Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Resulta muy duro recordarlo y tal vez poco creíble, pero en aquel tiempo vivíamos con muy poco, y a veces hasta con nada. Es curioso que hoy cada noche tire a la basura yo un par de bolsas, y en ocasiones hasta tres, llenas hasta los topes con envases de plástico, cartones, periódicos y los restos orgánicos de cada día, y que en aquellos años mi padre dejara en la puerta de mi casa una pequeña bolsa como todo rastro de los desperdicios de la jornada, porque todo lo demás se había aprovechado en algún menester, el cartón para encender la estufa o la chimenea, las contadas botellas o los tarros para reutilizarlos como recipientes, las sobras de la comida para los gatos y para los perros, y las limitadas bolsas de plástico para reciclarlas en el ejercicio repetido de la basura del día siguiente.


Ahora caigo en la cuenta de que poseíamos muy poco, o casi nada, así en general, en el barrio donde nací y en el pueblo donde me crie. De manera que cualquier objeto en desuso encontrado en la calle, una pelota rota y casi sin presión, en apariencia anodino e inservible, un palo, una caña, una caja de cartón, un bote o un aro de bicicleta se convertían al instante en piezas misteriosas de nuestra curiosidad infinita con las que tal vez seríamos capaces de fabricar una especie de juguete o de talismán que hiciera las veces de otra cosa más real a la que habríamos aspirado en una vida plena y con suficiente dinero. Tener o no tener era entonces un dilema clave, bueno, lo ha sido siempre, no nos engañemos, aunque no tener significaba casi no tener nada o solo lo justo para sobrevivir cada día con estrecheces pero sin faltas lamentables. Se solía decir por aquellos años que comíamos a diario, nos vestíamos, nos calentábamos en el fuego y los muchachos acudíamos cada mañana a la escuela. Y que esa era la verdadera vida, porque los mayores lo habían pasado aún peor.
El caso es que tampoco éramos conscientes de que nos faltaba de todo, porque sólo contábamos con lo que había cada jornada, y todos teníamos en aquellas calles del Castillo más o menos lo mismo, o no lo teníamos: la televisión llegó tarde, pero antes había venido el agua corriente y las mujeres dejaron de ir al Cañico para aprovisionarse, pero las duchas tardarían todavía unos años en asentarse del todo en aquellas pequeñas casas, a veces laberínticas, del barrio. Teníamos muy poco, casi nada, pero no echábamos en falta todavía lo que desde ninguna parte nadie nos ofrecía como una tentación, porque el mundo y la vida eran precarios y desconocidos.
La ropa era escasa y muy humilde, casi siempre de confección casera, que nuestras madres cortaban, cosían o tejían en las largas trasnochadas del invierno. La tecnología brillaba por su ausencia, salvo el vestigio de una radio antigua en la que escuchábamos el diario hablado de Radio Nacional de España y programas de canciones dedicadas. Sólo salíamos los domingos, a media tarde, vestidos con la ropa limpia que usaríamos hasta que no nos cupiera, y no comíamos ni bebíamos fuera de casa, si acaso una bolsa de pipas o un chicle, que costaban una peseta, y en verano, un polo de limón, del mismo precio.
No viajábamos nunca ni tomábamos vacaciones ni comprábamos muebles ni teníamos coche. Mi abuelo Cristóbal nació, se casó, tuvo a sus seis hijos y se murió en la misma casa.
Es verdad que las cosas duraban mucho, casi siempre toda la vida, y que si hacía falta se reparaba lo que se hubiese deteriorado, se echaba apenas una pellá en la casa muy de vez en cuando y se reponían las tejas para que no hubiera goteras. El resto podía esperar.
Aquellos hombres y aquellas mujeres entraban en el mundo sin nada, desnudos, y se iban vestidos con la mortaja.
Sin nada, como habían venido.