ANTONIO F. JIMÉNEZ
Había muerto una guitarrPaco de Lucíaa antes de que amaneciéramos todos. Paco de Lucía, joer, ha muerto Paco de Lucía. Entonces, con la noticia ya a cuestas y en rápido homenaje, las radios y las televisiones comenzaron a supurar punteos de martillo, arpegios fieros, un vandalismo de guitarra, aquel flamenco de El Niño Ricardo aprendido por Paco de Lucía durante horas y horas grises en la habitación de la casa blanca de Algeciras, años cincuenta del pasado siglo, que los vecinos creían que el hermano de Paco, el Antonio, tenía un disco de pizarra sonando todo el día, pero resultaba que no, que el disco era la guitarra del Paco, el de la Lucía, que andaba todo el día mascullando notas, cepas andaluzas, técnica, mientras el sonido se iba expandiendo por todo el barrio y entrando la música a las tabernas, encantando a vecinos y a niños, entre perniles y barriles de cebada, entre los quejidos de taburete y la percusión de la cubertería andaluza, y volviendo locos a los flamencos, a los amigos, como a Camarón, que se quedaba hipnotizado mirándole la guitarra.
También se iba expandiendo su punteo por Madrid, en el Teatro de la Zarzuela, donde tocó de Lucía por primera vez con la pierna cruzada y se llevó el tirón de orejas de los flamencólogos, que le apuntaron que eso de cruzar la pierna era una sinvergonzonería y una falta de respeto al público. Paco es posible que asintiera, pero tocó ya siempre así: el mástil de la guitarra en ángulo recto con su torso y su cabeza, porque de este modo lograba mayor libertad a la hora de moverse por la guitarra. En América tuvo agobios cuando se enfrentó a la improvisación del jazz, «se me echaban encima los acordes», decía, pero a base de horas y horas logró el coito —impensable, pecaminoso por los expertos— entre jazz y flamenco.
Paco de Lucía, —por su madre, Lucía Gomes, la portuguesa, y también por su tierra, (Anda)lucía—, era un hombre sinceramente humilde, «siempre pienso que hay otro que lo hace mejor que yo», decía cuando le daban algún premio. De piel atezada, las patillas gordas, la pícara en la sonrisa, callado, pirata, bueno, trabajador, americano, andalusí, amante de la pesca y la cocina, y de la libertad. Una vez se lo dijo a Jesús Quintero en una entrevista: «El hombre que nace junto al mar es más soñador y tiene un sentido de la libertad mayor; yo no puedo estar mucho tiempo sin ir al mar, necesito esa expansión, ese poder respirar a gusto, a fondo». Y en aquel paraíso le pilló la muerte. Aunque morirte dónde has sentido la vida debe ser la clave del buen morir.
Los algecireños, la mañana que se levantaron y las radios y las televisiones cantaban la noticia, se echaron las manos encima y se fueron para la estatua a llorarle al maestro de las seis cuerdas, cuya pose es ya un hito en la historia de la cultura española, ese estilo que empezaba a forjarse, durante horas y horas, en la casa blanca de Algeciras, aquellos años en que Paco fue feliz con sus gentes. En la televisión salió un algecireño, amigo de la infancia del artista, que dijo: «Hay gente que no debería morir nunca, ¿sabe usted?, y uno de ellos era Paco de Lucía».