Pedro Antonio Martínez Robles

No voy a hablar de la magia de aquellas noches en las que la dulce candidez de la infancia me hacía soñar que hasta el balcón de mi casa llegaban, en la madrugada del 6 de enero, los Reyes Magos de Oriente y sus pajes, tirando del ronzal de los camellos en cuyas jorobas, aparte de Sus Majestades, se hacinaba una suerte de regalos entre los que se encontraba el que tenían que dejarme a mí y que, a pesar de mis sugerencias epistolares que ingenuamente depositaba en el buzón de Correos, casi nunca coincidía con mis deseos. Ni voy a hablar de la tarde en que ese encantamiento se deshizo por voluntad de mi hermano Juan Carlos, que me condujo hasta el escondite de las ilusiones y me mostró los envoltorios que tendríamos que desliar al día siguiente, en la cama aún, mientras me decía: <<¡Tonto, si los Reyes Magos son el papá y la mamá!>>. Y el caso es que tenía razón. No. No voy a hablar de eso, aunque dicho queda.

Voy a hablar de otras noches de reyes, cargadas también de ilusión, que los años y la propaganda demoledora de los medios de comunicación –¡qué fea expresión esta!– han arruinado casi definitivamente, imponiendo otras costumbres o ninguna, con  esa conducción hacia la nada acomodada que asumimos con más indolencia que resignación. Ya ni siquiera tenemos necesidad de pensar, pues los elementos de este engranaje que pusimos en marcha no sé cuándo ni cómo, se ocupa de resolvernos ese engorroso menester. Pero a pesar de ello, hablaré ahora de aquellas noches de reyes de guitarra y maracas en las que recorríamos las calles buscando la caridad de un balcón que abriera sus hojas a nuestro reclamo musical y la blanca mano de una muchacha nos ofreciera el calor de una botella de aguardiente y el consuelo de los últimos dulces navideños. El frío no importaba. No importaba que las yemas de los dedos estuvieran heladas e intuyeran con más dolor que acierto el espacio entre los trastes, ni importaba que yo no llevara el ritmo adecuado con las maracas, ni que las voces estuvieran destempladas por los estragos de la madrugada y los excesos del aguardiente. Lo único que realmente importaba entonces era la voluntad, y lo único que desgraciadamente importa ahora es la memoria.

 

29 de diciembre de 2009