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Notre Dame de París: una restauración paradigmática

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Francisco Sandoval. Arquitecto. Docente e investigador en la Universidad Politécnica de Valencia

El pasado mes de mayo, el Máster en Conservación del Patrimonio Arquitectónico de la UPV organizó un seminario que abordó los planes de autoprotección y emergencias. En él, Notre Dame de París tuvo una especial presencia debido al voraz incendio que sufrió en 2019 y la restauración que, ya próxima a su finalización, ha difundido resultados en las últimas semanas con la compleción de la estructura de la techumbre. La repercusión de estos ha sido importante y profesionales de la restauración han participado del rico e interesante debate que suscita. Buen ejemplo de ello fueron las palabras del arquitecto Juan de Dios de la Hoz en Caravaca de la Cruz el 12 de junio.

También en mayo se cumplieron 60 años de la Carta de Venecia, un documento de referencia internacional que ha guiado las normativas sobre patrimonio arquitectónico. Nos avisa de que los límites de la restauración están donde comienzan las hipótesis y que las conjeturas o añadidos llevarán la marca de nuestro tiempo (artículo 9). Numerosos edificios históricos se han intervenido en las últimas décadas recuperando partes perdidas con técnicas modernas para hacer distinguible la intervención contemporánea (artículo 12). Sin embargo, en Notre Dame se ha hecho una copia exacta de lo había antes del incendio.

Por una parte, la propia Carta de Venecia indica que los trabajos de restauración irán precedidos de un estudio histórico y acompañados de la elaboración de documentación precisa. El templo que inspiró a Víctor Hugo está radiografiado por todos sus costados, documentadas sus técnicas y se conoce la procedencia y características de la madera que conformaba su cubierta. Aún así, los instrumentos legales que hoy rigen en materia de patrimonio en muchos lugares acotarían bastante la intervención e incluso no permitirían la reconstrucción mimética de Notre Dame.

Algunas voces autorizadas hablan de tolerancia ante un hecho excepcional. Ha ocurrido otras veces en la Historia. Sucedió antes de la Carta de Venecia con la reconstrucción del centro de Varsovia tras la II Guerra Mundial o el Campanile de Venecia tras el colapso de 1902.

Aún así, en la reconstrucción de Notre Dame se aprecia un especial interés por reproducir la técnica exacta, conservando los mismos tipos de ensambles y empleando herramientas tradicionales. Esto es algo en lo que no se hizo énfasis en los casos antes citados, en los cuales se buscaba fundamentalmente preservar una imagen, un icono para el imaginario colectivo. En el Campanile, por ejemplo, se empleó el hormigón armado.

Todo ello nos hace pensar que la intervención en Notre Dame desafía a los guiones normativos. Creo que es importante traer a colación el Documento de Nara (1994), reconocido por ICOMOS- UNESCO, pues nos indica que los juicios de autenticidad pueden vincularse al valor de una gran variedad de fuentes de información. Es decir, ¿cómo se percibe que algo es auténtico y no unanreconstrucción? La respuesta se diluye a medida que avanza la ciencia.

Nuevos métodos nos permiten hoy garantizar la autenticidad, valorar la edad, características y procedencia de una intervención. Además, ¿para quién hacemos distinguible la intervención? ¿para el público general, con tantas percepciones, sensibilidades y matices como individuos hay? ¿solo para aquellos destinados a relacionarse de manera más íntima con el edificio y su materia a través de su dedicación profesional?

Quizá, la cuestión esté en el fin que persigue la salvaguarda de la autenticidad. Si queremos garantizar a generaciones venideras que una intervención sea distinguible respecto a otra anterior, cada vez tenemos más medios para lograrlo y, desde luego, no deberíamos descuidar la formación. Además, la concienciación de que determinadas técnicas tradicionales son más respetuosas con el medio ambiente y generan una menor contaminación e impacto está en auge, y eso caracteriza e identifica la corriente de pensamiento de nuestro momento. Es, por así decirlo, un principio de honestidad con nosotros mismos.

Con todo, no debemos perder de vista que el mejor aliado del patrimonio arquitectónico es su adecuado mantenimiento y su estudio en profundidad. Documentar nuestro patrimonio es crucial para su pervivencia y no dejar caer en el olvido el “conocimiento tácito” de su construcción, tal y como Richard Sennett lo describe en su obra “El artesano”, es garantía de progreso como sociedad.

Notre Dame de París: una restauración paradigmática
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