PASCUAL GARCÍA

Acabo de ver una película en la tele, en una de las muchas cadenas gratuitas que tenemos, y justo empezaba otra cuando la he apagado, y me parece que se trata de algo normal, que vengo realizando toda la vida como otras muchas costumbres cotidianas, que pasan desapercibidas porque nos pertenecen como un hábito, aunque justo en ese momento me he acordado que en mi infancia, en El Castillo, los muchachos veíamos la tele en la casa que podíamos, conforme fueron llegando estos chismes, a casa del Belenes, a casa de la María del Ginés, en casa de la Fina del pintor o en casa del Caramelo, y después, sobre principios de los setenta, llegó por fin a mi casa, pero todos los que pertenecemos a una misma generación sabemos que disponíamos de una cadena y media y que por la mañana y al amanecer no había tele, sino aquellas aguas incómodas y ruidosas que te obligaban a apagar el aparato. Las películas las echaban los martes por la noche y los jueves, luego había una los sábados por la tarde, que yo casi no pillaba porque debía irme con mi abuelo a guardar las ovejas y también daban alguna peli los sábados por la noche, casi siempre ciclos antiguos, filmes americanos en blanco y negro, clásicos de la gran pantalla que mi padre y yo veíamos hasta el borde del amanecer, aunque mi madre protestaba porque yo era un crío y tenía que irme a dormir para levantarme a la escuela al día siguiente, pero a mi padre le gustaba verlas conmigo, aquellas sofisticadas y sensuales comedias de Marilyn Monroe, los dramas espesos y atormentados de Bette Davis y las emocionantes películas del Oeste de Gary Cooper y John Wayne; reconozco que vi todas las que pude, porque al Cine Trieta fui más tarde, ya de adolescente y, cuando me marché a Murcia a estudiar, recorrí durante los primeros cursos los numerosos cines de la capital cada fin de semana, la mayoría de los cuales están cerrados hoy en día.

El caso es que veía dos o tres películas a la semana, como mucho, y hoy, mientras me percataba de que estaba finalizando una y ya comenzaban los títulos de crédito de la siguiente en un proceso circular que no parecía tener fin, caía en la cuenta de la abundancia en la que vivimos, el primer mundo claro, pues todas las noches es posible encontrar un film en alguno de los más de cuarenta canales de que disponemos, y a veces más de uno, y yo, que he sido un animal televisivo, un adicto a las pantallas, enganchado a todas las historias que podían contarme, entusiasmado con los personajes, los paisajes y los argumentos, me he dado cuenta de que unos pocos al menos vivimos un tiempo de disfrute y de gozo y de que en aquellos años se nos hurtaron la mayor parte de los bienes de la cultura y del espíritu, pues la biblioteca la descubrí con doce años, la música pude escucharla a mi gusto en la misma universidad, en los radiocasetes que compartíamos entre los amigos y que terminaban devorando aquellas cintas prehistóricas. Por cierto, mi primer radiocasete me costó quince mil pesetas, unos noventa euros, que, a la sazón, era todo el montante que había ganado como peón de albañil echando unos jornales en septiembre antes de que empezara el curso.
Era una época de escasez y precariedad, aunque da la impresión de que cualquier tiempo pasado y contradiciendo el tópico, lo ha sido siempre, de que todo lo anterior es indefectiblemente peor, aunque le pese a don Jorge Manrique, y que este período de luces y progreso, pese a ciertas sombras ineludibles, merece la pena.
¡Carpe diem!