PASCUAL GARCÍA

Ilustración: Francisca Fe Montoya

En verano mostramos de un modo explícito nuestra condición social y nuestro poderío económico, salvo en el caso de que vivamos cerca del mar, pues entonces no es tan fácil distinguir al que trabaja bajo la disciplina y el mandato supremo del sol del que disfruta lánguidamente de todos sus beneficios y aprovecha el ozono del viento y la magia áurea que reproduce con mimo la piel del estío.
Cuando trabajábamos en el campo en Moratalla, nos guardábamos de sus muchos peligros, vistiendo camisas de manga larga y evitando las horas de mayor crudeza. Aun así, nos quedaban grabadas en la piel de los brazos y del cuello las marcas de nuestro origen campesino y en los tobillos, el cerco de los pantalones largos con los que nos protegíamos.
Muy pronto comprendimos que el blanco sobre la piel eran nuestros galones de peones agrícolas, lo que junto al mar se tornaba vergonzante y de menor categoría. Se acuñó por aquel entonces los términos casi antagónicos, bronceado y moreno de albañil o de andamio, aunque éste último igual valía de cualquier oficio al aire libre, como si el sol que provocaba aquella reacción en la epidermis no fuese el mismo, como si el sol de La Manga y el que azotaba los secanos con almendros de Moratalla tuviesen una naturaleza astronómica diferente.
Los muchachos y las muchachas que llegaban de Mazarrón en septiembre parecían más esbeltos, de mejor clase y más felices. Habían ligado bronce, como se decía por aquel tiempo y traían la prestancia elegante del sol mediterráneo impresa en sus cuerpos bien formados y agradecidos. Eran como de otra raza, de un cobrizo lujoso y estimulante.
Mientras tanto, mis amigos del Castillo y algunos otros habíamos pasado el mes de agosto y el mes de septiembre trabajando en los invernaderos del campo de Cartagena, a cuarenta grados, y cogiendo almendras en Moratalla por un sueldo de miseria que, a cambio, nos libraba de los peligros del ocio y la inactividad durante esas largas jornadas de la canícula.
El carbón de nuestra piel era sucio de tierra y de sudores, indigno de bajos menesteres y propicio al tizne y al contagio. Yo creo que en una playa como Dios manda, ni siquiera nos habrían permitido la entrada. No parecíamos de la misma raza y éramos como sospechosos de cualquier desmán. La calidad de nuestro tostado era ínfima, oscura de seres humillados por la fatiga y las carencias, innoble de criaturas arrojadas al tajo desde niños y hechos al cansancio, la paga exigua y ningún privilegio. Crecíamos sujetando grandes capazos de hortalizas y semillas, cargando sacos abarrotados de olivas y cereales, contemplando aquel sol despiadado que era la medida entera de nuestro jornal cotidiano.
No era bronce el tono de nuestros rostros, era cobre, minerales profundos de la tierra y sufrimiento. En ellos dormía la esencia de una raza antigua que no había dejado de luchar nunca por el pan de cada día.
No soñábamos con el mar y su placeres exóticos, nos conformábamos con el río estrecho y cimarrón de La Puerta, donde también el sol iba dorándonos, aunque el matiz fuera más agreste, menos refinado que en esas playas de donde volvían, descansados y triunfales, los niños y las niñas que no conocerían jamás la tortura inclemente de la dura faena realizada con las manos.
Hasta nosotros llegaban los ecos y las voces de aquel edén desconocido donde abundaban los cuerpos bien formados, las mujeres hermosas y los placeres inalcanzables de otros ámbitos.
Nosotros estábamos morenos de soles y veranos, exhaustos de soportar el peso de los que no arrimaron nunca su hombro, deshidratados de sudar durante tantos días en bancales pedregosos y remotos.
Negros.