PASCUAL GARCÍAPortada Marcial Lafuente Estefanía

Aunque pudiera parecer lo contrario, de siempre, más que las bibliotecas o los archivos, lo que me ha gustado a mí han sido los bares. Será mi origen moratallero, mi espíritu levantino o ese numen mediterráneo que arde en mis venas y que me empuja irremediablemente hacia la fiesta, la música y el vino… Me incomodan los espacios tristes y cerrados, a pesar de que he pasado muchas horas leyendo, estudiando y escribiendo en una habitación, en un despacho o en un aula. Los bares, en cambio, poseen una cierta aureola de promiscuidad, vicio y marginación existencial; en los bares se han fraguado grandes historias de amor, se han escrito libros decisivos y se han tramado complot de envergadura política o financiera. De hecho en un bar podría pasar cualquier cosa, desde el amor clandestino hasta la muerte imprevista.


Es verdad, claro, que me gustan los libros, el arte y el conocimiento y que para todo esto hace falta sosiego y silencio, pero prefiero leer en plena naturaleza, frente al mar o en el campo y me agobian las grandes exposiciones de volúmenes, los innumerables legajos polvorientos y el peso muerto de tanto papel. Si leo, disfruto, no estudio; y si contemplo Las Meninas, gozo de una experiencia semejante a una buena faena de José Tomás o a una copa de Viña Tondonia del 64. Puro placer.
La literatura y el arte son vida o no son nada. Eso es lo que he aprendido en este medio siglo de elecciones personales, mientras iba construyendo mi propio mundo y me educaba a mí mismo en un entorno no siempre adecuado y, sobre todo, bastante hostil en ocasiones.
No recuerdo que en el Castillo abundaran los lectores ni hubiese un ambiente propicio para el arte en general. Las muchachas leían las fotonovelas que se iban prestando y algún bicho raro guardaba en un cajón de la mesilla de noche un par de novelas de Marcial Lafuente Estefanía. Y luego estaba el Jesús del Caramelo, que conservaba algún tesoro bibliográfico, que tuvo la generosidad de regalarme.
De manera que de siempre frecuento más bien poco las bibliotecas, en las que es obligatorio guardar silencio, y que huelen a cerrado y a polvo y, en cambio, refiero las librerías, que regentan algunos amigos míos con los que suelo hablar mientras hojeo las novedades. A la gente le cuesta trabajo entrar en estos sitios, porque piensan que deben pedir permiso antes, merecer estar dentro de un lugar así, solemne y serio en apariencia.
Aunque tuve acceso a la biblioteca pública de Moratalla desde muy joven, casi siempre me llevaba los libros y los leía en la cámara de mi casa en aquellos veranos iniciáticos de mediados de los setenta, mientras fumaba mis primeros cigarrillos, recostado sobre un colchón viejo y soportaba, mal que bien, el ardor del mes de agosto, con el entusiasmo erótico de un adolescente dominado por su imaginación calenturienta y primitiva.
Jorge Luis Borges contaba su iniciación a la lectura en la suntuosa y bien provista biblioteca familiar. Lo imagino ensimismado en el libro, vestido de domingo, bien peinado y silente, pero inhábil para la felicidad que prometían la vida y el mundo. Él mismo se refiere a alguno de esos traumas y complejos con cierta amargura.
Yo preferí siempre los bares a las bibliotecas, aunque pueda parecer extraño, acaso porque intuía que lo más humano, lo sustancial del misterio que nos rodea, lo que yo buscaba en realidad se hallaba antes allí que en una sala callada y mortecina, gobernada muy a menudo por una mujer envejecida y antipática, diestra en el ejercicio monótono de barajar fichas con miles de títulos de volúmenes que nunca leería.