PEDRO ANTONIO MARTÍNEZ ROBLES

Debió ser en 1968 o 1969; no estoy tan seguro de la fecha como del detalle, esa imagen que, aunque brumosa, guardo con absoluta certeza en la memoria. Por saber, sé que nevó copiosamente en diciembre de 1964 o enero de 1965, porque fue el año en que nació mi hermano Rufino y porque mi madre me alzó en brazos por encima de la ventana de la cocina para que pudiera ver la nieve sobre los huertos y las peñas del castillo y yo fui consciente por primera vez en mi vida de aquel blancor caído sobre el mundo. Pero no estoy tan seguro de esa fecha posterior en la que también nevó, con menos abundancia que el año en que nació mi hermano Rufino, pero cubriendo del mismo modo todos los tejados y todas las aceras y todos los huertos; digamos, pues, que pudo ser en 1968 o 1969 (entonces nevaba con mucha más frecuencia que ahora). En aquellos años teníamos alquilada para una barbería una amplia habitación en la planta baja de mi casa con salida directa a la calle, y en el dintel de la puerta creo recordar un cartel con el rótulo de “Barbería Egea”. Esa mañana en la que la nieve lo cubría todo, Antonio, el barbero, me entregó un plato y me dijo: <<Anda; busca un sitio donde la nieve no esté pisada ni sucia de barro y lléname este plato>>. Yo, obediente y movido por la curiosidad de saber qué destino habría de darle Antonio al plato de nieve caminé 80 o 100 metros hasta el huerto de don Antonio Maya para llenarlo de nieve limpia como la espuma, y regresé a la barbería con el orgullo de haber cumplido de manera impecable con el encargo del barbero. Aquel hombre tomó entonces el plato, desplegó un trozo papel de estraza y espolvoreó sobre la nieve una generosa porción de canela y una pizca de azúcar. No me acuerdo si me dio a probar o no lo que para él sería, probablemente, un postre exquisito, pero sí me acuerdo de ver con qué deleite metía la cuchara en aquel plato de nieve y se la llevaba a la boca como si no hubiera golosina más extraordinaria en el mundo.

Han pasado más de cincuenta años de aquel día y jamás he vuelto a ver a nadie tomar un plato de nieve con canela; quizá porque ya no nieva tanto como antes, o porque los tiempos han cambiado, o porque nuestros paladares se han ido volviendo cada vez más exigentes, o porque nadie sepa que, cuando no hay otra cosa para satisfacer nuestros deseos de disfrutar de una golosina, un simple plato de nieve con canela puede ofrecernos el sueño de estar gozando de algo delicioso.

 

Pedro Antonio Martínez Robles

 

31 de agosto de 2020