MANUELA SEVILLA ARNAO             

Fotografías: Calasparreando y Laforet.

Se entiende por patrimonio cultural inmaterial las prácticas, representaciones y expresiones, los conocimientos y las técnicas que procuran a las comunidades, los grupos e individuos un sentimiento de identidad y continuidad.

Por lo tanto, el arroz de Calasparra es y ha sido generador de un extenso Patrimonio Inmaterial y Material, ya desde sus mismos inicios, que pervive a lo largo del tiempo, en algunas ocasiones intactos.

En Calasparra, como en el sur de España, el arroz apareció de la mano de los árabes en el siglo XI. En la alquería de Villa Vieja (a orillas del río) se situaba una importante población musulmana que con toda probabilidad cultivaría el arroz. En el s.XII el agrónomo sevillano Abu Zacaria relata la forma de plantarlo, heredada de otros escritos musulmanes anteriores. Ya hace un estudio para su mejor cultivo, en zona de regadío, tierra pantanosa, forma de plantarlo, siembra en marzo y trasplante en mayo, e incluso la manera de limpiar el arroz (descascarillar), formas que han prevalecido en nuestra manera de cultivarlo, destacando la forma de riego. Según Rafael Navarro “veedor” de la Denominación de Origen Arroz de Calasparraexplica la sostenibilidad del arroz que crece en suelos inundados, en una Región cuya tierra se caracteriza, por lo contrario: la escasez de agua. Su utilización es sencilla: «La acequia madre recoge el agua del río y a su vez la dirige por el resto de canales hasta las parcelas. Allí, a través de un sistema de terrazas, el agua, conducida por los ‘bocacines’, va anegando los cultivos. Y del mismo modo que entra, se va», como dice el refrán “Soy libre como los pajaricos de la vega”. El agua se utiliza, pero no se consume. «A penas consumimos un 8 por ciento del agua que pasa por las parcelas. El resto, retorna al río». Son regadíos tradicionales que tienen derecho a riego desde tiempo inmemorial, por lo que no se paga nada por el agua. Se costea la infraestructura y el mantenimiento que hay que hacer de las acequias, pero no se contabiliza el metro cúbico.

El ciclo empieza en abril con la preparación de las parcelas de forma rectangular, que aquí se llaman “cajas”, separadas por “caballones” ajustándose al cauce del río y hasta las acequias, que van suministrando el agua. Estas parcelas están escalonadas siguiendo la pendiente del río y regresan hacia él, puesto que aquí el cultivo se hace con el riego por inundación, de circulación constante de agua entre las parcelas, que en última instancia desaguan en zanjas de drenaje o el río. Los agricultores justifican este sistema para que el agua se “vaya calentando” progresivamente al pasar de una a otra parcela a través de los “bocacines” En esta zona de la Vega, el Río Segura ya lleva el agua del Río Mundo más fría, lo que no ocurre en los arrozales de las Minas y El Salmerón que también pertenecen a esta Denominación de origen. Las simientes se guardan del año anterior y se siembran a “voleo” previamente remojadas para que no floten y guardadas en la “sembraera”, capazo de esparto. A primeros de mayo es el día festivo del “Sementero” sobre el día de la Cruz, asegurándose así su bendición que se hace en Caravaca desde los Conjuratorios de la iglesia este mismo día. Mientras en la “almajara” se siembra plantel para reponer los“clareos”.  A los 18 ó 20 días empieza a “verdear” y hay que hacer el “escamoteo” de malas hierbas: “verdera”, “prenca” “junzoles” “mijera” y “espartin”. Las parcelas siguen inundadas hasta los últimos días de septiembre y primeros de octubre cuando se tapan las “muelas” y comienza la siega y como dice nuestro refrán: “la siega a manta, unos la siegan y otros la cantan”. La unidad de trabajo de la siega es la “cuadrilla” que la forman tres jornaleros y el labrador de la Vega. La forma de contrato, siempre verbal y sellado con un vaso de vino y un puñado de garbanzos torraos, podía ser a “mantenidas” que quiere decir comida y cama en la casa de la vega y un día libre a la semana, o a “jornal”, trabajo que se paga en un día. También existían las “peonadas a vueltas” que consistía en ayudarse familiares y vecinos en las labores y luego se devolvían a los otros cuando lo necesitaban. Existe la figura del “manijero”, que es quien manda cuando se enganchan a trabajar y el descanso con el consabido cigarrillo. También estaba el “piojarero” que llevaba un trozo de tierra pequeño “piojar”. La ropa de trabajo era: calzones azules rayados, abiertos por delante con botones y ojales atados con cintas en la parte inferir de las piernas, una abertura de 20 cm, camisa y chaleco, en la cabeza un sombrero de paño negro con alas si es nuevo de paseo y si era viejo para el trabajo. Se usaban esparteñas hechas por ellos mismos con esparto seco, cocido y picado con suelas de recincho y cara y talones de cordelillo. Para pasear e ir por el pueblo las alpargatas llamadas “moratalleras”. Para segar se ponían la “zamarra” pieza de lona que cubría el cuerpo y parte de las piernas para evitar cortarse con la hoz, “manguitos” y “deiles” de grueso cuero, sobre todo para los dedos meñique, anular y corazón los más propensos a un corte. Para segar se coge la “manada” con la mano izquierda y con la derecha se da el golpe de hoz depositándolo en un montón llamada “garvao”. Después pasaba una cuadrilla de espigadores compuesto por mujeres, niños y ancianos para rebuscar lo que había quedado. Solo en esta labor y en la de quitar hierba participa la mujer calasparreña en el cultivo del arroz, que nunca se metía en el agua, (antiguamente se veia a la mujer como un ser impuro que hacía que no germinaran los cereales, agriara el mosto, los árboles no dieran fruto…) Estamos en el “veranillo de los higos”, cuando termina el cultivo del arroz. Los costales cargados en carros tirados por burras o la preciada “vaca colorá calasparreña” van al pueblo para su secado, trilla y blanqueo. Han pasado de arrozales de espejo, a alfombra verde intenso terminando en el  oro dorado, generando un paisaje singular. Ya solo le quedan a estas tiras y cajas reponerse antes de empezar de nuevo, nutriéndose con trigo y leguminosas en una alternancia de cultivos.

Por último, reseñar la costumbre de hacer rogativas en la agricultura de Calasparra: a la Virgen de la Esperanza, traída al pueblo desde su ermita para invocar lluvia, permaneciendo varios días hasta que llovía y ¡vaya que si llovía! y a los Santos Patrones S. Abdón y San Senén, sacándolos a la puerta de su ermita para evitar el pedrisco que dañaba el arroz por estas fechas.

Y estos son los usos sociales y de trabajo vinculados al Río Segura, los arrozales y sus gentes que han reforzado desde tiempo inmemorial su sentimiento de identidad y continuidad con el pasado y el futuro.