PASCUAL GARCÍA

No sé si éste es el verdadero deseo de cualquiera de nosotros, una vez que acaba el curso o el trabajo y cogemos los días de vacaciones con ansia; digo que no lo sé, porque en raras ocasiones nos quedamos quietos, inactivos, a la espera de acontecimientos, sentados en la butaca del salón o tumbados todo el día en la cama.

Tengo ganas de no hacer nada, hemos repetido hasta el aburrimiento en incontables ocasiones durante todo el año, ganas de tumbarme en el sofá o en la cama y no levantarme en todo el día, pero luego, ha llegado el sábado o el uno de julio y nos hemos despertado, al menos a mí me pasa siempre, a la misma hora en que nos tocaba el reloj para levantarnos cada mañana e irnos al trabajo.

Reconozco que yo, que he sido un dormilón recalcitrante, como lo es ahora mi hijo, hace años que perdí la inocencia del sueño, y ésa es una de las muchas pérdidas que uno sufre conforme se va acercando el final de la madurez y el principio de la vejez. Vendrán otras peores y no tendremos más remedio que aceptar su servidumbre.

Pero no hacer nada, lo que se dice vegetar en el mundo, yo no he podido hacerlo nunca, valga la paradoja. Quizás porque mi cabeza no ha parado de idear algo y no me ha permitido pararme ni un instante, porque he tenido muchos y buenos amigos para compartir las horas muertas (vaya expresión ésta) de los días de ocio y porque me han sobrado proyectos y experiencias en curso que me pedían acabar la faena y pasar a otra cosa.

Descansar podría parecer eso, no hacer nada, bajar los brazos, reclinar la espalda, respirar con sosiego y dejarte ir, como en una muerte dulce, pero a ninguna parte en concreto y a todos lados, a la vez. En cambio, vengo trabajando y estudiando desde muy niño y nadie me ha enseñado nunca a suspender todas las actividades, incluidas las del pensamiento y a escrutar el ritmo del universo, la respiración de la vida. No hacer nada ni siquiera sería eso, estaría más cerca de una especie de nirvana, de un estado de contemplación absoluto en el que fuéramos capaces de dejarnos vivir y empaparnos de la luz y del aire que nos rodean, sentados en una silla de anea en la puerta de la casa, como acostumbraba mi abuelo Pascual, medio ciego ya en sus últimos años, hasta que acertaba a verme subir por la Calle Castellar de vuelta de la escuela e iba alegrándosele el rostro de un modo paulatino, me saludaba con gestos efusivos y volvía a sumergirse en su estado de paz permanente.

Ni siquiera cuando hube de quedarme en casa convaleciente de un terrible derrame cerebral, supe estarme quieto o prendido al televisor y la radio como un enfermo verdadero, sino que me impuse, porque me apetecía mucho, la obligación placentera de leer todos los días y, pasados algunos meses, reanudar mi labor literaria interrumpida, mis colaboraciones en la prensa y mis funciones de crítico literario de La Verdad.

Es posible que detrás de todo esto anduviese la sombra de un reto conmigo mismo, una apuesta para descubrir hasta qué punto había salido indemne mi cerebro de aquella tremenda y sangrienta guerra en los dos meses que permanecí en el hospital, pero no puedo olvidarme de que durante aquellos años de baja escribí el primer borrador de la que sería mi primera novela, Nunca olvidaré tu nombre, y un puñado de textos.

Quizás no hacer nada sea demasiado para un individuo como yo que, a pesar de no gustarle el trabajo, viene insistiendo en él, de un modo tozudo y tal vez infructuoso, más de cuarenta años.