PASCUAL GARCÍA

No hay nada tan moralmente reprobable como lo anunciado en el título, salvo pegar a la madre, en ese preciso momento uno se despoja de su naturaleza humana o de su naturaleza animal, contempla la faz del infierno y adviene necesariamente el horror, aunque no hablo por experiencia propia, porque jamás se me pasó por la cabeza cometer un acto tan brutal . En cambio, que tus padres te hayan arreado alguna vez no solo no está mal, sino que es del todo aconsejable.

Hace ya muchos años que el ser humano viene abominando de la violencia, aunque no haya manera de parar las guerras del todo, desterrar la tortura de países que no parecen haber alcanzado el mismo nivel de civilización. Por fortuna, no está de moda la violencia, a pesar de que aquella época dorada de la paz a toda costa se vaya diluyendo lentamente en un presente pragmático donde predomina la economía y la diversión.

Pero pegarle a la madre o al padre es como subvertir el orden divino, descender en la escala de la miseria, olvidar tu propio origen y transformarte en un monstruo de dimensiones apocalípticas, bajar hasta el principio de la cadena orgánica y adoptar la naturaleza de los animales unicelulares, de las bestias que inauguraron el cosmos, cuando no había reglas ni sentimientos ni conciencia. Puedes ser un asesino en serie, incluso un loco desatado, un marginal, la peor persona del mundo, pero no puedes, no debes pegarles a tus padres porque de inmediato cruzas la frontera de la infamia, te asomas a un precipicio de ignominia   y te despeñas por el espanto de la condición humana convertido en un despojo demoniaco.

Es verdad que todo lo perdona nuestro todopoderoso, omnisciente y compasivo Dios de aquella infancia de innumerables catequesis, muchas confesiones inocentes y tediosas misas de doce cada domingo, al parecer incluso hasta a aquellos que no creemos en él, pero me cuesta mucho trabajo convencerme de que un parricida encontrará tan expedita la puerta del cielo como la encontró en su día mi madre y la encontrará, sin lugar a dudas, mi viejo amigo Joaquín.

Golpear a un padre o a una madre, hacerles daño a próposito es el colmo y el límite de la crueldad que no debemos franquear nunca  porque no nos la justificaría nadie y ese mal se volvería irremediablemente contra nosotros, nos perseguiría implacable el resto de nuestra vida como un fantasma maléfico, nos atormentaría y estaría junto a nosotros, presente igual que una sombra en actitud de acecho, en la hora definitiva  de nuestra muerte.

Pegarle a un padre o a una madre es una maldición que invocaríamos sobre nuestras existencias y que no seríamos capaces de limpiarla nunca, de exorcizarla y tendríamos que llevárnosla, por tanto, al mero infierno, como hubiese escrito en este caso el genial novelista Juan Rulfo, cargar con ella en el último viaje llevados por el barquero que nos conducirá hasta el Hades.

Todos hemos albergado esa terrible pesadilla de  ser culpables de levantarles la mano a alguno de nuestros progenitores y descargarla con fuerza y con odio contra su cuerpo como el que viola e infringe una ley levítica, un mandamiento inmemorial, igual da que frecuentemos la iglesia, votemos al partido comunista, seamos amantes de la naturaleza o nos hayamos graduado en ingeniería aeronáutica; en lo esencial solemos estar de acuerdo, y todos nacimos del vientre de una madre donde un padre depositó una semilla misteriosa.

Pegarle a un padre o a una madre es ir contra nosotros mismos, contra la tierra, contra la patria y contra el origen.

Y nadie podría absolvernos de algo así.