Ya en la calle el nº 1047

Parir en casa, por Pedro Antonio Martínez Robles

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Pedro Antonio Martínez Robles

Mi hermana Pura nació el diecinueve de enero de 1963, y por extraño que parezca, guarda mi memoria con meridiana nitidez la imagen de aquella mañana diáfana de invierno. Yo tenía poco más de tres años y aunque hay quien asegura que la mente es incapaz de conservar recuerdos de esa edad tan tierna, nadie podrá arrancar ya de mí la absoluta certeza de las imágenes de aquel alumbramiento que presencié en mi casa materna en una hora cercana al mediodía de hace ya sesenta años. Me acuerdo del sol, me acuerdo de la luz, me acuerdo del ajetreo de vecinas entrando y saliendo en la casa, y me acuerdo del cuerpecillo de mi hermana, diminuto y un poco amoratado, en el costado más luminoso de la cama de mis padres, junto al balcón. Y me acuerdo de su ombligo cubierto de unos polvos blancos, que más tarde supe que eran de azol. Jamás he vuelto a ser testigo de una manera tan cercana de un nacimiento como en aquella mañana de enero, ya tan lejana, aunque también nacieran en mi casa mi hermano Rufino, casi dos años más tarde, mi hermano Eduardo otros dos años después, y mi hermana María, veintiocho meses más tarde. Pasarían cinco años más para que llegara al mundo el último de mis hermanos, Javier, pero este ya lo hizo en la clínica del doctor Bernal, y debo confesar que cuando mi primo Enrique me abordó a la entrada del Camino del Huerto para darme la noticia de su nacimiento -acabábamos de salir del instituto, después de las clases de la mañana-, sentí el asombro de quien piensa que la cosa no va con él, pues tan acostumbrado estaba a ver a mi madre embarazada, que aquella séptima gestación suya me pasó prácticamente desapercibida. No sé quién llevaría a mi madre a la clínica maternal, ya que mi padre andaba de viaje, en su trabajo, ni cómo se enteraría mi primo Enrique antes que yo del nacimiento de mi hermano Javier; solo recuerdo que me dijo: <<Vete a la Bernal, que tu madre acaba de dar a luz>>, y yo, en medio de mi estupor en esa edad del adolescente que solo piensa en su mundo, me adentré en el Camino del Huerto, llegué a la clínica, pregunté por mi madre, y fui el primero de la familia en conocer al último de mis hermanos.

            Entre el nacimiento de mi hermana Pura y el de mi hermano Javier transcurrió más de una década; ese espacio de tiempo, hoy lo comprendo, no es nada, pero lo es casi todo para quien empieza a adentrarse en la vida y pasa de los tres o cuatro años a los catorce o quince. En ese paréntesis, pude conocer la experiencia milenaria de parir en casa y la de parir en una clínica. Parir en casa hoy es algo tan extraordinario, tan fuera de lugar, que cuando ocurre en el propio domicilio o camino del hospital, se hacen eco de ello los noticiarios del mundo, como si eso no hubiera pasado nunca, somo si siempre se hubiera dado a luz en los paritorios y ese modo tan natural de venir al mundo en la propia casa fuera algo que solo sucedía en la prehistoria. Quién sabe si dentro de unos años, las normas cambiantes -como todas las normas- de la ciencia médica, aconsejarán que las madres vuelvan a parir en sus casas.

            Mi madre comentaba que cuando vino mi hermana al mundo, asistida por la comadrona y José María “el practicante”, este, con solo ver cómo sacaba la criatura la cabeza a la luz del día, le dijo: <<Maruja, viene una nena. Los nenes nacen con la cara hacia abajo, y las nenas con la cara hacia arriba>>. No faltará quien tome esta observación como una frivolidad, como una ligereza del humanísimo José María “el practicante”, quien ayudó a nacer en Calasparra a toda esa generación del “baby boom” de los años cincuenta y sesenta en sus propias casas; pero lo cierto es que cuando nació mi hija Isabel María, tres décadas después, mi esposa me comentó que, ante el asombro de la matrona y el médico, sintió cómo nuestra hija se giraba en el útero materno para nacer con la cara hacia arriba, y es que es posible que la Naturaleza tenga misterios que la Ciencia aún no comprende y solo la observación de los más experimentados pueda dejar constancia de ello sin encontrar explicación alguna.

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