Pascual García

Alguien debió haberles abierto la puerta a María y a José aquella noche remota en que andaban buscando refugio para traer al mundo a un bebé sagrado. Por humanidad, sin que hubiese mediado sentimiento religioso alguno, tuvo que haber una persona, una mujer cómplice y solidaria, que, viendo el estado de abatimiento en que se hallaba la compañera de José, tal vez pensara por unos segundos en el acto misericordioso de darle posada a la pareja, acomodarlos en alguna parte de la casa, por muy pequeña que fuese o en el establo, debidamente acondicionado para la ocasión, y de este modo tranquilizar su conciencia y entrar en el Evangelio como un alma caritativa, una santa comadrona. Así las cosas habrían sido bien diferentes.

Cuando llamaron a la puerta de Sara, Samuel gruñó desde su lugar junto a la lumbre donde fumaba una pipa en la calma del anochecer. Era una familia rica, propietarios de tierras donde se cultivaban cereales, vid y olivos, y sus necesidades primarias se encontraban resueltas del todo. No tenían hijos y languidecían en la esperanza de que Sara diera la buena nueva un día cualquiera, pero ese día no había llegado aún. Pasaban los meses y Sara no se quedaba en cinta. El hastío y la tristeza comenzaban a corroer sus horas de trabajo y sus noches de insomnio.

El hombre abrió la puerta y vio a José con el ramal de la burra en la mano, sobre la que iba sentada una mujer menuda en evidente estado de gestación avanzada. La escena le pareció, por de pronto, providencial y de una ternura inconmensurable. Luego pensó que se trataba de una señal del cielo, aunque desconocemos la idea  que por aquella época se tenía del cielo.

Una mujer embarazada y su esposo piden hospitalidad, gritó a su mujer, que se hallaba adecentando los dormitorios  y haciendo las camas en el piso de arriba. Sara bajó las escaleras de dos en dos y, en unos minutos, los cuatro comían alrededor de la mesa del salón, como una familia bien avenida. Ni siquiera les preguntaron quiénes eran. Sara y Samuel miraban el vientre abultado de María y esbozaban una sonrisa de complacencia.

Está claro que no queda mucho para que nazca,  se atrevió a indagar la anfitriona, y María bajó la cabeza sonrojada y asintió. En realidad, ya he salido de cuentas. Lo esperamos en cualquier momento, pero nos ha pillado de viaje, y ya siento los primeros dolores del parto.

A Sara y a Samuel les brillaron los ojos en la semipenumbra de la estancia junto a la chimenea encendida, pues el frío de la tarde de diciembre anunciaba el invierno próximo. Un niño, pensó la dueña de la casa con envidia, y su marido casi adivinó el deseo secreto de Sara en las maneras obsequiosas y desprendidas con que iba agasajando a la pareja. Se les notaba, por otra parte, desvalidos, preocupados y sin medios para afrontar la nueva circunstancia. Nosotros sí podríamos criar y educar a un niño así, reflexionó Samuel, tendría todo lo necesario y algunos lujos, que sus padres no van a poder ofrecerle. Estudiaría y se haría un hombre con nosotros o una mujer, si nace niña.

Después de cenar, Sara y Samuel les expusieron su propósito a   María y a José. Lo cuidaremos como si fuera nuestro y podréis verlo cada vez que os dé la gana, les aseguraron. Os quedaréis con nosotros hasta que nazca el crío y después ya veremos. Tenemos tierras y animales y necesitamos aparceros, mano de obra y gente de confianza.

María apenas durmió aquella noche, mientras se debatía entre la oportunidad de oro que se le presentaba y el mandato divino que debía obedecer. Aunque ignoraba el futuro de Jesús, algo venía sospechando desde la aparición del Ángel. Este bebé hará historia, se decía cada vez que se tocaba el vientre y rezaba sus oraciones.

Por otro lado, era su hijo, aunque lo hubiese concebido sin pecado por intercesión del Espíritu Santo, y algo debía decir también su Padre, el de arriba, y a su otro padre, aquel José que la acompañaba abnegado y fiel  sin que en ningún momento hubiese dudado de la virtud de María.

La noche del veinticuatro la mujer supo que había llegado el momento y así se lo comunicó a José y a los amos de la casa. Le prepararon una de las habitaciones de la planta baja para que no tuviera que subir las escaleras y todo estuviera a mano.

El parto fue, como se había anunciado, sin dolor y el niño estuvo muy pronto, lavado y vestido, entre las ricas telas de la casa, junto a la chimenea en la que ardían los troncos de olivo. Sara y Samuel contemplaban con arrobo aquella criatura que Dios les había mandado como un regalo tardío y se miraban sonrientes, felices, casi exultantes.

María estuvo en cama unos días, mientras se recuperaba y José aprovechó para recorrer la finca y hacerse una idea de las muchas tareas en las que andaría ocupado en adelante. Aquella noche tomaron la firme decisión de aceptar la oferta de Samuel. El niño se quedaba en la casa con su nueva familia adoptiva y ellos administrarían la finca y pasarían a pertenecer al personal del servicio.

La misma noche en que María dio a luz, tres reyes de Oriente, ataviados como tales y montados en camellos ricamente enjaezados, se detuvieron frente a un portal humilde de Belén sobre el que brillaba una estrella. Pidieron permiso para entrar y entregaron a una pareja de campesinos, vestidos con toscos sayales y sucios por el trabajo duro de los campos, a los que les había nacido un niño aquella misma noche, el incienso, el oro y la mirra que traían para el Rey de los hombres.

Si hubiesen tenido la precaución de preguntarles sus nombres, habrían descubierto que se llamaban Dolores y Pedro, no María y José, y que el retoño de la cuna era, en realidad, una niña. Pero, una vez cumplida su misión, se volvieron con prisa en dirección al alba, por donde en cualquier momento apuntaría el amanecer.