José Marqué

La Real Academia Española no está exenta de polémica. Que si han añadido una palabra nueva que no nos gusta… Que si esta acepción es ofensiva… Que si no acceden a modificar de un día para otro la lengua para adaptarla a caprichos ideológicos, morales o políticos… Hay quien piensa (si es que piensa) que añadir un nuevo término al diccionario nos obliga a utilizarlo. ¿Cómo? No, señor. Nos informa, en caso de que lo busquemos, de qué significa o qué quiere decir. El diccionario no es prescriptivo, sino descriptivo. Lejos de limitar nuestra libertad, la expande. Es una herramienta más y, como tal, puede servirnos para lograr un buen trabajo, si se utiliza bien.

Por otro lado tenemos el discurso de quienes creen en «las palabras mágicas». Estos alucinados aseguran que tienen poderes chachipistachis. Y lo peor de esta memez es que se está convirtiendo en norma. Edu Galán lo explica bien en El Síndrome Woody Allen: «Las palabras mágicas de los políticamente correctos se caracterizan por su omnipotencia, univocidad e inmovilismo: son seres inmateriales, eternos y, algunos, malvados dispuestos para cambiar nuestra percepción de la realidad solo con nombrarlos.» Para esta gente de pensamiento mágico que descarta la polisemia de las palabras, Edu comenta que estas tampoco dependen del contexto, de quién las dice o de cómo se dicen; y «siguiendo esta línea de pensamiento, la palabra nigger será siempre ofensiva para los negros norteamericanos. La palabra «maricón» será siempre ofensiva para los gays, y la palabra subnormal para los Down, a pesar de que, y menos mal, ni en la vida ni mucho menos en un juzgado es siempre así.» La conclusión es la de siempre: nos comen los tontos y su estupidez no mengua.