Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)  / Francisca Fe Montoya

Como a mi abuelo Pascual, nunca se me dieron bien los ojales y los botones. Recuerdo que lo oía llamar a mi abuela María, muy de mañana, mientras se estaba vistiendo, azorado, casi inútil, un hombre que había cruzado la sierra de Moratalla a cualquier hora del día y de la noche, solo o con una punta de ovejas, en las peores condiciones climatológicas, que no conocía el miedo ni el frío ni nada ni a nadie que pudiese ganarle la partida de la vida, un gigante a pesar de su pequeña estatura, con genio, humanidad, destreza y sentido absoluto de la supervivencia y un hombre bueno. Ese personaje pedía a mi abuela, menuda como una mata de habas e inflexible, que le abotonara el chaleco porque sus dedos no acertaban con aquella industria de la modernidad, habituado como estaba a vestir del modo más sobrio y ajeno a todos los lujos.

Ahora lo evoco cada mañana cuando me dispongo a vestirme y me doy cuenta de que cada vez me cuesta más, sobre todo los botones, como si no cupieran en el hueco de los ojales, como si los hubieran cosido demasiado pequeños y no hubiera manera de anudarse las camisas, los pantalones y las americanas que suelo ponerme cada día.
Me acuerdo de mi abuelo Pascual y de mi abuela María, que acudía en su auxilio y terminaba vistiéndolo como a un crío, mientras él rezongaba, maldecía en voz baja con la desaprobación manifiesta de su esposa y terminaba entregándose al poder omnímodo de la anciana bajo el que había vivido más de sesenta años encantado de la vida, porque ella era resolutiva, inteligente, dinámica y una excelente ama de casa, que había criado a media docena de hijos y le había sobrado tiempo para ayudar a su esposo en las labores de la tierra, de acuerdo con una estricta educación campesina y una severa moral cristiana y un amor inmenso del que pude percatarme la noche en que murió su compañero y ella, en un ataque de rabia y de dolor, se echó contra el suelo y a mí me costó horrores levantarla, a pesar de su exiguo volumen y su escaso peso.
Para mi abuelo, como para mí, los botones y los ojales no habían sido bien fabricados, porque o bien aquellos eran demasiado gruesos, o bien estos eran estrechos en exceso, pero los primeros nunca cabían bien en los segundos.
Esa deficiencia debe constar en mi mapa genético y tal vez venga de lejos, de cuando aparecieron por primera vez los botones y los ojales en las prendas, después de que todo se anudara con correas, lazos y cinturones o los cuerpos se ajustaran en el hueco de las prendas, como se ajusta la taleguilla del torero, sin otra función que cubrir, proteger y cerrar el cuerpo en torno a un tejido que sirve de adorno y defensa.
Mi abuelo tronaba desde muy temprano, porque no encontraba el modo de resolver su torpeza para terminar de vestirse, atosigado por su propia exigencia y la celeridad con que lo emprendía todo, y yo, pasado el medio siglo de vida, me acuerdo de su enojo y de su azoramiento y reconozco nuestra evidente incompetencia para el ámbito de indumentaria, que hemos relegado siempre a un segundo plano, aunque hace muchos años que la moda lo es todo y llena hasta las páginas de cultura de los periódicos.
Me acuerdo siempre de él vestido, en verano y en invierno, porque entonces los hombres vestían igual en cualquier época del año, con una camisa, una chaqueta, un pantalón y un chaleco, de cuyo bolsillo interior colgaba la leontina de un reloj de alpaca, que ahora cuelga de una pared de mi escritorio. No lo vi pasar frío nunca ni quejarse del calor tampoco y, cuando fui creciendo, no le gustaba que me pusiera pantalones cortos, porque un hombre iba siempre sobrio, masculino y sencillo, pero ni él ni yo acertamos cada mañana para meter los botones en sus respectivos ojales, y ambos requerimos de la ayuda de mujeres atentas y diligentes que parecen haber nacido para cuidar de cada una de nuestras debilidades con el mimo de una compañera perfecta.
Me alegro de que se halle donde se halle no le haga falta el cuidado de mi abuela, y de que los botones y los ojales no sean ya necesarios para él.