Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Me pregunto cuando veo un cuadro de Teresa, y tengo el privilegio de verlos muy a menudo, porque mis estancias en Moratalla transcurren en su casa de la calle Cantón, de dónde han salido esas filigranas casi geométricas y esos colores vivos que preludian y vaticinan un mundo interior convulso y rico, emocionante y desasosegado, y me respondo que proceden de ella misma, del volcán interior que celan una personalidad y un carácter exclusivo, de su vida viajera, a veces nómada, de sus experiencias amorosas, de la frecuentación de los clásicos de la pintura que acaba por cristalizar en un crisol cuyas principales manifestaciones nos rodean hoy en este ámbito exclusivo de una exposición  única, entre el expresionismo y la figuración. Y del dolor también, pues sin dolor no puede haber arte verdadero.

No podría haber encontrado Teresa un lugar más acorde para colgar sus creaciones que un casino de pueblo, que este entrañable y relevante Casino cultural de Moratalla, ella que presume con razón de popular, de moratallera y de pueblerina, porque el origen del arte no puede residir en otro sitio que no sea en un pueblo como el nuestro, donde se halla el origen de la luz, del frío y de la vida. A veces, bien es verdad, necesita uno distanciarse, irse un tiempo o toda la vida fuera para ver y valorar lo que ha dejado atrás, a sus espaldas.

Teresa Bandín, Teximora, vino de fuera hace más de veinte años y encontró su lugar entre nosotros, y fue haciéndose lentamente, pero con insistencia y buen gusto moratallera de pro, observadora de las tradiciones, degustadora de los dichos, de las recetas culinarias, de las fiestas bravas y violentas en ocasiones, mezclándose con la gente hasta confundirse con ella, con todas las mujeres y con todos los hombres de este pueblo que ya es hace años el suyo propio.

Hoy nos regala los frutos de esta exposición, que viene de la imaginación y asimismo de la propia realidad, del paisaje rural que comparte con nosotros y que ya le era propio y conocido en su Mula natal.

Los cuadros que hoy tenemos el gusto de contemplar no son un pedazo externo del paisaje que la pintora disfruta cotidianamente, son más bien una radiografía de su espíritu crítico, turbulento, alborozado y lúcido y de su auténtica y exclusiva posición en el mundo, casi una revolución donde se concitan las inmensas ganas de vivir, los molestos dolores de cabeza, el disfrute del pequeño palacio de su casa desde cuyos ventanales es posible ver el cielo y la tierra de una manera diferente, con la magia de la altura, la profundidad y el vértigo que Moratalla imprime a todo lo suyo, a todos los seres que cobija en su seno.

Le agradezco sobremanera a mi amiga Teresa Bandín que me haya pedido la presentación de este acto íntimo en estos horribles tiempos bélicos, porque el arte es la única salvación posible en un mundo condenado al odio, la guerra y las enfermedades.

Los paisajes de Teximora nos salvan de la aniquilación; por eso los llevaremos con nosotros allá donde vayamos y no olvidaremos nunca su poder curativo y su verdad. El arte ha sido siempre una tabla salvadora, un mecanismo efectivo para evadir el dolor y el miedo a la muerte, pero ha aportado también una visión única de las cosas, una temperatura moral que este pueblo ha concedido siempre de una forma generosa a todos los que se han acercado a él y han querido escrutar su misterio, su verdad profunda y, a veces, también dolorosa. De ahí que no haya conocido yo un ámbito más adecuado para convocar el arte y para vivir su correspondencia.

Teresa lo ha hecho de una manera modélica y yo la envidio por esto mismo, por su viaje interior hacia la libertad, por su huida necesaria de la aflicción y por haber creado un tiempo y un espacio nuevos que estos cuadros colgados en las paredes patricias de nuestro casino evidencian sin duda. Mi enhorabuena, amiga mía.