FRANCISCO SANDOVAL / ARQUITECTO

En la noche de Año Nuevo de 1901 una fuerte tormenta derribó uno de los dinteles de Stonehenge, el conocido monumento megalítico en Inglaterra. La piedra se hizo pedazos. No era la primera vez que sucedía, pues a pesar de la creencia tan extendida, el monumento de más de cuatro milenios de antigüedad no ha permanecido ni mucho menos intacto hasta hoy.

“Todo fluye, nada permanece”. El ser humano es tozudo tratando de burlar a la entropía. Necesita apoyos sólidos e inalterables para asentar en ellos sus raíces. Históricamente siempre ha tratado de hacerlo. Sin embargo, hoy en día las noticias se subliman y los acontecimientos se relevan a la velocidad que tarda en subirse un nuevo post. Ante tal estado de cosas, ¿en qué lugar queda aquello “que siempre estuvo ahí”?

Existe desde hace tiempo en la conciencia colectiva el valor de conservar, desde arquitectura hasta pequeños objetos cargados de significado. Los conjuntos etnográficos, de reciente inclusión en la lista, no acostumbran a tener mucho ornamento, pero representan aquello que, al ritmo de la “modernidad líquida”, va desapareciendo.

Entre el fragor de la vida contemporánea obtenemos un racimo de información inmediata a través de una pantalla, prestando cada vez menos atención a los fundamentos, provenientes del mundo analógico, que nos han permitido llegar hasta aquí. Quizá ya no sea necesario pensar. La soberanía individual empieza por resolver una cuenta a mano sin excluir que en la vida cotidiana recurramos a la calculadora.

Conservamos, restauramos y le damos continuidad a todo aquello que tiene un significado singular para nosotros. De esa manera se consigue que edificios como el Monasterio de la Encarnación de Mula siga con vida o que la fachada de la Basílica de la Vera Cruz de Caravaca vuelva a transmitir sensaciones olvidadas. Solo quien mira con detenimiento capta todos los matices, pues en este último caso no todos se habrán percatado de que la fachada, además de haber recuperado el color, luce las dos volutas (arriba, junto a los pináculos) que se perdieron hace un siglo. No sería exacto decir que se trata de una imagen fiel al siglo XVIII porque la escalinata de acceso a la Basílica se hizo en 1907, pero ya saben, “Panta rei” (todo fluye).

Eduardo Torroja escribió que la primera estructura levantada por el ser humano probablemente fue de madera. No ha llegado hasta nosotros como las pirámides por su carácter perecedero, o mejor dicho, mucho más perecedero que la piedra. Un material proveniente de un ser vivo que aún después de aserrado sigue cambiando, hinchándose o contrayéndose en función de la humedad, generando fendas… Y que tan bello es y, a la vez, tantos problemas ha dado a los edificios, véase el Convento de Madres Carmelitas recién adquirido por la Comunidad Autónoma. Su claustro poseía en la última planta una elaborada baranda de madera que, en determinado momento, fue sustituida por la actual de hierro.

En La Alhambra, la torre de Comares no se viene abajo llevándose consigo la cúpula de los Siete Cielos porque una enorme viga remachada de acero colocada en 1933 aguanta la cubierta. Sustituyó a unas cerchas de madera que formaban un tejadillo en vez del terrado actual. Desde el Salón de Embajadores queda oculta a la vista, pero constituye una verdadera prótesis que permite dar continuidad a tan singular icono de la arquitectura.

Como a la primera estructura de madera le pasó, corremos el riesgo de perecer como sociedad si la correa de transmisión se interrumpe, si se desvanece el ímpetu por entender cómo hemos llegado hasta aquí. Pero la diferencia será que no nos sucederán sólidas estructuras pétreas, sino algo más parecido al éter volátil y escurridizo, un universo de relaciones virtuales, de desapego, de corazones en ruinas que apostaron por las siluetas de los suburbios.

Nuestra gran amenaza es olvidar lo que somos, creer que partimos de cero en la trayectoria hacia nuevas metas. No hay progreso posible si no conservamos lo que tenemos.