GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Dicen que las cosas no son como empiezan, sino como acaban. El pasado domingo acabó la ruta del Camino de los Vélez, actividad enmarcada dentro de la programación D`Ruta que el Ayuntamiento oferta todos los años como forma de conocer nuestro entorno. Y acabó en el famoso bar El Catre, donde recuperamos todas las calorías perdidas a lo largo de la ruta pero en menos tiempo y con más ganas. 

Participantes en la ruta de los Vélez

Participantes en la ruta de los Vélez

He asistido a todas como caminanta, andarina  y amiga de los guías, pero sobretodo lo que más me apetecía era recorrer los viejos caminos de los que me hablaba mi padre.

Han sido cuatro domingos en los que la mayoría de los asistentes hemos sido los mismos. Un grupo de personas sin conexión aparente ni preparación física excesiva, más bien mínima tirando para baja, por si alguna vez te da reparo en pensar en no hacerla por no estar preparada. 63 km desde Vélez Blanco a Caravaca que han dado para mucho… o para poco, según se mire.

Han dado para conocer parte de nuestra historia, desparramada en antiguos caseríos ahora abandonados, tan alejados como destruidos por las inclemencias del clima y el olvido de los humanos. Casas señoriales que en otro tiempo fueron hogares llenos de vida, iglesias donde se forjaron noviazgos hoy cerradas a cal y canto. Lavaderos sin agua ni pilas donde se apoyaban las rodillas desolladas de nuestras madres para lavar los trapos sucios de las vecinas. Casas forestales que guardaron el monte que hoy recorremos con más habilidad que recursos.

Tantas y tantas cosas y casas, caminos y veredas, ríos secos y campos desbordados de piedras. Eso son nuestros caminos. Los que vieron pasar a nuestros antepasados, el abuelo que construyó la Casa Periago, el tío que traía ganado a Vélez Blanco, el padre que trapicheaba con aceite, el agua que pasaba por la rambla , los árboles plantados por los sobrinos, aquel pretendiente de la abuela que traía en burra el trigo al molino de la Encarnación.

Todo eso nos dío el camino, además de tantas anécdotas como kilómetros, más un diploma como recompensa a tanto sufrimiento.

Si hoy tuviera que venderoslo, pues os diría que buscaseis una mañana de primavera, de esas donde los campos infinitos se tiñen de verde pino y amarillo trigo, os levantaseis temprano,que ya sabemos que a quién madruga le da menos el sol, cogieseis un@s amig@s, de los que nunca tienen prisa y siempre tienen ganas,  una furgoneta llena de neveras y toñas, chocolate y salchichones, pan del rústico y empanada del Gamba y que os deje en Vélez Blanco para recorrer los 63 km en bicicleta. 35 hasta la Casa Periago, comer después de subir la cuesta, nunca antes (lo digo por experiencia propia),  y otros 28 para bajar a Caravaca sin prisa pero sin pausa.

Os vendería todo aquello que no tiene precio. El cielo que no tiene dueño, el monte que no tiene límites, la sonrisa del amigo que es infinita, la comida que no engorda porque el movimiento la quema, las horas perdidas y los nuevos amigos encontrados.

Os vendería cualquier ruta que os saque los domingos del sofá y nos reúna en todos los caminos que tenemos justo al salir de nuestras casas, nos lleven a Roma o a Revolcadores, al Buitre o las sierras de María.

Os vendería cualquiera cosa menos las toñas, que de esas me encargo yo.