POR PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA
Individualmente es muy conocido como Manuel Molina, pero lo es, todavía más, cuando se le menciona con una denominación que, siendo aún más breve, va unida a su compañera artística y sentimental, porque todo elManuel Molina mundo recuerda los valores flamencos e interpretativos de «Lole y Manuel», cuyo nombre completo es Manuel Molina Jiménez (21-07-1948 Ceuta-Península Tingitana-España/19-05-2015, San Juan de Aznalfarache-Sevilla-Andalucía-España).Enamorado de su profesión, cantante de culto en su particular estilo y auténtico exponente de un flamenco enfocado a ese sector de público que no buscaba el flamenco exclusivo, pero sí lo que hacían «Lole y Manuel», quienes se convirtieron en los verdaderos artífices de lo que se dio en llamar el «nuevo flamenco», apostó, esencialmente, por el «flamenco fusión» que se empeñó en impulsar en multitud de ambientes y lo consiguió gracias a su abnegado, insistente e incansable trabajo. Manuel Molina no fue cantante, sino «cantaor», como a él le gustaba ser llamado, además de gran compositor y facultado guitarrista que, dentro de ese «nuevo flamenco «fue pieza clave y exponente incuestionable del mestizaje del flamenco con otra serie de géneros cercanos que le otorgaron identidad propia a sus creaciones musicales, estilo inconfundible a sus interpretaciones y calado particular a su manera de hacer música de una forma arriesgada, exigente e inconformista. Formó paraje artística, durante muchos años, con la que también fue su pareja sentimental, Dolores Montoya Rodríguez (artísticamente, «Lole», sevillana, nacida en 1954), un matrimonio que perduró durante muchos años hasta que llegó el momento en el que, en 1993, decidieron separase como pareja y como dúo de artistas. Pero ya nunca afloró la magia de sus creaciones en conjunto, porque, una vez más, la suma de las partes no arrojaba el mismo resultado que ofrecía «el todo», lo que rompe la fórmula matemática que proclama que el orden de los factores no altera el producto, algo que no se produjo en el caso de estos consistentes flamencos. No obstante, Lole, hija de la «cantaora» conocida como «La Negra»,continúa prodigándose en producciones de música andalusí que sigue llevando al estudio para su grabación y comercialización de trabajos del género. Y tanto era lo que se querían y admiraban, recíprocamente, que, por dejar solamente una muestra, habiendo separado ya sus vidas sentimentales y sus caminos artísticos, en una conversación en la que vino a cuento hablar sobre Joan Manuel Serrat, manifestó Lole, en un comentario que le honra, que «Serrat es el Manuel Molina catalán y, Manuel Molina, el Serrat andaluz».

Artista de vocación, de sentimiento, de ejercicio y de corazón
A Manuel Molina, hijo del guitarrista algecireño conocido como «El Encajero», le ha llegado la muerte como consecuencia de un cáncer de pulmón, declarado en fase terminal, que le fue diagnosticado hace unos pocos meses, aunque su voluntad final fue la de querer cantar y morir en un teatro, razón por la que se negó a recibir ningún tipo de tratamiento, al entender que lo que le quedara de vida era mejor vivirlo «sin sufrimientos añadidos». Formó pareja artística, además, con su hija, Alba Molina, cantante de reconocido prestigio que andaba envuelta en la preparación de un gran homenaje a su padre, acontecimiento que iba a contar con la participación de lo más relevante del panorama flamenco y gitano, proyecto que hubo que suspender cuando se percibió el agravamiento de la debilitada salud del artista ceutí que, al final, no ha podido disfrutar de esa velada que, seguro, le habría reconfortado como pocas cosas en la vida, pues era artista de vocación, de sentimiento, de ejercicio y de corazón.

Los amaneceres tenían un color diferente en cada jornada
Su primer álbum, el de «Lole y Manuel», vio la luz en 1975 bajo la denominación de «Nuevo día», título aparentemente fácil y sencillo, pero muy rebuscado para hacerlo coincidir con la realidad española de aquel momento en el que los amaneceres, por obvias razones de transformación política, tenían un color diferente en cada jornada. Asumieron, siempre, sus influencias, su debilidad y afinidad por el mundo «hippy», lo que le sirvió para justificar esa parte artística en la que experimentaban con mestizajes musicales del flamenco, el mundo gitano, la cultura árabe y el cante más profundo con letras que siempre aportaban contenidos sociales atractivos y, en aquellos momentos, muy enriquecedores: paz, amor, progreso, medio ambiente, flores, perfumes y una mezcla sonora y poética tan bien armonizada que hechizaba casi siempre. Tan cierto es lo que comentamos que su particular estilo llegó a «bautizarse» como «hippy-flamenco».Pero también grabaron «Pasaje del agua» (1976), «Lole y Manuel» (1977), «Al alba con alegría» (1980), «Casta» (1984), «Lole y Manuel cantan a Manuel de Falla» (1992) y, para no extendernos más, recordaremos su último plástico, en directo, desde el Teatro Monumental de Madrid, en 1995, denominado «Una voz y una guitarra».Y cabe destacar sus más importantes participaciones en la gran pantalla: «Flamenco», de Carlos Saura, y «Kill Bill-Volumen 2», de Quentin Tarantino, son dos señas cinematográficas de gran calado en la vida artística de la pareja.

Miembro de «Smash», la banda de rock progresivo y psicodélico, además de blues-rock, triunfadora con «El garrotín»
Manuel Molina, por su parte, antes de formar el dúo con la que fuera su esposa, perteneció al grupo español conocido como «Smash», una banda de rock progresivo y psicodélico, así como de blues-rock, que, como nacida en Sevilla y activa desde 1968 a 1973, también fue pionera e impulsora, dentro del ambiente «underground», del inolvidable y todavía vigente rock andaluz, estilo que tanta fuerza cobrara con el también sevillano y mítico grupo «Triana», formación que capitaneara Jesús de la Rosa Luque, coetáneo (hasta con el mismo año de nacimiento) que Manuel Molina, una música, la de los «trianeros», que cada vez cala más y mejor en la juventud actual y cuya historia está muy ligada a Gonzalo García-Pelayo Segovia (25-06-1947 Madrid-España), productor, presentador, locutor y fundador del sello musical «Gong», integrado en la tan conocida discográfica de la época «Movie play», ocupada esencialmente del denominado rock con raíces. Una de las canciones de «Smash» que sonó en las ondas radiofónicas insistentemente y que también «se coló» en las discotecas fue su siempre recordado «El garrotín», pero también existieron álbumes que fueron notables como «Glorieta de los lotos» (1970), «We come to smash this time» (1971) o «Vanguardia y pureza del flamenco» (1978), fueron algunas de sus publicaciones durante su vida activa y tras la separación y, como siempre, por empeño delas discográficas que tratan deprobar suerte en materia deventas.

Incorporó una nueva poesía al flamenco
Ricardo Pachón, «cantaor» en «Smash», precisamente, decía del fallecido que «escuchar al Tío Manuel es aprender las claves más misteriosas del modo gitano, de entender la vida y vivir la música». Y, en esa colección de sutiles comentarios que sobre él se han hecho, dicho y escrito, destacamos «ha creado un ‘toque’ personal por bulerías, como los Parrilla o los Moraos» o «ha incorporado una nueva poesía al flamenco», «el gozo de componer para la voz más sublime», «sigue siendo una humilde fuente de verdad y sabiduría», «un ser querido dentro y fuera de la música»,son algunas muestras de lo mucho que se le ha querido, lo bastante que se le ha admirado y lo enormemente que se le ha considerado y, desde luego, no ha sido nada gratuito, ni regalado, sino ganado por simpatía, por maestría, conocimientos, sabiduría y elegancia interpretativa con ese orgullo gitano del que nunca se ha alejado ni separado ni un milímetro, ya que sentía su etnia con orgullo y, además, podía presumir de un arte que pocos atesoraban, pues, no en vano, a los 12 años, ya formó el trío conocido como «Los gitanillos del Tardón» en el que, junto a él, eran componentes los también afamados artistas Chiquetete y El Rubio. El que puede, puede. Y el que sabe, sabe, algo que solamente tienen posibilidad de decir quienes gozan de esos valores artísticos tan acentuados que lucen con destreza, sencillez y soltura.

Con aspecto de «náufrago en isla desierta»
Manuel Molina, aunque nunca quiso incorporarse a una banda de melenudos, en sus últimos años ha lucido una canosa y muy crecida cabellera, así como una luenga barba, no menos «nevada», que le otorgaban ese aspecto de «náufrago en isla desierta», como comentara uno de los más allegados críticos de este revolucionario del flamenco y maestro del «quejío» que fue la mitad del inolvidable dúo «Lole y Manuel», íntimo de Camarón y de otros grandes del sentimiento proporcionado por el estilo que le hizo vivir enamorado de su profesión y al que le dieron la vuelta como a un viejo calcetín para rejuvenecerlo eternamente. Ideas que tenía tan claras como que no se le llorara llegada la hora de su definitivo adiós o el afán de identificarse con esos alardes de genialidad que le eran propios y su carácter de impenitente bohemio, afanado, siempre, en seguir siendo como era «sin más remedio», decía habitualmente este profeta y poeta de sabios presagios que basaba sus composiciones en las vibraciones de sus propias ilusiones, que no eran pocas. Se nos va un maestro, un iluminado del flamenco, un hombre sencillo y cercano, un ceutí adoptado en el sevillano y popular barrio de Triana y querido en la ciudad hispalense y en todo el universo musical del cante sentido y puro a través del que evocaba mensajes, paz, cariño y mucha verdad. Descansa en paz, Manuel. Pero que sepas que nos dejas huérfanos de un flamenco auténtico y de una fuente creativa inagotable como la que existía en tu imaginativa mente. Buenos días.

Pedro Antonio Hurtado García es Director de Zona de CAJAMURCIA-BMN en el Noroeste murciano