ISABEL MARÍA ESPÍN
Grandes escritores, y algunos más pequeños, han tenido como musa en algún momento de su vida a la añoranza debido a que este fantasma perturbador aparece siempre que recuerdas el pasado pues añorar no es más que vivir un sentimiento en una escena, volver a hacerlo real con todas sus emociones. Nadie cuya presencia en el mundo haya existido, exista o existirá podrá despegarse de este “germen” que crece con la persona. Cuantas más vivencias, más se va interiorizando el sentimiento en sus muchas versiones.

Añorar no es solo recordar la ausencia de algo porque también se puede añorar lo que nunca se ha tenido, lo que te hubiera gustado tener y no tuviste. Todo es un mismo conjunto, los sueños y los deseos se pueden hacer tan fuertes que hasta duela no convertirlos en pasado.
Añorar es siempre pasado porque transmite tranquilidad y seguridad y esta es la consecuencia de adulterar recuerdos, momentos que sucedieron de determinada manera y los cuales tu mente ha transformado lentamente en el momento en el que tú quisiste tener. Los mejores recuerdos nunca ocurrieron pero eso no importa porque mientras tú seas feliz con ese pensamiento de haber vivido un algo perfecto deseado, la verdad dejará de ser valiosa y llegar a ella solo traerá molestias y un gran pesar al esfumar tu preciado recuerdo.
Añoras el principio cuando el final no es el esperado. Como en una mala película donde el principio es lo mejor de la cinta y en el cual los personajes no evolucionan, se mantienen inalterables psicológicamente.
Añorar no es malo pero cambiar tampoco. Todo cambio supone un nuevo comienzo, un comienzo que puede superar lo vivido.