JOSÉ MARÍA EGEA SÁNCHEZ/Doctor en Agroecología

Decía Ortega y Gasset que “el progreso no consiste en aniquilar hoy el ayer, sino, al revés, en conservar aquella esencia del ayer que tuvo la virtud de crear ese hoy mejor”


Me gustaría que mantuvieseis esta idea en la cabeza a lo largo de la lectura de estas líneas.
Esta semana han empezado en Bullas las Fiestas de Vino “Vinarte” 2017. Una semana en la que la comarca vuelve su mirada hacia el municipio que da nombre a la Denominación de Origen. La DO Bullas supone un paraguas para un vasto territorio bajo el cual izamos nuestra bandera vitivinícola dentro y fuera de nuestras fronteras.
Parece importante pues, que prestemos atención a todo lo que conlleva estar debajo de dicho paraguas. Según su definición “Los productores que se acogen a la Denominación de Origen, se comprometen a mantener la calidad del producto elaborado, lo más alta posible y algunas técnicas básicas de elaboración tradicionales; por ejemplo, en el caso del vino, utilizar la uva tradicional de la zona”, también, de la esencia que emana de dicha definición se extrae que “La ventaja fundamental de esta calificación, es garantizar al consumidor, no solo un nivel de calidad más o menos constante, sino también mantener características específicas irrepetibles que no posee un producto similar producido en otra región o con otra materia prima. A cambio de esto, los productores obtienen una protección legal contra la producción o elaboración de tales productos en otras zonas, aunque se utilicen los mismos ingredientes y procedimientos, y que les permite influir sobre el precio final de éstos abaratando los costos”
A priori, y a tenor de esta definición, debemos de estar de enhorabuena, orgullosos de que nuestros viñedos y nuestros vinos disfruten de dicha protección…nada más lejos de la realidad. Una vez que ya nos hemos dado las pertinentes palmaditas en la espalda creo que merece la pena hacer un esfuerzo en indagar qué hay detrás de la DO y si realmente vela por la mantener la filosofía para la que fue creada.
La realidad es que se trata de un órgano que se aprovecha, con prácticas caciquiles, de la posición que ocupa, para favorecer a la gran cooperativa del municipio y dando la espalda a los pequeños bodegueros que son realmente los que sí velan por la calidad de la uva, la calidad del viñedo y la calidad del paisaje. Y esto es así, porque la DO es una entidad dependiente de la Consejería de Agricultura y ésta, decidió que el peso específico de la Junta Directiva recayera sobre la cooperativa con más volumen, sustituyendo a la anterior fórmula de “un socio, un voto”. De este modo, los principales cargos de la junta, pertenecientes a dicha cooperativa, son “juez y parte”, haciendo que se distorsione el principio de equidad y la imparcialidad de la misma, y permitiendo que los agricultores reciban una miseria por su cosecha, empujándoles a cambiar sus valiosas viñas antiguas por nuevas variedades en un desesperado intento de sacar adelante sus fincas y sus vidas.
Cuando se tira el precio de la uva al agricultor, cuando se piensa en litros y no en calidad, cuando se fomenta el arrancar y sustituir viñedos antiguos con cepas centenarias por variedades nuevas, más productivas pero más inestables y débiles, de peor calidad y con tipos de uva poco representativas del territorio, hay que decir claramente y en honor a la verdad, que se está desvirtuando la filosofía última de una DO, se está prostituyendo una marca que debe ser casi tan importante como el escudo del municipio que nos da la bienvenida a la entrada de nuestro pueblo.
Quisiera detenerme en esto último, que por deformación profesional, es lo que más escuece.
Cuando se induce a un productor, convertido perversamente en una marioneta a manos de la Política Agraria Comunitaria y de los instrumentos gansteriles de una DO teledirigida por la Consejería, a arrancar sus viñedos centenarios, mediante subvenciones sin recorrido, estamos ante un atentado agroecológico gravísimo e irreparable, estamos destruyendo paisaje, estamos destruyendo diversidad y estamos haciendo que una finca que era estable y que podía soportar cambios en las condiciones climáticas, pase a ser un frágil viñedo, inadaptado, que va sufrir ante cualquier perturbación. Y lo peor de todo, estamos siendo, todos nosotros, cómplices ignorantes de semejante ecocidio
La palabra patrimonio viene del latín “patri” (padre) y “monium” (recibido), significa “lo recibido por el padre”. Casualmente este término, etimológicamente, comparte raíz con la palabra “patria”, y, curiosamente, muchos de los que se llenan la boca con este manido concepto son los que después desmantelan nuestro patrimonio, es decir, lo que heredamos de nuestros padres.
Lo que deben hacer es velar por un precio digno de la uva para el productor, velar por la calidad de la misma y sobre todo proteger aquella diversidad agrícola que da sentido a todo esto.
Decía Ortega y Gasset que “el progreso no consiste en aniquilar hoy…”, bueno, ya saben.