JOSÉ ANTONIO MELGARES/Cronista Oficial de la Región de Murcia

Podría haber inspirado una novela de las de «capa y espada» si hubiera nacido antes, o haber protagonizado una película de aventuras pues facultades no le faltaron para una u otra actividad. Me refiero a Pedro Guerrero Rodríguez, quPedro Guerrero, en su biscuterien vino al mundo en enero de 1920 siendo el último fruto del matrimonio entre el abogado local D. Pedro Guerrero Gallego y Dª. Caridad Rodríguez Melgares, quienes establecieron el domicilio familiar en la C. Mayor donde aún, en el cancel de estilo modernista, se conservan las viejas vidrieras con el anagrama familiar PG. En la misma casa nacieron sus cuatro hermanos: Rosendo, Pepa, Úrsula y Caridad, falleciendo allí el mayor de ellos muy joven, y también los padres.
Huérfano a los 13 años, su tío Rosendo Guerrero se hizo cargo de su educación, primero confiada a los Padres Capuchinos en su colegio de Totana, y luego a los Jesuitas en el Colegio de Sto. Domingo de Orihuela, donde compartía espacio con los también caravaqueños Manuel Hervás Martínez y «el Marajuña».
En Orihuela vivieron los tres el asalto al colegio y la disolución violenta de la comunidad educativa por los milicianos anarquistas en 1936, huyendo sin rumbo durante días y yendo a parar a Úbeda, y posteriormente a Jaén, donde se alistaron como «guardias de asalto» mientras su familia y amigos en Caravaca le dieron por muerto.
Tiempo después, cuando llegó a Caravaca en plena guerra civil, se le encomendó la tarea de poner prisioneros a sus más íntimos amigos, entre ellos a Ramón Melgarejo Vaillant y a Juan Antonio Elbal (el de las muletas), a quienes encarceló en su propia finca de «El Palico» (término de Barranda), donde pasaron la contienda junto a otros allí recluidos, en mejores condiciones que la mayor parte de los detenidos en improvisados presidios como el Castillo y el convento del Carmen.

Al haber ejercido su actividad paramilitar en la denominada «zona roja», tuvo que volver a cumplir el servicio militar tras el período bélico, siendo destinado a Melilla, donde volvió a coincidir con compañeros como Manolo Hervás y el lorquino Juan López Mateo entre otros, regresando a Caravaca a los 22 años e iniciando un período de tiempo feliz, con residencia habitual en su ya mencionada finca de «El Palico», viviendo de sus rentas y practicando la equitación entre otras actividades lúdicas. Desde entonces, en los pagos de Barranda se le conoció como «el Señorito del Palico»

En septiembre de 1952 contrajo matrimonio con la muleña y parienta suya Encarnación Quadrado Guerrero, en ceremonia con posterior celebración a la que se desplazó parte muy importante e la sociedad caravaqueña del momento, y tras la que el nuevo matrimonio fijó su residencia en el Camino del Huerto local donde nacieron sus tres hijos: Caridad, Pedro y Pepe.

Su pasión por la equitación no la perdió nunca. Llegó a tener una cuadra con doce ejemplares repartidos entre Barranda y su propia casa de Caravaca, entre los que destacaron apreciados animales como «la Jerezana» y «el Yoki» entre otros, a los que cuidaba y mimaba personalmente, dedicando parte muy importante de su tiempo a la monta y la doma de los más jóvenes.

Su afición por los caballos la simultaneó con la caza y los coches, habiendo tenido de su propiedad ejemplares como un Biscuter, un «Once Ligero», un Ford «Sofía» y un Renault «Gordini» (M-344941) con el que encontró la muerte.

Podría afirmarse que vivió una parte importante de su vida a lomos de un caballo, por lo que no era extraña su colaboración en todo aquello que contara con ese animal para su desarrollo. Pidió las llaves en la plaza de toros del Egido en decenas de espectáculos taurinos de la más diversa naturaleza, prestó corceles de su cuadra al «Arturo» para el festejo de «Los Caballos del Vino» y, cuando comenzó la reconversión de las Fiesta de la Ctuz, a partir de 1959, no dudó en crear primero la Caballería Mora en el seno de la cábila «Abul Khatar», y posteriormente la cristiana siendo presidente del bando su amigo del alma Manuel Hervás Martínez.

Audaz y aficionado por naturaleza a las actividades de riesgo, también se hizo presente en el mundo de los toros. Fue amigo personal del torero local Pedro barreras y seguidor de Manolete y Antonio Puerta, siendo uno de los que refundaron la Peña Taurina que abrió su sede en la «Canalica», la cual llegó a tener su propio tentadero. En aquella empresa taurófila también estuvieron José María «el del juzgado», Francisco Martínez Mirete y Gregorio Javier entre otros, junto a amigos de siempre como Pepe Sánchez Guerrero, Pepe Fuentes, Pedro Antonio Escolano, los hermanos Juanito y Pedrín Moreno, Juan Álvarez Moreno y Miguel Álvarez Pérez-Miravete.

La muerte le esperó una noche al final del invierno, tras una curva en la carretera de La Puebla de D. Fadrique a Caravaca a su paso por El Moral. El vehículo que personalmente conducía, cuyo modelo se conoció popularmente durante años como «el coche de la viuda» por su poca estabilidad, se salió de la calzada el 14 de marzo de 1971 causándole la muerte de manera instantánea.

Aún, muchos años después de su muerte, Pedro Guerrero sigue siendo referente obligado en cualquier conversación local relacionada con el mundo del caballo, de las Fiestas de la Cruz, de los toros y de la caza.

Nunca dependió de nadie. Sus rentas en la «Casa del Vicario», «el Palico», «Cañalengua» y otros lugares, le permitieron vivir con la independencia de la que siempre hizo gala, estrellándose contra lo imposible todo aquel que se propuso cambiar el rumbo que él mismo decidió llevar en su vida.

Eligió a sus amigos y nunca se equivocó con ellos. Fue imaginativo, fantasioso, cariñoso, galán y en exceso generoso. Temeroso de Dios, familiar, alegre, extrovertido, guapo, rico y elegante.

En el Círculo Mercantil se le encontraba jugando al «Esnoker» con Juan Antonio Elbal, y, cuando la Semana Santa despertó de su letargo de años en los cuarenta, no dudó en agregarse al «Silencio» y también a «Los Moraos» de Ntro. P. Jesús.

Pedro Guerrero fue un icono local en su tiempo. Un referente del Camino del Huerto y el paradigma del legendario hidalgo castellano aunque muy desplazado en el tiempo.