Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

La nieve forma parte de mi memoria infantil, como el frío y el viento y la lluvia en aquellas calles altas del Castillo, y es, antes que una imagen o un mero recuerdo, un sentimiento, la evidencia de un origen que nunca más me ha abandonado y que llevo conmigo a cualquier parte.


En febrero, un día cualquiera, amanecía el barrio bajo una capa gruesa blanca e inmaculada, que había ido cayendo toda la noche como una provisión del cielo en la forma de un regalo natural, casi una joya del invierno. Con nieve llegamos mi padre y yo al Salto aquel invierno en que acababa de nacer mi hermana y pisé por primera vez el lugar donde mis abuelos se habían conocido y la tierra donde mataron por un extraño y fatídico accidente a mi bisabuelo paterno, Juan Marcelino.
La nieve cubría Las Torres y los muchachos salíamos a gozar del suceso insólito (siempre es insólita la llegada de la nieve, incluso en los lugares donde suele nevar cada año) y nos empapábamos con la abundancia y la frialdad y lo extraordinario del espectáculo de las calles y de los tejados blancos. Íbamos de un lado para otro, formábamos pelotas de nieve, que nos lanzábamos con saña calculada y divertida y terminábamos construyendo un monumental muñeco albo que, cada noche iba helándose, y que solía durar semanas enteras, mientras nosotros nos deslizábamos por la Cuesta del Relojero, subidos a viejos barreños de plástico o a tapas de inodoros o a cualquier superficie que nos permitiera bajar muy deprisa y sentir el aire helado de la mañana frente al horizonte blanco y bellísimo de la Sierra del Cerezo.
La nieve era también entonces la vuelta a casa, ateridos y mojados, donde nos esperaban mi abuelo y mi madre con la chimenea encendida y donde nos guarecíamos de la intemperie y reponíamos fuerzas, absueltos como por un milagro de la pena cotidiana de la escuela, porque la nieve era fiesta y los caminos se tornaban, por fortuna, intransitables y se clausuraban las clases por unos días, aunque nosotros, calzados con nuestras toscas botas de goma, no solíamos tener miedo a nada y nos perdíamos por las inmediaciones del pueblo, subíamos al Cerro, bajábamos a la huerta, merodeábamos, en fin, por los bordes naturales de un espacio que conocíamos muy bien y disfrutábamos de la nieve hasta mojarnos por completo mientras, en algún momento del día, tomábamos la decisión acertada de regresar a casa para calentarnos.
No nevaba todos los inviernos en el pueblo, pero casi todos nos proveían de la imagen de la Sierra del Buitre blanca y brillante y en la memoria guardamos aquellos fenomenales nevazos que nos confinaron en las casas durante días, sin luz y sin agua, pero, eso sí, bien pertrechados de leña y de víveres. Recuerdo que nos íbamos a la cama muy pronto, aunque mi abuelo y mi padre eran buenos narradores orales y amenizaban las veladas con sus historias repetidas y sugerentes, y que nos levantábamos casi al amanecer, hartos de dormir y entusiasmados con la tarea festiva de la calle.
Por poco no me ha pillado este año en Moratalla, porque me habría encantado someterme a la disciplina de quedarme en casa, obligado por las circunstancias climatológicas a no coger el coche para volver a Murcia y al trabajo, y recordar otros días, aquellos de hace más de treinta años, un fin de semana en que de vuelta de Murcia, hube de quedarme en el pueblo, atrapado en la nevada, sometido a la disciplina de una existencia de campo, de días reducidos a la chimenea y a las diversas colaciones familiares, ávido de salir a la calle y pisar la nieve y evocar mi infancia y estar de nuevo en el lugar del origen, en el tiempo de la dicha y de la verdad.