PASCUAL GARCÍA

Reconozco que nos educaron a casi todos, en aquella época tan cercana al tiempo de la carestía, para que nos lo comiéramos todo, lo que nuestras madres nos ponían encima de la mesa, el contenido de aquel plato único de guiso del día, al que se le acompañaba con un poco de embutido y de fruta. Pero el plato de arroz, de guisado, de cocido o de potaje se comía entero, era la ley de la mesa en la casa de tu madre, la medida de tu alimento diario, la hartura de cada colación que tu progenitora se cuidaba de elaborar con todo el mimo del mundo y que tú no estabas en condiciones de despreciar ni siquiera por una sola cucharada.

El plato lo quiero limpio le decía mi madre a mi hermana, porque a mí no era necesario que me lo dijera. Me crie con buen apetito y con lo que podríamos llamar una excelente boca, tal vez porque mi madre era una buena cocinera, e incluso con las comidas humildes, y sobre todo con ellas, y sacaba lo mejor de su pericia en la cocina, heredada de mi abuela Rosa, cuyos pucheros también recuerdo de un modo especial.

Acabar con el último rastro del condumio que había puesto en el plato era un objetivo insoslayable, porque en él se concitaban el cuidado por la alimentación de la familia, sobre todo de los hijos, y el respeto a una ética ineludible en el ámbito campesino y rural, a la honra diaria de los alimentos que con tanto esfuerzo aparecían en la mesa cada jornada, justo después del trabajo, del sudor y de la fatiga. Era por tanto casi una ceremonia religiosa, y uno, por muy ateo que sea, no se deja la mitad de una hostia que acaba de darle el sacerdote en la celebración de la misa.

La comida de aquellos días en los barrios pobres de Moratalla, como el Castillo era una verdadera liturgia. Mi madre colocaba los platos sobre la mesa, las cucharas, los tenedores y los cuchillos y, acto seguido, cogía el pan de kilo del día que había comprado en el horno, trazaba una cruz en su centro y comenzaba a repartirlo entre nosotros. En ese momento iba sirviendo los platos de la olla grande que había situado en el centro de la mesa, y entonces nos invitaba a comer con un gesto de su rostro dulce y preocupado por el sustento de los suyos.

No os dejéis nada en el plato, insistía, salvo a mi padre que iba por libre como todos los padres de aquellos días, y ya se había adelantado para echarse un buen vaso de vino tinto de la garrafa que le traía cada semana el hombre del vino, que venía de Jumilla y que años más tarde descubriría yo que era, paradójicamente, de Calasparra.

Comíamos con afán y con hambre porque era la hora de la comida y mi madre permanecía atenta al deseo repentino de cada uno de nosotros, muy a menudo traía un plato de exquisitas olivas verdes o negras, partidas o enteras para amenizar el banquete de la familia y contemplaba la escena complacida como una matrona antigua.

Es difícil olvidar lo que se aprende en la infancia con tanta verdad en la familia, hoy que todo lo fiamos a los maestros y profesores y que nos desentendemos de nuestra obligación de primeros y más importantes instructores de nuestros hijos. Por eso todavía hoy continúo con mi costumbre, y por qué no decirlo también, con mi buen aptito, y procuro acabar con todo lo que mi esposa me sirve cada día en el plato.

Y me lo como todo