Pedro Antonio Martínez Robles

Tengo la cabeza llena de imágenes de las noches de romería en el santuario de la Virgen de la Esperanza; me la pueblan desde que tengo uso de razón. Ir al santuario la noche del 7 de septiembre es una tradición para mi familia. Estamos llenos de tradiciones. El hombre está lleno de tradiciones. Las necesitamos para  ubicarnos en el tiempo y en el espacio. Las necesitamos para encontrarnos a nosotros mismos, para reconocernos, para seguir viviendo.

La noche del pasado 7 de septiembre, mi numerosa familia celebró la cena en una de las terrazas del santuario, como viene haciendo desde hace incontables años. Cominos la tortilla de patatas, el tomate frito con pimientos y carne, los calamares en salsa y todo lo que llevábamos en las fiambreras; todo cocinado en nuestras casas, pues también esto es una tradición en nosotros. Después de cenar quise subir hasta la terraza de la ermita, pero tuve que hacerlo descendiendo hasta la última explanada, la que bordea el río, para subir luego por la pendiente que conduce al restaurante porque la aglomeración me impedía hacerlo como ordena el sentido común, por el camino más corto, más directo. Al llegar a esta última terraza me abordó Juan Rosique, que andaba también de celebración con su familia y unos amigos, y me dijo que porqué no contaba cómo son las romerías ahora y cómo eran antes. De lo que hoy son testigos somos —y no todos, evidentemente, las observamos desde el mismo prisma, pues pasados unos años cada cual las contará a su manera—, y de lo que fueron antes testigos son nuestra memoria, en lo que alcance, y aquellos que nos precedieron y nos han legado el relato de su experiencia. Pero sabemos, por lo que hemos vivido y por lo que nos han contado que, aunque la esencia pretenda ser la misma, el ritmo de hoy nada tiene que ver con el de antaño. Así hemos pasado de los romeros de a pie, tartana, calesa y mulo que echaban uno o dos días en el camino, haciendo de éste el auténtico sentido de la romería, a los fugacísimos viajes en automóvil que no dejan espacio, en absoluto, para el disfrute del trayecto. Hace apenas cuatro o cinco décadas traían los peregrinos el polvo del camino y del sosiego, parranda de guitarras y bandurrias, botijos muleros, cántaros de aguardiente, viandas para el camino y la estancia, y mantas para la trasnochada. El tiempo era lo de menos y era lo de más. Hoy no somos mejores ni peores, ni siquiera diferentes: vamos subidos en un carro que pusimos en marcha hace mucho tiempo y que ya no conducimos nosotros, él nos lleva. Celebramos así, como casi todo, la romería de una manera más vertiginosa: entramos en el automóvil a las nueve de la noche, devoramos kilómetros sin sentirlos hasta llegar a nuestro destino, arrastramos las capazas con las fiambreras hasta las terrazas del santuario, igualmente atestadas de gente, cenamos con urgencia, asistimos, también con urgencia, a los actos y rituales propios de la romería, a los espectáculos musicales, a la fiesta de la pólvora, y con la misma urgencia regresamos a nuestras casas; de manera que en media docena de horas creemos haber vivido lo que antes se tardaba en vivir un par de días. Y no es que seamos ni mejores ni peores, ni más listos ni más tontos, ni siquiera diferentes. Se nos conduce hoy de otra manera. Pero yo no dejo de acordarme de lo que un día me dijo Pepe Puntapuro, fallecido hace unos meses, más cerca de los noventa que de los ochenta, que aseguraba que quien aprisa vivía, aprisa moría. Y tampoco dejo de acordarme de lo que otro día me dijo José Larralde en una de sus canciones, que el tiempo, andándolo despacito, parece que no se va. Y así, mientras me acuerdo continuamente de una y otra recomendación, sin hacerles mucho caso, se me va yendo la vida en un vértigo que no sé cómo parar.