JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Perteneciente a una antigua familia de cardadores de lana, con industria manufacturera y batán propios en la carretera de Murcia, Pedro López Carrasco nació en noviembre de 1929, en el seno del matrimonio integrado por Alfonso López Navarro y la calasparreña Esperanza Carrasco Granados, siendo el tercero de los cuatro hijos que aquellos trajeron al mundo: Alfonso, Cruz, Pedro y Esperanza. El padre regentaba un discreto negocio de cardado de lana, aceptando la materia prima que hasta sus manos llegaba en pequeñas cantidades aportadas por agricultores y ganaderos del campo. El primer trabajo en la cadena de adecuación de la lana, consistía en despojarla de los «caillos» o bolas de impurezas adheridas a la misma, de donde viene el popular y cariñoso sobrenombre con que se conoce a los miembros de la familia.


El matrimonio fijó su residencia en La Glorieta, frente a la iglesia y convento del Carmen, donde nacieron los hijos y donde la familia ha vivido y sigue haciéndolo en la actualidad.
Pedro, como tantos niños de su generación, comenzó su formación en el colegio de las Monjas de la Consolación (entonces en la C. María Girón), al cuidado de sor Evarista, prosiguiéndola en el del Niño Jesús de Praga de los frailes Carmelitas Descalzos, al cuidado del P. Amado, en el que coincidió con amigos que conservó toda su vida como Valentín Leante, Manolo Guerrero, Alfonso Sánchez-Guerrero y Emilio Tudela entre otros. Cumplió el servicio militar en la Academia General del Aire de San Javier y se incorporó a la vida laboral en la empresa familiar ya mencionada donde se limpiaba, lavaba, cardaba e hilaba la lana que obtenían de las ovejas las gentes del campo. Allí se pesaba en libras y con el producto se fabricaban rellenos para edredones que Juan «el papa» conducía en su carro tirado por una burra, a la casa de la Glorieta o a la sucursal que la empresa tenía en Cehegín.
Al morir el padre languideció y cerró la fábrica, empleándose Pedro, como contable, en la empresa «Transportes Navarro» de capital y dirección catalana, que regentó durante muchos años en Caravaca Antonio Miras, y que se encargó durante lustros de la mayor parte de los portes entre Caravaca y el resto de España. Ubicada dicha empresa de transportes en la C. «Juan Carlos I», allí coincidió Pedro con compañeros como Juan «el Pobre», Alfonso «el Señorito», Juan Pedro «Morote» y Pepe González entre otros, permaneciendo en ella durante veinte años hasta la jubilación.
En julio de 1959 contrajo matrimonio con Carmina Sánchez Robles, estableciendo el domicilio familiar primero en «La Tercia», donde nacieron dos de sus tres hijos: Alfonso y José Manuel, y luego y definitivamente en la Glorieta, donde nació el tercero de ellos: Piky.
Simultáneamente a su trabajo en la empresa «Transportes Navarro», regentó la concesión de un surtidor de petróleo junto a su casa, que muchos aún recuerdan. Hasta allí se trasladaba la mayor parte de la población para adquirir el «gas» o petróleo para el consumo doméstico e industrial, el cual facilitaba CAMPSA y se almacenaba en gran cisterna subterránea, con capacidad para cinco mil litros, que aún se encuentra enterrada en el lugar, bajo la calle, tras los arreglos urbanos allí habidos.
El popular «gas», utilizado en los «infiernillos» domésticos situados en las cocinas, venia en camiones cisterna desde Escombreras, tras ingresar en el banco el importe de la carga solicitada cuando el depósito comenzaba a vaciarse.
El surtidor, que funcionaba con fluido eléctrico y también manualmente cuando aquella fallaba, era manejado por todos los miembros de la familia, quienes atendían al público a todas las horas del día y parte de la noche. El surtidor tuvo que cerrar hacia 1975 por la competencia de nuevas energías como el butano y la eléctrica cuando éstas se generalizaron entre la población.
Festero en el seno de la cábila Abul Khatar, se incorporó a la misma en 1960, figuró al frente de ella en los desfiles de escolta a la Stma. Cruz y sirvió de enlace con la casa SIMÓN de Toledo (con sede en la Pl. de S. Jaime), para la adquisición del armamento festero no sólo de la suya sino de otras cábilas moras y grupos cristianos. También fue miembro de las cofradías pasionales de «los Azules» y «el Silencio», desfilando durante muchos años cada noche de jueves santo en la escolta de nazarenos del Stmo. Cristo de los Voluntarios.
Aficionado al fútbol y fiel seguidor del Real Madrid, se hacía acompañar de su mujer y sus hijos al estadio local, todos los domingos, para apoyar al «Caravaca C.F», situándose en lugar fijo del mismo junto a otros aficionados como Juanito «Fantasía», el «Rojo Romeral» o su cuñado Juanito Talavera. Así mismo fue asiduo a la tertulia que a medio día se reunía siempre en la barbería de «Manolo», a la que también asistían, entre otros Juanito «el de Caridad», Antonio «Sangrino», José «el de la Serradora» y Ramón «el Caramelo», siempre con «el Caravaca» como tema de conversación.
Formó parte del «Grupo Artístico Santísima y Vera Cruz» que dirigió D. Cristóbal Rodríguez en los primeros años cincuenta pasados junto a Pepito Rodríguez, Juan Miguel Guerrero, Juan Ferez, Fernando Navarro, Matías Albarracín y Antonio Marín Fuentes entre otros. También se implicó activamente en la gestión general de la Fiesta en la cofradía que presidió como hermano mayor Juan Marín Fuentes entre 1980 y 1981 y participó durante mucho tiempo en la organización anual de las fiestas del Carmen cada año en el mes de julio.
Durante gran parte de su vida arrastró una diabetes perniciosa que le obligaba a pincharse medicación cuatro veces diarias y a llevar un régimen alimenticio muy severo y estricto, por lo que, muy debilitado por la enfermedad, falleció repentinamente víctima de un derrame cerebral, el 9 de octubre de 1991.
A pesar de los años transcurridos desde su muerte, Pedro, El Caillo, sigue siendo recordado como uno de los iconos de referencia de la sociedad local de la segunda mitad del S. XX. Por su carácter abierto y extrovertido se hizo hueco sin dificultad en los ambientes sociales donde estuvo presente. Cariñoso, afable, con gran sentido del humor y amigo de hacer favores, siempre estuvo dispuesto a la colaboración, allí donde se le requirió, tanto en el ámbito social como en el festero y religioso, automarginándose siempre de la política a la que no prestó nunca mucha atención.