Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Un pedazo de pan y una jícara de chocolate era en aquella época la merienda más socorrida, el manjar predilecto de mis amigos del barrio; yo, en cambio, no tuve nunca demasiada inclinación por los sabores dulces y, aunque el chocolate es un placer universal, al margen de cualquier duda gastronómica, mis meriendas incluían los sabrosos embutidos de Moratalla, los bocadillos con atún o con paté y otras viandas de este tipo.

Los muchachos y las muchachas de aquellas calles llevaban el pan y el chocolate como una ofrenda sagrada a la memoria del hambre, que, por fortuna, nosotros ya no pasamos. Sus caras y sus manos, los pantalones y los jerseys terminaban manchados con la crema oscura y suculenta de aquel alimento que acabó por ser un fetiche infantil, un símblo del paladar todavía embrionario de aquellos críos que subían a toda velocidad los callejones, saltaban los poyos y se dejaban caer por el terraplén de Las Torres como si tal cosa, mientras daban un bocado a la jícara y otro al pan blanco de horno.

Ellos no sabían que la merienda constituía una verdadera fuente de energía para sus músculos emergentes e infatigables. Pero más aún, era la perfecta conjunción del gusto y del divertimento, del juego y de la supervivencia, de la golosina y el alimento. Es verdad que aquellos chocolates, como cualquier producto manufacturado, no siempre contenían los ingredientes apropiados para la salud de los más jóvenes, ni las madres reparaban, como ocurre hoy, en las etiquetas, en los tipos de grasas, en los conservantes, edulcorantes y demás monsergas químicas. De hecho la mayor parte de aquellas tabletas con apariencia de chocolate de cacao no eran otra cosa más que un sucedáneo y me atrevería a añadir, en vista de lo que hoy se consume, que sus propiedades alimenticias solo aportaban un buen puñado de calorías sin contenido, mientras que las grasas procederían de vegetales ricos en colesterol y otros venenos varios, con los que todavía se fabrican multitud de golosinas para los más pequeños.

No lo sé, y tampoco me preocupa demasiado. Así eran las cosas entonces y hasta aquí hemos llegado todos, con nuestros achaques y nuestros años, ajenos ya a la pulsión descarada de aquellas meriendas pantagruélicas que nos han arrebatado con el paso de los años de la manera más impune.

Recuerdo que durante algún curso en Caravaca, mi amigo Paco y yo llevamos cada mañana para almorzar sendos bocadillos del mejor pan del Chaparro, aunque a él se lo atiborraban con queso y a mí me lo acompañaban con chocolate. No había ninguna razón específica para esta insistencia, salvo nuestra obstinación en repetir cada vez que nuestras madres nos preguntaban por el relleno del bocadillo del día.

Yo creo, al menos en mi caso, que aquel curso constituyó la despedida de mi consumo efectivo y continuado de ste alimento. Ya he dicho antes que no tengo nada contra el chocolate, aunque no haya sido nunca mi manjar preferido y presumo, además, que no acabamos de romper con la infancia del todo hasta que no abandonamos estas chucherías y damos paso a sustentos de mayor enjundia.

Algo de todo esto sucede con esas viejas solterones de película inglesa, reunidas por las tardes para jugar unas partidas de cartas, que se permiten el íntimo pecado de la gula junto al sacerdote de la parroquia y algún otro despistado, mientras dan cuenta de unos buenos tazones de chocolate humeante con picatostes o con pastas y van adormeciéndose en una languidez de vida consumada, inútil en parte y casi gratuita. Los veo entregados a la lujuria permitida de un líquido espeso, dulce y reparador y me digo que tal vez sea cierta la especie tan común de que el chocolate sustituye al sexo.

Aunque ustedes y yo sabemos que no existe punto de comparación.