ANTONIO F. JIMÉNEZ

¿Será posible? No hace uno más que anhelar el frío en verano, y cuando se acercan ya los céfiros gélidos, se torna uno un nostálgico del buen tiempo. Lo he sentido estos días, cuando escuché la banda sonora de Los lunes al sol, en una tarde soturnamente nublada, muy del ambiente que refleja la película española, ambientada en el norte de nuestro país, protagonistas con jersey y refugiados del orvallo constante, en torno de botellas viejas, en un tabernucho más bien sórdido, con almanaque antiguo y el hombre del tiempo hablando en el telediario. Entonces, ¿por qué he anhelado el clima sureño al escuchar la banda sonora de Los lunes al sol si el film refleja un paisaje más bien de cierta lobreguez y atmósfera inverniza?
Quizá se explique en el título de la película, incluso en algo tan elemental como la aparición de la palabra sol. Tengo que decir que me entusiasma este título, que me resulta muy sugestivo y literario, como de relato o novela corta. No hay nada mejor que un buen título con tintes literarios para que te inspire a ver una película. En la carrera me dijeron que a veces se tarda hasta una hora en buscar un buen titular para una noticia. ¿Cuánto habrán de tardar los escritores de libros y los guionistas para titular una novela de 500 páginas o un largometraje de casi dos horas y que logre resumir o sugerir los aromas de una historia y que además sea visualmente bello de leer?
La melodía de Los lunes al sol, que es a lo Los lunes al solque iba, también es ciertamente muy sugestiva. Esto es más abstracto, quizá. Que una pieza musical te sugiera una visualización impresionista de ciertos recuerdos. Yo, cuando la escucho, evoco irremediablemente a dos hombres (Javier Bardem y Luis Tosar) mirando al cielo o al mar, que da casi lo mismo, apoyados en las barandas de una barca, con los ojos cerrados y haciendo realmente nada expuestos al sol. Hablan de sueños y oportunidades en el más allá de su tierra. Como si estuvieran atrapados en un Hades gélido. Es verdad, la melodía de esta banda sonora del maestro Lucio Godoy es un anhelo de lo que no se tiene, unas notas sentimentales de guitarra y flauta melódica con las que cerrar los ojos y estar un rato al sol. Aquella tarde de nubarrón y grisura otoñal, me puse esta banda sonora por casualidad, entorné los ojos por inercia, miré al cielo ceniciento o a la pared de mi cuarto, que da casi lo mismo, y sentí un mayo inminente, un sol amarillento de ilusión, que se esfumó célere en cuanto el tema llegó al minuto cuarenta, que es cuando se hace el silencio. Es cierto, el placer de una ensoñación nunca ha durado más de dos minutos. Qué le vamos a hacer.