José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de la Región de Murcia

Otro de los hombres que, habiendo nacido fuera de la ciudad, contribuyó de manera decisiva a la construcción de la Caravaca actual, fue Pedro San Nicolás Navarro, quien vino al mundo en la localidad de Águilas, en 1926, en el seno de la familia fundada por Miguel San Nicolás, militar y oriundo de Pilar de la Horadada, y Carmen Navarro, de Murcia; entre quienes trajeron al mundo también otros dos hijos: Miguel y Concha, siendo Pedro el menor de los tres.

Pedro San Nicolás con la familia

Con la familia

Su niñez fue itinerante, como generalmente es la de los hijos de militares, hasta que, jubilado el padre, la familia se estableció en Murcia y, concretamente en el barrio del Carmen.

Aficionado a la mecánica desde su niñez, pudo ejercer su afición de manera profesional durante el servicio militar, en San Javier, donde fue ayudante de mecánico de aviones. Incorporado de nuevo a la vida civil se formó como relojero en la desaparecida Relojería Herrera, que abría sus puertas  en la murciana Plaza de Santa Isabel.

Cuestiones que no vienen al caso motivaron la instalación de la familia en Caravaca, fijando el domicilio primero en la C. deGregorio Javier, y más tarde en la Canalica. Aquí, Pedro renovó el contacto con la mecánica e hizo  cursos de radiotécnico junto a Feliciano Morenilla asociándose, poco tiempo después, con José Luís Melgares Bolt, con quien abrió comercio y taller en la calle del pintor Rafael Tejeo, frente a la Casa de la Virgen, con el nombre de Relojería Regem. La sociedad se mantuvo durante no más de un lustro, decidiendo de común acuerdo su disolución. Estando asociado profesionalmente con Pepe Luís Melgares conoció, en 1955, a quien poco después se convertiría en su mujer: Encarnación del Toro Martínez, con quien contrajo matrimonio fijando su residencia en la C. de Ródenas, donde nacieron tres de sus cuatro hijos: Miguel, Antonio y Pedro, haciéndolo la menor de todos, Carmen, en el nuevo domicilio de la C. de Las Monjas y antiguo casa del historiador Martín de Cuenca (en el S. XVIII), y del escritor Miguel Espinosa.

Se estableció por su cuenta en bajo alquilado en la Gran Vía, donde Alfonso el Caílloabriría con posterioridad su lotería, trasladando el negocio, en 1957 al nº 5 de la C. Mayor, frente al Salvadory junto a la Librería Vieja, entonces lugar de mejor ubicación comercial. Allí permaneció hasta 1974, en que abrió taller y comercio en bajo de su propiedad, en el nº 16 de la Gran Vía, donde aún permanece en manos de su hijo Pedro.

Era el local de la C. Mayor, que tantos aún recordamos, un espacio rectangular, por el que comenzó pagando 250 pts mensuales en calidad de alquiler, al que se accedía bajando dos peldaños, con escaparate de buenas dimensiones. Su superficie se dividía en dos partes, separadas por un largo mostrador de madera, que también funcionaba como mesa de taller donde Pedro reparaba todo tipo de relojes y hasta fabricaba en pequeño torno, piezas de difícil obtención, o inexistentes ya en el mercado. A su espalda una vitrina rectangular de puertas del mismo material, mostraba en su interior relojes a la venta, antiguos y modernos, de bolsillo, de pulsera y hasta de pared, siendo las marcas Duward, Certina y Longines  las más ofrecidas por el mercado y las más solicitadas por los clientes durante el ecuador del S. XX, de cuyas casas distribuidoras llegaban a Caravaca sus propios viajantes, para ofrecerlos al comercio del ramo.

Tras un tabique, a la espalda, se abría una pequeña estancia, con puerta a la tienda, que hacía de almacén. Las necesidades fisiológicas corporales se atendían en algún bar de la vecindad, generalmente en el Círculo Mercantil, aprovechando las horas del almuerzo y la entrada y salida del trabajo.

Pedro fue, sobre todo, relojero de taller. Pasaba muchas horas al día al frente del mismo, escuchando mientras llevaba a cabo las reparaciones, un transistor marca Telefunkenque aún conserva la familia. Nunca tocó la joyería y, desde niños enseñó a los hijos el oficio, reparando cuerdas que se rompían al pasarlas de rosca y por los cambios de temperatura; y ejes de volante. Los primeros relojes que reparó eran todos de cuerda. Con el tiempo comenzaron a imponerse los automáticos y, finalmente, los de pilas, que empezaron a llegar al mercado en los últimos años sesenta. Al taller acudían gentes de todos los rincones de la ciudad, y también de los pueblos y aldeas del campo, unas veces personalmente y otras a través de cargueros, y cobradores de los coches de línea, como en el caso de Teófilo, cobrador en el Correo de Nerpio.

Festero santiaguista

Festero santiaguista

A pesar de su adición al trabajo compatibilizaba su tiempo libre  colaborando con actividades de diversa naturaleza. Fue tesorero de la Junta Directiva del Caravaca Club de Fútbol, siendo presidente de la misma Cirilo Martínez-Reyna. También fue miembro de la cofradía pasional de El Silencio, colaborando anualmente con su Hermano Mayor Alfonso El Caillo, en la preparación, ornato e iluminación del paso del Stmo. Cristo de los Voluntarios, titular de la cofradía mencionada.

Desde el punto de vista festero fue fundador del Grupo Santiaguista en 1960, incorporándose posteriormente al  Temple.Fue presidente del Bando Cristiano y asiduo colaborador con el mundo de la Fiesta, ofreciendo regularmente su comercio como punto de venta de tikets y diversa información festera. También fue cronometrador de la carrera de los Caballos del Vino, tarea siempre difícil hasta la incorporación al festejo de las modernas tecnologías en los últimos años.

Ocasionalmente fue conservador del Reloj del Castillo y, durante muchos años de la máquina de control hidráulico del pantano del Cenajo.

Por la ciudad era habitual su desplazamiento en moto Guzzicolor rojo, que sustituyó por una Lambrettamatrícula de Murcia 16.660. Su primer coche fue un Fiat modelo Balilla, que se arrancaba con manivela, al que siguieron un Seiscientos matrícula de Bilbao. Un 1400 y un 4L matrícula de Murcia 104.612, granate, que sustituyó por un 124 blanco.

Cuando a mitad de los sesenta trasladó la residencia familiar desde la C. de Las Monjasa la de Sta. María de la Cabezaen el Barrio de la Paz, al final de la Gran Vía, el lugar estaba apenas urbanizado, las calles sin asfaltar y el alumbrado muy deficiente o nulo. Pasado el tiempo, Pedro encabezó un escrito dirigido por los vecinos al general Franco, en demanda de las atenciones más elementales, que se llevaron a cabo con rapidez tras recibir las oportunas órdenes el Ayuntamiento que presidía, como alcalde, José Luís Gómez Martínez. En Aquel mismo domicilio del Barrio de la Paz, no tenía inconveniente en aceptar la visita de vecinos, amigos y amigos de sus hijos, para ver la televisión los días festivos, cuando aún no se había generalizado la instalación de aparatos de TV entre la población caravaqueña.

Pedro falleció víctima de un estúpido accidente de tráfico el 30 de octubre de 1990, cuando se encontraba en plenitud de sus facultades físicas y profesionales y cuando con más frecuencia contaba anécdotas acaecidas a lo largo de su vida, a sus amigos más íntimos, entre quienes hay que citar a Adrián Caparrós, Antonio Vicente Sánchez Castillo, Andrés López Augüy y Perico el Alto entre otros, con quienes gustaba recordar haber adquirido en su juventud relojes de bolsillo al peso, o la fabricación clandestina nocturna de ejes de volante de reloj, en el taller de su maestro en la Pl. de Santa Isabel de Murcia; así como planificar con ellos, y otros muchos, aquellas famosas operacionesen las que, para allegar fondos con que financiar gastos de grupos y cabilas festeras, cofradías pasionales y hasta obras de caridad que el lector recordará, se rifaban, en combinación con el sorteo de la ONCE, planchas eléctricas, colchones de muelles, lavadoras, televisores, relojes y hasta cortes de traje, rifas de cuya organización otro día me ocuparé.