PASCUAL GARCÍA

Entre mis primeros recuerdos está el cine, mi padre llevándome de la mano al cine de Moratalla a ver una película de Tarzán o cualquiera de las que producía la Metro, porque si era de la Metro, era buena, seguro. He heredado su afición cinematográfica, como he heredado alguna de sus facciones y su estatura. Tal vez nos emparente cierta inclinación por las historias, por los relatos y por las películas. Después de la sesión doble, salíamos a la calle alucinados, absortos aún en la ficción de la pantalla, con los gestos y las palabras de las últimas escenas, conmovidos, felices o melancólicos. Volvíamos de noche a casa si era invierno y mi madre nos esperaba con la cena en la mesa, que yo engullía con un apetito feroz, ese apetito que sólo el cine es capaz de despertarnos. El cine de mi pueblo, el Cine Trieta, olía a pipas y a ropa recién estrenada. En aquella época los hombres solían fumar en los laterales de la sala, junto a los aseos, aunque el piso era de madera. Muy a menudo, se quemaba la película y nos íbamos de estampida a la calle con una sombra de pánico en los rostros. Aquellas noches de cine con mi padre no se me olvidarán nunca, porque después, andando el tiempo, he ido mu- chas veces y por muchas razones a ver una película, a compartir la oscuridad y el silencio de la sala con la novia, a disfrutar de un film con mi esposa mientras dábamos cuenta de sendos bocadillos de tortilla, a descubrir en familia el encanto de un título infantil de éxito en un cine de verano en la playa, aunque, sobre todo, por el deseo incuestionable de que me cuenten una historia en imágenes, encarnada en actores y en actrices inolvidables, en la complicidad de una sala grande y oscura, ocupada por las imágenes y el sonido de los sueños.

Cuando llegué a Murcia a estudiar a principios de los ochenta, me sorprendieron sus cines, y tuve el gusto y el deseo de ver una película a lo largo de ese primer curso en todos y cada uno de ellos, incluso en el Roxi, que se encontraba en la avenida de La Fama y que estaba prácticamente reservado para el género erótico. El cineclub de la Universidad, los maratones cinema- tográficos, algunos festivales de cine español llenaron mi ocio, junto a la lectura, en aquel tiempo de estudio y privaciones. Más tarde, mi mujer y yo frecuentamos con gusto, como se acude a una fiesta, buena parte de las salas abiertas en la ciudad y vimos buenas películas, cogidos de la mano, con la sensación de que no sólo compartíamos la vida real de todos los días, sino que además éramos cómplices en los sueños y en las pesadillas de la pantalla sobre la que se proyectaba la magia de una ilusión. Fue durante mucho tiempo nuestra salida predilecta, pues no íbamos bares a tomar copas y preferíamos comer en casa.

Con la venida de mis hijos, todo cambió de manera radical, aunque de un modo tan afortunado que hasta la fecha nunca nos quejamos. Ninguna de las películas que habíamos visto o que podíamos ver era preferible a la aventura de la paternidad. Nos hemos resignado al vídeo o al dvd, y de vez en cuando hemos ido con ellos al estreno de uno de esos productos de dibujos animados, tan populares por otro lado y, en ocasiones, tan bien hechos.

Pasarán todavía algunos años más antes de que tornemos a ir al cine algún fin de semana, como lo hacíamos en nuestra época de pareja solitaria. Yo echo de menos ese viaje nocturno al fondo de una pantalla sobre la que se proyectan las imágenes de un mundo inédito, que por un par de horas se transforma en nuestro propio mundo. Uno entra en la sala, toma asiento junto a los otros, se apagan las luces y se hace el silencio. En ese preciso instante dejamos de ser nosotros para ser muchos, diferentes, para vivir en lugares distantes y en épocas remotas.

Reconozco que mis gustos han cambiado y que difícil- mente me conmoverían ahora las viejas películas que veía en el cine Trieta de Moratalla, junto a mi padre o, después, con los amigos de la infancia y de la adolescencia y, en alguna ocasión, junto a una muchacha a la que cojo su mano en la oscuridad de una manera furtiva, nervioso y trastornado porque es la primera vez, y ya no atiendo a otras escenas que las de mi cabeza. La sala de cine huele a pipas y a madera envejecida, y todo está sumido en ese otro ámbito de la penumbra, iluminada por el resplandor de las imágenes que se suceden delante de nosotros, ajenos a otra preocupación que no sea la historia que nos están contando.

A la salida del Cine Trieta, mi padre y yo enfilábamos la Calle Mayor, que por aquel tiempo ostentaba el nombre de José Antonio Primo de Rivera, aunque jamás nadie la llamó así, como tampoco llamaron a la Glorieta, Jardín del Caudillo, pasábamos por La Farola, llegábamos al Goterón y nos internábamos en la noche luminosa de la Plaza de la Iglesia. Teníamos hambre y el callejón era empinado, pero muy pronto estábamos en casa. La cocina olía a la cena reciente que mi madre había puesto ya sobre la mesa. Mientras comíamos voraces, iba contándole la película que había visto, fascinado aún por cada una de las escenas y por ese final tan conveniente, tan ajustado. Ella se limitaba a observarme, me escuchaba y sonreía.