Benjamín Pérez

Después de pasar la noche entera tosiendo sin consuelo, pensando que acabaría por salirme de mí mismo a través de la garganta en el siguiente golpe de tos, manoteo el despertador y me pongo en pie, exhausto y dolorido por las vidriosas agujetas que apuñalan la punta de mis costillares. El día se adivina favorable, si, pero todo está por llegar. Cuando la cara está completamente ocupada por la espuma de afeitar, la cuchilla en la mano, el cuello estirado, la barbilla fruncida hacia arriba y la determinación en el tajo dispuesta, suena el timbre de mi casa, con el consiguiente sobresalto, que da paso al premonitorio hilillo de sangre que resbala gaznate abajo. En ese estado de escozor de ojos, atontamiento y alboroto por salir a abrir la puerta, voy tropezando con todas las sillas y taburetes que hay hasta llegar a la entrada de casa. Abro sin preguntar, rápidamente, con cara de perro pequeño y… ¡Los Civiles!, que con un escueto “buenos días, ¿es usted fulano de tal…?”, me presentan en la jeta una especie de documento, que no acierto a leer, y que me recuerda a todos esos papeles de la Agencia Tributaria con los que suelo encender la estufa. Tras el balbuceo primero y con un albornoz de mi mujer que me fulmina toda brizna de dignidad, les hago pasar, observando que vienen algunos agentes de la secreta con unos chalecos acolchados en verde y unas iniciales en letras grandes. Al principio me tranquilizo porque imagino que son de la oficina del Consumidor, por lo de las iniciales, y que esto será una confusión con los del bar de abajo que también se llama fulano como yo. Pero no, el que hace cabeza me dice que ellos no son de la OCU, no, no, no, estos beneméritos pertenecen a la UCO (Unidad Central de Operaciones) de la Guardia Civil y que el papel que portan es, esto sí que es gordo, una orden de registro. Me quedo muerto, se me duermen los brazos y con un gesto de tonto autorizo a los guardias a que procedan con el incómodo mandato.

Después de dos horas, hundido en un sofá, incrédulo y ajeno a todo lo que sucede en mi casa, veo cómo van saliendo agentes cargados con cajas de cartón llenas de papeles, por lo menos cinco o seis, que yo no imaginaba que estuvieran allí. No soy yo mucho de leer, pero por el volumen, por el espacio que ocupan tantos documentos los habría visto. Serán de mi esposa, que desde hace unos años trabaja en Murcia gracias a un ascenso en su empresa, porque ella sí entiende de letras y cuentas. Al cabo de un rato, un Teniente de los del chaleco, con una educación exquisita y gran profesionalidad, me informa que el registro se debe a la búsqueda de unos documentos urbanísticos, que pueden contener indicios delictivos de tráfico de influencias, cobro de comisiones ilegales, prevaricaciones y chanchullos abundantes y variados. Me vuelvo a quedar muerto -¿Para qué quiero yo esas cajas de folios?-, cuando me dice el oficial que tiene que leerme mis derechos para proceder a la imputación y yo, en serio, no sé nada. Se lo hago saber al policía, pero claro, él no mueve un músculo de la cara y comienza a recitar monótonamente esa lista de privilegios del imputado o detenido que tantas veces hemos escuchado en las pelis de polis. Le acompaño a la puerta, porque no permanezco retenido, ni en principio lastrado de cargos, pero mi confusión me hace lloriquearle, al menos ciento sesenta y tres veces, antes de que se marche, que yo no sé nada. Pero, nada es lo único que refleja el rostro pétreo del UCO que me ha imputeado.

Así quedo, con el desprecio impreso en los rostros de mis vecinos, expuesto a sus escupitajos, a sus prejuicios. Quedo con las yugulares por fuera: “¡vengan y muerdan, adminístrenme la extremaunción pública, ungiéndome con saliva bendita…!” Soy un cristo que carga con una cruz que no es mía, con una cruz redentora, aunque mortal; soy un cristo que arrastra su cruz verde… Soy inocente, no sé nada. ¿Porqué a mí? Según mi mujer, ¡porque me tienen manía!

Nota:

Oigan, no lo van a creer, puede parecer oportunista, pero al alcalde de mi pueblo le ha sucedido una cosa igual. Le han puesto patas arriba el Ayuntamiento esos de la UCO. Ha salido en las portadas de los periódicos y en los informativos de radios y televisiones nacionales. Pero él, como yo, dice que no sabe nada. Y no me extraña, porque desde hace ya muchos años su gestión al frente del municipio entró en una especie de zapaterismo etílico y narcotizante, aderezado todo ello con una ideologización de lo festivo, que no creo yo que hayan dejado sitio a políticas marañistas. Lo que le pasa a este alcalde, que también carga con su particular cruz, la de Caravaca, es que esa actitud de hombre público pasmarote le ha llenado la casa (Consistorial) de Judas diversos. Yo de él desconfiaría de los besos, porque creo que a este primer edil, que no sabe nada de reclasificaciones chungas de terrenos protegidos ni de leches en vinagres, ¡también le tienen manía!