CARLOS MARTÍNEZ SOLER

Dígase de antemano que Emilio Aragón es una persona que me cae bien, tal vez la razón sea que gran parte de mis buenos recuerdos de infancia se los debo a esa familia de payasos (Miliki, Fofó, Fofito…) con los que ha disfrutado gran parte de la sociedad española y por los que siento un profundo respecto. Además, Emilio ha hecho sus pinitos en el mundo del cine como director, sus 2 obras, Pájaros de papel y Una noche en el viejo México, son películas muy correctas, no es que se traten de relatos sobresalientes, pero mantienen el tipo, lo cual ya es mucho decir en una industria como la nuestra.


Con todo esto, cuando me enteré hace unos meses que iba a dar el salto a la pequeña pantalla con una serie de ficción, Pulsaciones, me vine arriba, más si cabe tras conocer su premisa: ¿qué pasaría si te trasplantasen el corazón de otra persona y empezases a experimentar sus vivencias? Por si esto fuera poco, todo se ve envuelto por una trama de desapariciones y asesinatos que hacen que el punto de partida tenga si cabe más fuerza. La decepción viene cuando ya en el minuto 5 de metraje me percaté que solo la idea, que por cierto no es novedosa, era lo único sugerente de esta serie, pues el resto se desmoronaba como si fuese un castillo de naipes a medida que pasaban los minutos.
Por empezar con algo, basta decir que la puesta en escena es tosca, simplista, a lo que se une una pésima recreación de las escenas de acción, a éstas les falta garra, punch, fuerza, en ningún momento nos metemos en la piel de los personajes, no sufrimos, ni padecemos con ellos, todos es demasiado frio, aséptico. Basta con visionar la primera secuencia de la serie para percatarnos de esto, nunca una escena de persecución había sido reflejada tan mal, carente de tensión, dinamismo. Pero aquí no acaba la cosa, ¿qué decir del elenco de actores?, a mi juicio se salvan solo 2, Juan Diego Botto, que está de dulce, pero cuya aparición es testimonial, y Leonor Watling, que sin apretar el pistón, sobresale por encima del resto de reparto. Lo último a mencionar es la fotografía, las imágenes plomizas, grisáceas, carentes de vida…, acompañan a un relato que quiere y no puede, a un corazón que poco a poco se debilita hasta dar su último latido. Una pena, de nuevo una oportunidad perdida.