ANTONIO F. JIMÉNEZ

La XXIV Muestra de Teatro de Otoño que se celebró unos días antes de la Semana grande de las Fiestas de Bullas en la Casa de la Cultura puso sobre las tablas escenas de lo más variadas: desde el drama psicológico, pasando por el metateatro y el absurdo, hasta la más pura comedia.

Cómicas atribuladas buscan obra (con fines serios)
Aunque no estaban dentro del programa de la Muestra de Teatro de Otoño, La Compañía bullera Matícate inauguró el pasado domingo 27 la semana de espectáculos con una obra metateatral, donde las actrices pudieron sincerarse con su público y ofrecerles, aunque de manera sutil, los sufrimientos y las horas de trabajo que sobrelleva un grupo amateur. Por esta etiqueta que a veces impide presentarse a certámenes, Matícate reivindicó la falta de medios y subvenciones. Lo magistral fue que ellas lo dijeron por medio del teatro, es decir, con tres obras imposibles de concluir que, como dijo su director Manuel de Reyes, finalmente acaban una función mientras no acaban ninguna de las tres que preparaban.
La primera se ambienta en una trastienda de disfraces adonde llega una nueva clienta a la que las habituales informan de las fiestas y de cómo los jefes van a tratar de ligar con ella. De manera repentina, una de las actrices se cae y vuelca todos los percheros. Aquí se inicia la confusión del público: ¿ha caído de verdad o es ficción? Es real dentro de la ficción de un ensayo. La directora sale, les reniega, se cabrean, se va cada una a casita, y ella queda sola con el público, a quien le narra todas las confidencias. Lo intenta de nuevo: en la segunda obra dos actrices tienen que hacer de hombres hasta que se cansan y reivindican la colaboración del género masculino en su Compañía. La directora vuelve a hablar al público y les dice que, visto las cosas, decidió montar una obra conceptual, «última tendencia en el teatro». Y además en verso, aunque, como ellos dicen, no son Lope de Vega. Ambientada en el siglo XVIII, se habla tranquilamente de la Capa de Ozono y se fuma Marlboro. De modo que a la tercera va la vencida. Las actrices dejan los ensayos a un lado y, junto a la directora, se sinceran directamente con el público: «el mayor secreto del teatro es que todas llevamos una artista dentro». Y rematan resumiendo lo que ellas trataban decir todo el tiempo: «El teatro es el iceberg del que el público solo ve la punta».

Palabras encadenadas
La incertidumbre amorosa crea monstruos. Casi como si la historia nos diera desde el principio la pista de una muerte anunciada, esta obra de la compañía teatral La Ruta Teatro, dirigida por Juan Pedro Campoy, sabe controlar la taquicardia del público. Al principio uno ve a una mujer atada a una silla con la boca tapada con celo platino (Cristina Alcázar) y a un psicópata (Ramiro Blas) en un zulo con pedazos de maniquíes en derredor. Sabemos que ella es psicóloga y él un paciente que la ha secuestrado. Se ponen a jugar a las palabras encadenadas, cuyo objeto es la salvación o la muerte de la encadenada, pero guarda un fin más revelador: es un pretexto para insultarse, para decirse los nombres, para dejar palabras que vayan hilando ―encadenando― la trama a lo largo del proceso narrativo.
Por estos nombres y adjetivos sabemos más adelante que se trata de un aniversario enloquecedor. De que ella se llama Laura y él Ramón. Que fueron pareja. Se divorciaron. Él la tiene ahí, amordazada, solo por saber por qué. La razón exacerbada crea monstruos. Esta incertidumbre nerviosa se refleja en su elasticidad, en sus leves brincos mientras camina algo jorobado. Ella, más hierática, padece un enfriamiento del pasmo, que se va calentando cuando él le quita las esposas y ella se vuelve la psicóloga que es, hace preguntas, parece controlar la sórdida y lóbrega situación, la siniestra e inesperada locura de su ex marido. Los tocos cómicos de esta parte de la función ―representada el lunes 28― rebajan la tensión que teníamos al principio. Pero cuando todo parece que se va a solucionar, el tormento llega de nuevas y la incertidumbre sobre el final vuelve a generar una tensión que desenlaza en lo que se anunció al principio de la representación, pero de lo que fuimos descreyendo porque parecía que la compasión, el perdón y el amor lo salvarían todo.

La cantante calva
Podríamos decir que complicada, no por difícil, sino por absurda. Por eso, los artistas de esta obra caminan por un suelo de ajedrez blanquinegro, en un espacio que hace las veces como de salón futurista, con una gran pantalla de televisión, pese a que se hable a veces del pan con chorizo y de que quien da un buey recibe un huevo; donde parejas extrañas –una que apenas si se conocía– discuten sobre si han llamado o no al timbre, visten de blanco y el negro, en un ambiente cuasi espacial, pero es Burgos. Al principio la mente hila cierta trama, pero el predominio de sonidos guturales, como chisqueos, pompas, risas, estornudos, suspiros, son la antesala sonora de una comunicación inconexa, que la compañía Teatro de la Entrega representó con una naturalidad y credibilidad asombrosa.
Dirigida por José Bote, esta obra clásica de Ionesco está incardinada en la grisura de los años de posguerra mundial. Los rasgos existencialistas que cuestionan la sociedad y al hombre se pueden ver reflejados en esta función del pasado martes 29 en elementos como el gran televisor y la apatía de quien cambia de canal y no se decide, como si quisiera cambiar de mundo y no encuentra uno propicio, aunque al final se sucumbe al deporte. El bombero que aparece en escena les propone contar anécdotas para no aburrirse, porque al parecer, al igual que en Esperando a Godot, no ocurre nada ni nadie viene. Cada personaje narra una, a cada cual más extraña y sin sentido, y aquí se asoma el disparate, el barullo incoherente, el guirigay completamente deshilado. Los actores y actrices se pisan el papel excelentemente. Muy buena la anécdota del resfriado: una prolija enumeración de nombres y parentescos para resolver que una mujer cogió un catarro. Increíble el poder de la estupidez sobre un texto magistral, representada por unos jóvenes impecables en su actuar.

75 puñaladas
Bajo la dirección de Pedro Segura, la compañía Urge Teatro nos presenta, al igual que en la obra del lunes, a dos personajes sobre los que recae toda la acción dramática bajo un ambiente pseudoromántico, británico y decimonónico: velas, truenos afuera, y un detective que entra en una casona. Este hombre sufre una bipolaridad en su voz: ora suena detectivesca, con cierto parecido al doblaje y al rostro de Ben Kingsley en Shutter Island, ora murcianica, empleando expresiones como «a cosica hecha». El detective, a priori, parece que no tiene mucha pasión por desenterrar el crimen y resuelve simplonamente que lo más seguro es que «lo de las 75 puñaladas se trate de suicidio».
Trata de escabullirse mientras conversa con el criado de una mansión, que por la porte y seriedad, de primeras, parece saber más de acciones detectivescas que el propio detective. Aunque a este criado, de cuando en cuando, le dan unos ataques raros en los que se duerme cuando se siente amenazado, o a veces anda robóticamente, despedazamente, como aquel Pepe Viyuela de la silla. Tanto es la dejadez del detective que el enredo cómico le hace ponerse manos arriba. Esta penúltima obra de la Semana del Teatro, nos da una vuelta por completo al final: lo que creíamos imposible, una clara ineficacia de un detective más cerca de la informalidad española que de la seriedad británica, acaba por resolver el crimen aunque le cueste la vida a su contertulio.

W.C Woman Caos
Más cerca de la sitcom española, con aromas de triunfos televisivos como Aquí no hay quien viva o La que se avecina, la compañía teatral Ribalta Producciones representó y cerró la Semana del Teatro con una comedia bajo la dirección de Joaquín Gómez que encandiló al público. Una mujer vestida de novia se escapa de su boda y se encierra en un baño con sus dos amigas, quienes se ponen de cháchara hasta el final. Muy buen montaje del cuarto de aseo típico de hotel, o de restaurant, de alto standing, con paredes donde se plasman grandes pinturas ―en este caso, unos pechos rosados―. Las tres chicas aprovechan que están juntas para irse descubriendo de nuevo, como si a veces la amistad tuviera que quedarse durante un largo rato en un cuarto confesando sus sentimientos. Ellas hablan en confianza: «A mí me la meten y me enamoro».
La verosimilitud de la estancia en el interior del baño se hace palmaria con esta luz típica del techo que se enciende cuando capta el movimiento, y que sirve como ‘descanso’ entre los temas de conversación y también como ambientación cuando el diálogo se pone íntimo y la luz comienza a rebajar su intensidad. Intimidades como descubrir que se siente amor por el sexo opuesto, o que se está enamorada de un cura, o que se tiene un cáncer, son las que provocarán un abrazo final de amistad como si un nuevo lazo se atara en su confianza.