Antonio F. Jiménez

Muchos minutos después empezó a sonar una de DeepPurple. Pero Álvaro Urquijo dijo: «No, no. Ésta no es». De la misma manera, el ritmo de las guitarras y la batería le dio a una de los Beatles, y Álvaro otra vez: «Que no». Así las cosas, sonó el principio de Sweet Home Alabama, pero tampoco era. «Es que es una canción de la que todo el mundo se acuerda de su letra pero no de la melodía del principio». Se echó hacia atrás, también Arroyo. Y como si metieran marcha, azotaron las cuerdas de las eléctricas y sonaron aquellos acordes ochenteros que el público reconoció al instante. El tema, «que ya no pertenece a Los Secretos sino a la gente», estaba dedicado al otro miembro del grupo: «a vosotros, a vosotros y a vosotros», dijo Urquijo. De manera que cuando los bulleros comenzaron a cantar Déjame las luces del escenario se dieron la vuelta y los iluminaron a ellos, como si fueran los protagonistas.
El Jardín Municipal se fue llenando de varias generaciones en el segundo día de las Fiestas de Bullas para escuchar lo que tantas veces sonó en sus vinilos, casetes, discos. Jóvenes mirando al cielo con los ojos cerrados mientras acompañan a la banda con Y no amanece; el bombo de la batería de Santi Fernández golpeando en el corazón como un hiperlatido al tiempo que suena Pero a tu lado; un Álvaro Urquijodicharachero contando que él y Ramón Arroyo tienen muy mala memoria para recordar el título de una película que vieron el día anterior porque ellos viven en La calle del olvido.
Los Secretos han pasado «más tiempo tocando que no tocando» desde que dieron el primer concierto. Lo recordaron con el tema Otra tarde, una de las primeras canciones de la banda en la que Álvaro se recuerda como «un chiquito» tocándola. La Movida, dicen, empezó cuando todos los grupos del momento homenajearon a Canito, el primer batería de Los Secretos, que murió en un accidente de tráfico. Se hace neblinoso asimilar que un párrafo vivo de la historia de la música en España esté tocando en la Avenida de Murcia, sobre un escenario desde donde los miembros de la banda verían el asomo de la torre de la Iglesia entre la Casa de don Pepe y las oficinas del Ayuntamiento. Aquí también tocó el Fary hace muchos años. Bertín Osborne, Rosa de España. Y también los Burning, colegas de carretera de Los Secretos. Cuando hace un lustro acabó el concierto de los Burning, Johnny Cifuentes se metió alRiver para tomarse un copazo mientras los jóvenes y los no tan viejos le fueron rodeando para avasallarlo a preguntas admirativas.
De si Los Secretos fueron o no a algún bar de Bullas es un arcano, por no jugar con el consabido palabro del nombre de la banda. Ellos, discretos, preferían hablar de Sabina.Álvaro contó al público bullero: «El tema que vamos a tocar ahora lo escribió un tal Sabina, quien nos confió la música ami hermano Enrique y a mí y dejamos el papel con la letra por ahí perdido hasta que, tiempo después, nos llamó a ver qué tal iba la música de su canción y le dijimos que ya la teníamos hecha, pero era mentira, y entonces nos sacamos la melodía de Por el boulevard de los sueños rotosen una tarde». El bajo de Juanjo Ramos englobaba todo el misterio ranchero del tema. «¡Es de Cieza Juanjo!», gritó Álvaro, por cierto. Iban terminando.
El teclado de Jesús Redondo puso el toquede nuevo ochentero y melodioso cuandoempezóAgárrate a mí, María. El público quería exprimirlos y Los Secretos lo que hicieron fue darle las últimas gracias por elegirlos a ellos para las Fiestas. Tocaron Gracias por elegirme y Álvaro Urquijo cambió la letra para cantar: «Gracias, Bullas, por elegirnos», mientras se señalaba a él y a sus compañeros con el dedo. Ese dedo índice que, minutos después, ya en el momento de irse, se empinaría hacia la techumbre del escenario, el cielo de los músicos, donde habitan las luces azulonas y anaranjadas, las expectativas y el recuerdo de los que ya no están con la banda.