GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Corría el año 1360 cuando Pedro I de Portugal reunió a toda la corte para honrar a su esposa besándole las manos. Todo normal si no fuese porque Inés llevaba 5 años muerta y había sido desenterrada para hacerla reina después de muerta, vengándose así de una sociedad que cPedro e Inésastigó un amor que sobrevivió hasta la eternidad.

En el año 1320 nació en Galicia una niña a la que ponen por nombre Inés de Castro. Al morir la madre, el padre la envía al castillo de Peñafiel como dama de compañía de su prima Constanza.  Y mientras a esta la vida le daba todo lo que se pude pagar, a Inés le dio unos ojos claros y unos cabellos rubios que eclipsaban cualquier oro que tuviesen otras. En 1336, doña Constanza es casada por poderes con el príncipe Pedro, hijo del rey Alfonso IV de Portugal. El día de su llegada a Lisboa, Cupido debió apuntar mal, o estaría aburrido y decidió hacer un nudo al destino mandando la flecha sobre el corazón equivocado. El caso es que el príncipe Pedro quedó prendado del bello rostro de Inés. Y esta, que había crecido ajena a toda clase de amor, dejó que el suyo la acariciara. Fue desde un principio un amor apasionado, ausentes a toda realidad que no fuesen sus cuerpos pegados ni más dolor el tener que separarlos.

Pero la realidad existía. Y hablaba en las esquinas del castillo, escandalizados de tanto amor, e informaban a Constanza, que ingeniaba planes para separar a Inés de lo que era suyo por derecho de cuna. Intentó convertir lo que era adulterio en incesto, haciendo a Inés madrina de la hija de Pedro, algo que por entonces se convertía en un lazo inviolable. De nada le sirvió, porque lo que ella se empeñaba en separar volvía a rejuntarlo la vida, y la niña moriría a la semana de nacer, dejando de nuevo a la pareja libre para amarse de nuevo, más aún, pues ya sabemos que los obstaculos engrandecen el amor.

Los cortesanos tachaban la relación de desvarío y Alfonso IV decide apagar el ardor de la única manera que sabe: manda a Inés bien lejos, que ya sabemos que la distancia hace el olvido. Pero tampoco pudo el padre con el destino: en 1345 fallece Constanza,  sin haber perdonado a Inés lo que nunca se había rebajado a reprocharle.

Libre Pedro, rescata a Inés del exilio y la pareja marcha lejos de la corte, donde forman un hogar feliz en el que tienen cuatro hijos. Hasta el rey parece que acepta la relación. Solo parece, pues necio y ciego, solo busca separarlos, ya ha entendido que una frontera no es suficiente y decide que solo una cosa podría: la muerte. Manda a tres cortesanos a acabar con aquel amor que retorcía las entrañas de todos aquellos que no lo habían conocido. Aprovechando que Pedro esta de caza, apuñalan con saña a Inés delante de sus hijos. Era el 7 de Enero de 1355.

Lo que el padre pensó que arreglaba, termino de desarreglar la situación y comenzó una guerra que duró dos años y que solo terminó cuando el rey vio que se moría, de viejo y de remordimientos. La primera medida de Pedro como rey de Portugal fue castigar a los asesinos de Inés. Fueron torturados  y expuestos en la plaza pública, donde el monarca les arrancó el corazón y luego destrozó a mordiscos.

Lo siguiente fue desenterrar a Inés (muerta hacía ya cinco años), vestirla con vestimentas reales y sentarla en el trono, donde obligó a todos aquellos que en su día le dieron la espalda, a besarle la mano (o lo que quedase de ella) y prestarle homenaje como reina de Portugal. Después se depositó su cadáver en un sepulcro tallado para ella: “La estatua yacente de Inés de Castro, cuyo parecido físico con la muerta es tal que quienes la conocieron en vida no pueden retener las lágrimas «. Enfrente, Pedro dispuso otro sarcófago para él, ambos tenían que ser colocados pies contra pies para que el día del juicio final, lo primero que viese cada amante al despertar fuese la imagen del otro. Y solo una frase grabada, una promesa de amor que desafiaría al tiempo: » Hasta el fin del mundo”.