Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Puede parecer una frivolidad, sobre todo en un hombre cuya infancia fue precaria y laboriosa, tanto como buena parte de las infancias de su generación y de su pueblo, tal vez un poco más. Pero la bicicleta es uno de esos juguetes que te inician en la mayoría de edad y que resultan imprescindibles para liberar al crío de su prisión infantil. Algunos años después mi hijo y mi hija recibieron su correspondiente vehículo a pedales cuando cumplieron la edad adecuada, los enseñamos a montar en ellas, aunque mi hija en particular no le hiciera apenas caso muy poco después.

Yo aprendí solo, como lo hice más tarde con la moto de mi padre, en la bicicleta de mi prima Maricruz en aquella calle angosta y entrañable de los Bancales donde vivían mi tío Eugenio y mi tía Ramos, y recuerdo que cuando acerté, según las sabias indicaciones de mi prima, a no mirar la rueda delantera mientras accionaba los pedales, descubrí que la mirada guiaba mi viaje mágico y seguro por las calles y que de repente ya sabía montar en bicicleta.

Aun así, nunca recibí por Reyes una de aquellas flamantes Orbeas plateadas o cualquier otra de segunda mano de peor aspecto, así que me conformé con hurtar por unos minutos cada tarde después de la jornada las bicicletas que abundaban en las campañas de Francia donde vendimié con mi familia durante años y poco a poco fui adquiriendo la pericia necesaria sobre las dos ruedas de cualquier muchacho de entonces, pero nunca tuve una bicicleta propia. Es verdad que el barrio del Castillo no ofrecía la orografía idónea para ese menester, que era fácil y rápido bajar las calles pero bastante complicado y fatigoso subir aquellas cuestas de piedras y de tierra, que con la llegada de la lluvia se llenaban de barro

Pero todas esas dificultades no me impidieron soñar con una bicicleta semejante a la que tenía mi amigo Paco con las que podríamos haber ido alguna vez a La Puerta, como en aquella ocasión en que se la pedí a mi amigo Antonio y pasamos el día bañándonos en las pozas del río, fatigados en extremo y felices por un viaje duro y largo.

Es posible que esta falta me haya marcado de alguna forma, pero lo que tengo claro es que no fue ni mucho menos la única necesidad que no pude proveer y que acaso por esto mismo me acostumbrara a vivir en el ámbito del deseo, en esa nebulosa de los sueños que no te son permitidos, pero a los que uno no renuncia nunca. Mi infancia fue, en el fondo, un cúmulo de sueños imposibles que con el paso de los años fueron cumpliéndose en alguna medida o dejaron de importarme.

Terminé comprándome una bicicleta de montaña que heredó más tarde mi hijo, pero ya no reconocía el entusiasmo de la infancia por las dos ruedas, disponía de coche propio  y todo estaba al alcance de mi mano, así que la bicicleta fue solo la ejecución de un deseo antiguo postergado, un mero capricho que llegaba a destiempo y que yo disfrutaba con desgana, casi obligado a montar a menudo en ella para justificar su compra y su presencia, hasta que fue volviéndose invisible poco a poco, se desvanecieron las pasadas ansias, perdió sentido su materia y su novedad y desapareció del todo, como desaparecen las quimeras con las que uno ha cargado desde sus primeros días.

Nunca me apunté a la moda del ciclismo como deporte, porque nunca me interesó el deporte en ninguna de sus facetas.

Y ahora todo es un recuerdo agridulce que se consumó por fortuna.