Pascual García (pasgarcia62@gmail.com

Como nunca fui un hombre ordenado y meticuloso, sino más bien todo lo contrario, adepto al caos y a la anarquía, cuya imagen más exacta podría ser la de mi mesa de trabajo, atestada de folios y de libros y cada día más intrincada, los papeles administrativos se me hicieron siempre muy cuesta arriba y su proceso burocrático farragoso en exceso.

Yo era de los que entregaban la solicitud de beca el último día, y era el que soportaba el padecimiento de aquellos misteriosos formularios, en los que había que consignar ciertos datos y dejar en blanco algunos otros de acuerdo con una estrategia arbitraria que nunca dominé del todo, a pesar de que disfruté durante una década de su beneficio económico y, de hecho, pude estudiar gracias a ellas. Recuerdo que a finales del último curso de la E.G.B., don Miguel nos reunió a unos pocos una tarde en un aula vacía para explicarnos cómo se rellenaba aquello, y con estas nociones básicas, que le he agradecido siempre y algunas otras que fui incorporando con los años, pude enfrentarme cada curso a aquella dura tarea de «echar la beca» y salir airoso de su cumplimiento.
Pero conforme uno se va haciendo adulto e insiste en perseguir alguna meta de provecho, la burocracia te va importunando persistente hasta el último rincón. Aprobar las oposiciones fue el comienzo de otro martirio de certificados, solicitudes y formularios. Durante más de veinticinco años, es decir, hasta hace bien poco que obtuve, al fin, mi plaza deseada en Murcia, en el instituto de mis sueños, hube de someterme, como el resto de mis compañeros a la cumplimentación de los papeles, siempre arduos, siempre abstrusos del concurso de traslados, porque el que algo quiere algo le cuesta, y no hay más remedio que pasar por el aro.
Lo peor de este mal trago es que uno nunca estaba seguro de haberlo hecho bien, de haber entregado todos los papeles, que a veces se extraviaban o se manchaban de aceite, y yo, resignado, paciente, volvía a rellenarlo todo con la convicción de que los pobres siempre tenían más trabajo que los otros, porque para existir debían convencer al resto de la humanidad de que eran necesarios y merecían la pena. Al rico con pagar le bastaba.
Mi memoria ha guardado docenas de malos recuerdos relativos a plazos insoslayables, certificados de pesadilla, oscuras instancias y otros requerimientos de última hora.
Mi secreto temor es que alguna vez descubrirán que no entregué a tiempo un impreso esencial y me dejarán con lo puesto, como suele decirse porque, en parte, casi todo se lo debo a alguno de estos trámites de los que hablo.
Somos, al parecer, yo, al menos, he llegado a esa conclusión, un puñado de papeles sin alma en los cajones de una archivo remoto, que custodia un individuo desterrado de la vida, condenado a la soledad y entrenado para permitirnos una identidad tan efímera como apócrifa; por eso me da miedo recibir una carta con un membrete oficial y descubrir que me han expulsado del trabajo, me han bloqueado mi única cuenta corriente y un día de estos me traerán la orden de desahucio y nos echarán a toda la familia de la casa.
Háganme caso y pongan en orden sus documentos.