Miguel López Bachero

Profesor Titular de la Universidad de Murcia

Empecé a sospechar de mi especial vulnerabilidad cuando un médico, en un informe sobre mi salud para un seguro médico, señaló que carecía de factores de riesgo, “salvo los propios de la edad”. Me sentó fatal. Lo reconozco. ¿Por qué no escribió sencillamente que mi salud era buena? ¿Por qué esa advertencia que me incluía, definitivamente, en un grupo de sospechosos? Para mí la edad nunca había sido un criterio que mereciera especial atención, ni me han parecido serias las clasificaciones convencionales por grupos de edad. Nunca las he considerado muy fiables.

Estos días he comprendido, con perplejidad e indignación, la importancia de esta clasificación. Sencillamente puede ser el dato que te haga merecedor de la vida o la muerte frente a la enfermedad durante una epidemia. De nada valen los estudios científicos que aseguran que la edad biológica no coincide siempre con la cronológica, que suele haber una diferencia de varios años entre ambos. Por lo visto, sólo cuenta el frío dato administrativo del documento de identidad para la toma de decisiones. Pero en el currículum personal hay cosas todavía más preocupantes que la edad: la presencia de alguna enfermedad crónica relevante. Lo llaman “patologías previas”.

Hasta hace poco tiempo había creído que mi historia clínica era un informe a mi favor, algo así como una carta de recomendación que era conveniente llevar siempre encima para mejorar mi atención médica en cualquier lugar. Desde hace unas pocas semanas he cambiado de opinión al confirmar mis  sospechas de que, ahora, puede ser interpretado como un documento de antecedentes penales. He decidido que debo actuar con mayor discreción. Se acabaron las charlas informales sobre mis problemas de salud. Debo evitar que mis datos médicos sean conocidos. Nadie sabe el uso que pueden hacer de ellos en un momento dado.

Puedo entender que necesiten nuestros datos globales para poder planificar la atención sanitaria en un momento de crisis. Vale, lo acepto. Confío en el criterio de nuestros gestores sanitarios y, sobre todo, en la calidad profesional y humana de nuestros médicos y enfermeras. Hasta ahí llego, pero ¿qué hacer cuando comprobamos que en la opinión pública se ha instalado,  el lugar común que considera la edad avanzada como una patología previa? Por ahí no paso, queridos lectores; porque esa arraigada creencia ha comportado consecuencias tremendas durante esta pandemia.  ¿Recuerdan los titulares informativos durante las primeras semanas? Junto al número de fallecidos aparecía, inmediatamente, el dato de que la mayor parte de ellos eran ”personas mayores, o con patologías previas”. Así, como si se tratara de un grupo de víctimas inevitables. ¿Quiénes si no? Pero lo más inquietante es pensar con qué finalidad se ofrecía esa información y, sobre todo, cómo la interpretábamos cada uno de nosotros.

Ignoro si usted se siente usted satisfecho de la respuesta colectiva que hemos dado a nuestros mayores durante esta cuarentena. Yo no lo estoy, en absoluto. Y no me excluyo de la autocrítica, ni me creo con derecho de analizar las conciencias de los demás, pero he de reconocerles que un escalofrío recorre mi espalda cuando pienso que pudiera haber habido personas que respiraran con alivio al comprobar, tras ver el “parte de guerra”, que el virus no apuntaba hacia ellos. Y que, además, pudieran considerarse con más derechos para ser atendidos, con prioridad, frente a los más mayores en caso de necesitar un respirador, o una cama en la UCI.

¿Qué criterios de superioridad puede argumentar una persona joven sobre otra mayor para tener prioridad en un tratamiento? ¿Acaso los derechos humanos y constitucionales han de ser reinterpretados en función de la edad? No estoy juzgando, ¡Dios me libre! a los médicos que en algunos lugares hayan tenido que tomar decisiones extremas aplicando los criterios de los Comités de Ética de sus hospitales. Estoy pensando en voz alta sobre lo que haya podido ocurrir, dentro de cada uno de nosotros,  para que nos hayamos convertido en jueces, médicos, o policías durante estas semanas de confinamiento. Esta crisis ha dejado en evidencia nuestra vulnerabilidad, sí,  pero también nos ha situado frente al espejo de nuestros auténticos valores colectivos.

Ahora cuando el daño ya está hecho, cuando la mitad de las  víctimas mortales  han sido los mayores, sobre todo los alojados en residencias, puede que queramos lavar nuestras conciencias y que organicemos homenajes a nuestros mayores, a los “héroes” que han resistido esta primera oleada de la pandemia.  Ahora, que los tratamientos avanzan, que se corrigen algunos tópicos sobre los “grupos de riesgo”, como el de la vulnerabilidad extrema de quienes toman inmunodepresores (parece que, en algunos casos, pueden incluso atenuar fases híper inflamatorias). Ahora que se están revisando y actualizando todos los protocolos en hospitales y en residencias, quizás haya llegado también el momento de revisar en profundidad nuestros protocolos morales. Esos que nos han podido llevar a aceptar, sin muchos reparos, las informaciones que nos presentaban como muertes naturales, como daños colaterales,  lo que, en realidad, ha sido, cuando menos, una falta de medidas preventivas suficientes y una despreocupación (la fiscalía dirá en qué casos ha podido ser negligente) hacia nuestros mayores.

La edad no es una patología, por más que una parte de la opinión pública haya decidido considerarla así. Después de esta terrible y dolorosa experiencia hemos podido comprobar que  la única patología previa ha sido la de nuestros arraigados y lamentables prejuicios.