Pedro Antonio Muñoz Pérez/Email de contacto : pedroamupe@gmail.com

Foto: Sebastián Bernardo Bachíos

Se acercan las navidades de este año funesto y nos pillan sumidos en la zozobra y la confusión de no saber bien cómo abordarlas. Los políticos dicen una cosa y los científicos otra, como si quisieran contagiarnos el virus de la contradicción, por si fuera poco lo que tenemos. En este mar de miedo y desconfianza, perseguimos una normalidad imposible. Ni siquiera la decoración navideña nos redime de la sensación amarga provocada por la certeza de que no podremos celebrar estas fiestas como solíamos. Las navidades de 2019 se nos antojan tan remotas como las que añoran nuestros mayores, esos que dicen “aquellas navidades” con la nostalgia tramposa de lo viejuno. Y como uno ya pertenece a esa categoría, me dejaré caer en los brazos de Mnemósine, la diosa griega de la memoria y madre de las musas, para tirar de recuerdos y añoranzas que mitiguen una miaja la desazón y la tristeza de este año nefasto.

Archivel en esta época olía a humo de chimeneas y estufas encendidas. Pero pronto se adueñaba del aire otro aroma inconfundible, una fragancia azucarada y melosa, con notas de almendras tostadas, manteca y harina candeal. Pasado el día de la Purísima, las matanzas se habían rematado y se iniciaba la quincena más dulce, la única dulce para ser exactos, pues nadie elaboraba productos de confitería el resto del año, como no fuera para celebrar bodas o bautizos. Entenderán las nuevas generaciones las ganas que teníamos los zagales de que llegara este tiempo goloso (y glorioso) de la dulcería artesana. Cada casa del pueblo se convertía en un obrador improvisado y las mujeres, porque eran ellas las sacerdotisas en aquella ceremonia de exaltación de los sentidos, se disponían a elaborar exquisitos manjares en base a las recetas transmitidas de generación en generación, allá hasta donde se pierde el rastro de los antepasados que las inventaron, muy probablemente judíos o musulmanes, puede incluso que romanos.

Tenía mi abuela Josefa una libreta heredada de quién sabe qué parientes, escrita con esa caligrafía esmerada y tortuosa de los escolares de antaño que ya nunca les abandonaría en su madurez, la cual me encargué de transcribir a otro cuaderno, que aún conservamos, para que no se perdiera el rastro de las instrucciones sobre cómo producir esas delicias de repostería casera. En esa tarea de monje copista, rotulando el título de cada receta y descifrando su texto, a mis siete u ocho años aprendí todo un vocabulario en el que la sola mención de las palabras (me impresionaron ajonjolí y matalahúva) invita a la degustación y excita los resortes de todas nuestras memorias sensoriales: alfajor, mantecados, manchegos, rollos de huevo, aceite, manteca o naranja, pasteles de pasta flora y de cabello de ángel, suspiros, cordiales, rollos de vino y de Bilbao, pan de fruta o fruta fanfarrona, mazapán, toñas y tortas de pascua o de “recao”, bienmesabe, licorcafé y mistela.

Emanaba ese recetario un efluvio arcaico para mi incipiente experiencia de la vida. La cantidad de cada ingrediente se indicaba en libras, onzas, cuartillos y se expresaba además en mitades, cuarto y mitad o simplemente puñados o pizcas.  La necesidad de trasvasar esas unidades de medida al sistema métrico decimal me impulsó a un aprendizaje precoz de las matemáticas, más allá de las enseñanzas de la escuela. Además, en la redacción de las recetas, se notaba el predominio de la transmisión oral, parecía que te las estuvieran contando. Quizás por eso mi madre se sabía las tasas de memoria y dominaba las equivalencias sin hacer cuentas, mucho mejor que yo, pero insistía en que acabara la transcripción para que no se perdiera aquel tesoro de la gastronomía tradicional, aunque desconfiaba de algunas instrucciones y hacía una interpretación libre de las recetas. Mi madre tenía unas manos prodigiosas para amasar la manteca de forma que hiciera hojaldre al cocerse y sabía batir las claras hasta dejarlas a punto de nieve. Nada puede compararse a los dulces de una madre. Cómo la echo de menos y cómo vuelve cada Navidad para aconsejarnos la mejor manera de endulzar la dura y una miaja más amarga vida sin ella.

Yo disfrutaba especialmente la noche en la que se hacía el alfajor. Se calentaba la miel en la caldera de cobre. Y siempre había una discusión sobre cómo saber darle “el punto”. Hay un momento crucial de la cocción en el que la miel puede quedar cruda o pasarse. Para saberlo, se la dejaba subir tres veces y se derramaba un poco en un plato llano con agua. Si se esturreaba, si no se amorronaba, todavía estaba a medio cocer. Pero esto provocaba siempre un debate entre las mujeres que a mí me resultaba muy divertido. Finalmente se decidía apartar la caldera y empezar la mezcla de ingredientes. Primero se derramaba un vaso de anís seco que borboteaba y desprendía vapores de alcohol. Seguidamente se echaba el pan molido, la canela, la raspadura de naranja y de limón y una mezcla de frutos secos tostados, principalmente almendra, pero también algo de avellana y nuez. Olía a gloria y a pecado de gula. Cuando se conseguía que el engrudo tuviera cierta consistencia, se procedía a extenderlo en obleas. La tarea se hacía a mano, mojando los dedos en agua con un poco de anís. En ella también participaban las vecinas, porque la solidaridad de la matanza se alargaba hasta los días previos a la Navidad.

El pueblo era un ajetreo de llandas, de olores y sabores cruzados. Los hornos de Graciano y de Pedro José no daban abasto. Me gustaba llevar las muestras en una llanda pequeña porque, después de que se hiciera la valoración, lo más normal es que nos comiéramos las  piezas. Después se ordenaban y se guardaban en las artesas, o a buen recaudo en las alacenas, los manjares que, en teoría, no habrían de catarse hasta Nochebuena (aunque más de uno incumplíamos aquella cuarentena y nos delataba el rastro de azúcar en el belfo). Y de ahí a las bandejas surtidas, rebosantes de tentaciones, para convidar también a quienes vinieran de visita. Porque en Archivel se estilaba aquello de salir a felicitar las pascuas a los vecinos y cantar villancicos los zagales pidiendo el “aguilando” (¿se canta o se reza?) a cambio de probar todos los dulces del vecindario. Y también asistir a la misa del gallo y contemplar el belén de la iglesia, cada año una figura mutilada, pero siempre entrañable. No había luces adornando las calles en aquellas navidades archiveleras. Tal vez alguna rama de sabina con espumillón y bolas de colores brillantes en las casas, cuando se llegó a un cierto nivel de vida. Pero había eso que llaman “espíritu navideño”, una forma humilde y tradicional de celebrar el solsticio de invierno, mezclada con una fe campesina y sincera en aquel Niño, pobre y desvalido, que nacía en Belén para redimirnos de nuestra pobreza y desvalimiento. Y había también ilusión. Cualquier cosa que trajeran los Reyes Magos era bien recibida porque aportaba color a un mundo plano y gris, pero digno. Después nos hicimos ricos y nos volvimos repipis. Llegó la insatisfacción a nuestras vidas, el ansia por la posesión y el consumo. Y todo lo demás se perdió. Se fue incluso el frío. Ya ni siquiera los dulces nos apetecen como antes porque estamos hartos de golosinas todo el año. Y con todo ello, el abandono de las tradiciones y el olvido del significado de este tiempo de tránsito de la oscuridad a la luz. Me cuentan que el Día de los Reyes se llevaba a cabo una especie de auto sacramental, una representación en la calle de la que sólo se conservan recuerdos difusos en la memoria de los mayores, algunas fotos y retazos del diálogo versificado. También, según refieren, participaba la cuadrilla de aguilanderos en el baile de pujas del Día de los Inocentes y los “juegos de cuadra” animaban las noches de invierno, continuando, sin saberlo, los fastos de las saturnales romanas, el origen pagano de nuestra navidad.

En estas navidades extrañas, meditemos sobre el sentido de la celebración. Nos haría bien recuperar la sensatez y el equilibrio, la esencia de lo tradicional, y encontrar de nuevo esa alegría de la infancia, el mejor bálsamo para estos tiempos tan necesitados de esperanza. FELICES PASCUAS.