emplazamiento en la C. Mayor a la Gran Vía y llegó incluso a organizar partidos de fútbol entre los empleados de la misma, por la fiesta del patrón: San Carlos Borromeo, el 4 de noviembre, siendo uno de los porteros Manolo «el Maroma».

Distribuía muy bien su tiempo gracias a lo metódico y organizado que siempre fue en sus costumbres. Tras el trabajo en el banco por la mañana jugaba al «dominó» en el Círculo Mercantil con Tomás Gallardo «el confitero», Francisco Rodríguez Corbajo y Ramón (el del bar «La Caña»). Visitaba sus tierras en la huerta y aún le quedaba tiempo para «recorrer las estaciones» al caer la tarde, cada día, con sus compañeros de «dominó» a los que se unían Juan Montoya Rico y Juan «el Naranjero».

Se jubiló de la actividad laboral con 65 años, en 1977 pero no de la agrícola, la cual tuvo como afición y entretenimiento mientras lo permitió su salud. Viudo desde 1982, contrajo alzehimer a los 73 años, falleciendo el 26 de noviembre de 1995 tras pasar con sus hijos los últimos años, aquejado de la enfermedad que le atacó de manera muy agresiva.

Pepe, el Pajarico, sigue siendo recordado con cariño a pesar de los años que han transcurrido desde su fallecimiento. Su presencia en la calle cada tarde era habitual, como lo era en el Círculo Mercantil a la hora de «la partida»; en el campo de fútbol los domingos y siguiendo al equipo local en sus desplazamientos. A él acudían emigrantes y gitanos buscando consejo para la inversión de sus ahorros. Fumador empedernido, primero de «Ideales» y más tarde de «Ducados, no hacía ascos al tabaco de hoja que le traían de Nerpio, el cual compartía con su compañero de oficina Perico «Rizao» para desesperación del interventor D. Aurelio Ureña, quien detestaba el aromático perfume de aquellos cigarrillos «liados» a mano.

También Pepe, el Pajarico reunía, con su particular poder de convocatoria, una nutrida tertulia nocturna durante las noches de verano a la puerta de su casa, o junto a la «barandilla» del huerto de D. Félix. Tertulia familiar a la que acudían vecinos como «Las de Cosme», los «Levi», Cecilia la de la Librería Nueva y Ana María la de Rubio, quien animaba con sus ocurrencias las veladas hasta la madrugada.

El recuerdo de Pepe, el Pajarico va asociado al de las entidades bancarias locales, entonces únicamente BANESTO y el Central, con gran patio de operaciones y muchos empleados dotados de manguitos en sus brazos, sumando y restando de cabeza, cuadrando balances en largas hojas de papel y contando el dinero a mano en jornadas de mañana y tarde sábados incluidos, atendiendo a la clientela de forma personalizada y totalmente abnegada.