PASCUAL GARCÍA

Nochebuena y Nochevieja las celebrábamos en Moratalla mis amigos y yo casi del mismo modo. Cenábamos opíparamente con la familia, departíamos o gritábamos en la sobremesa y muy pronto nos largábamos de casa para juntarnos con los amigos, con los que habíamos quedado para salir, como todos los años.

Solíamos reunirnos en casa de los hermanos Carrasco, en la Calle Curato, aunque a veces también lo hicimos en la mía, en casa del Juan El Pintamonas, en la del Esteban El Trapitos y en alguna otra del grupo de amigos, donde nos congregábamos para pasarlo bien, para ver un partido de fútbol en la tele o echar unas manos al tute subastado, mientras nos bebíamos unas cervezas y picábamos algo.

Pero aquellas noches de Navidad eran singulares y semejantes. Comprábamos una botella de ginebra y unos litros de cocacola y de fanta de limón, sacábamos los cubitos de hielo del frigorífico e íbamos haciéndonos aquellos fenomenales cubatas de la adolescencia inconsciente, hiperbólica y, en ocasiones, peligrosa. La verdad es que, como en los botellones actuales, el fin de todo aquel ritual era beber en compañía y hacerlo a un precio módico, porque en las cafeterías y en la discoteca nos lo hubiesen cobrado mucho más caro y tal vez habría sido de peor calidad.

Bebíamos y hablábamos, reíamos y apenas nos importaba el tiempo, porque de eso teníamos sobradamente. La intención era entrar a la discoteca con el alcohol ya consumido y el cuerpo hecho a la juerga y al baile, desinhibidos, audaces y dispuestos a comernos la noche, porque en aquellos años todo nos pertenecía y nada demasiado grave podía preocuparnos, salvo no pasarlo bien, no disfrutar de cada una de aquellas veladas en las que todo el mundo salía a divertirse.

La casa de los Carrasco, cuyos padres ya han fallecido, era nuestro campamento base, nuestra salida de carrera a una aventura nocturna que formaba siempre parte de nuestra iniciación en la vida, pero sobre todo, de nuestra libertad y del inmenso deseo   de gozar cada instante. Éramos como potros desbocados agotando los placeres elementales de la vida o intentándolo al menos, porque las más de las veces todo terminaba resumiéndose en una sensacional tajada a la que le seguían unos incómodos días de resaca y mal cuerpo en general.

Es verdad que bailábamos desenvueltos toda la noche, sin pudor, saltábamos y nos reíamos por todo, hablábamos con las muchachas, a veces las sacábamos a bailar, aunque no siempre aceptaban y en alguna de aquellas noches mágicas algunos fraguamos el inicio de una relación sentimental que no solía durar mucho, porque la noche, el alcohol y las luces locas de una discoteca convierten a la belleza y al mundo en una mera apariencia, y porque en esas condiciones no se suele hablar demasiado. Siempre comenzamos la fiesta con mucha más esperanza e ilusión de la que salimos de ella al día siguiente. Es natural, por otro lado, que pongamos altas las expectativas y que nos defraudemos de una manera inevitable en el choque con la verdad. Al fin y al cabo el deseo ha ido siempre más rápido y más lejos que la propia realidad

Eran noches locas, éramos demasiado jóvenes y estábamos obligados a equivocarnos. Por eso, un poco antes del amanecer, volvíamos en dirección a casa por las calles heladas y viejas de un pueblo en penumbra, a la búsqueda de la cama, porque nos acuciaba el sueño y andábamos dando bandazos, tropezándonos entre nosotros, comentando con una media lengua ebria algún detalle destacado de la noche.

Y eso era todo casi siempre.