Juan Antonio Martínez Piqueras

Bibliotecario

Mencionamos en anteriores artículos el origen de las bibliotecas con dos grandes ejemplos en el Oriente Medio, tierra ensangrentaFrancisco Mireteda en nombre de no se sabe muy bien qué tipo de intereses, pero seguro que no de la religión, puesto que toda religión busca la unión del ser creado con el Creador y, por tanto, ninguna criatura puede destruir a otra ya que todas han sido creadas por el mismo Ser.

Precisamente las guerras han tenido como objetivo la destrucción de las bibliotecas como símbolo de la cultura del enemigo, como reunión de sus tradiciones, su historia, su literatura, …de todo lo que compone su individualidad personal
Y es que las bibliotecas hablan de sus dueños no sólo por lo bien conservadas o bien ordenadas que estén, sino por la composición misma de sus fondos.
En el anterior artículo hicimos un infructuoso intento de localización en nuestro entorno geográfico de algún tipo de colección de textos en cualquier soporte de antigüedad cercana a las bibliotecas de Ninive, pero lo que no se puede negar es que Caravaca es dada a la creación literaria y que han existido y existen bibliotecas a lo largo de su historia.
La primera que tenemos documentada, gracias a la labor de investigación de Diego Marín Ruiz de Assin al transcribir las «visitaciones de la Orden de Santiago a la Encomienda de Caravaca» es, como resulta lógico, la biblioteca «eclesiástica» del Santuario de la Santa Cruz, es decir, la colección formada por los libros que se usan para decir misa, anotar defunciones, etc…
Por supuesto que no hablamos de una biblioteca milenaria, ni se encuentran en ella textos de astronomía o de matemáticas, pero es una pequeña colección de libros del siglo XV, (1480), que resulta el primer referente librario caravaqueño al que podemos llamar biblioteca.
Las «visitaciones» se suceden a lo largo de los siglos y llegan hasta el XIX, incluyendo, casi siempre, una serie de libros de misa, (devocionarios, libros de horas, libros de tinieblas, libros de finados, epistolarios, libros de salmos….) cuya evolución puede seguirse a lo largo de los siglos gracias a dichas transcripciones. Siendo esta una labor que no acometeremos aquí, ya que merece un artículo más riguroso y serio propio de revistas especializadas y no de un medio de divulgación general como este. (En todo caso, el estudio de dicha colección desde el punto de vista de la biblioteconomía está en marcha.)
También tenemos referencias de bibliotecas particulares, como la del Marqués de Uribe, ejemplo de «ilustrado caravaqueño del siglo XVIII» según artículo de Jose Antonio Melgares, publicado por la Universidad de Murcia en el homenaje al Dr. Rubio.
Posiblemente otras muchas bibliotecas particulares hayan conseguido guardar a la sombra de viejas casas familiares, la luz de la cultura que floreció en Caravaca a lo largo de los siglos; interesante sería su estudio para enriquecer aún más el acervo cultural caravaqueño. A ellas habría que sumar bibliotecas de instituciones y asociaciones que, sobre todo en el siglo XX, se desarrollarían en Caravaca, y, por último y no menos importante, las bibliotecas escolares y las públicas, que, en Caravaca, si no me falla la memoria, han sido dos: la de la Caja de Ahorros del Sureste de España (conocida también como la de D. Enrique Richard, aunque otros conocimos en ella a D. Jose Antonio Ruzafa), y la Biblioteca Pública Municipal, fundada en 1965, siendo concejal de cultura D. Francisco Martínez Mirete, y que, por tanto, está próxima a cumplir el medio siglo de existencia.